Por David Acuña
En el N° 4 de la Revista “Evita Montonera (abril, 1975) se lee la valoración por parte de la organización peronista Montonero de los hechos ocurridos el 20 de junio de 1973: “Con la masacre de Ezeiza, se inició la contraofensiva del imperialismo, destinada a frenar las posibilidades de organización popular y destruir su proyecto de vanguardia. Cámpora fue desplazado y el enemigo pasó a controlar progresivamente el Estado, el aparato del Partido Justicialista y la superestructura del Movimiento”.
Al número siguiente (junio-julio, 1975), se señala que Rucci fue “ajusticiado” por “la sangre de los compañeros peronistas caídos el 20 de junio, de Antonio Quispe, Beto Simona, José Luis Neill…”, en referencia a las víctimas del día de la masacre.
Teniendo en cuenta estas declaraciones nos eximimos de realizar tanto un análisis de los hechos, como de otorgar una carga valorativa a los mismos. No son las intenciones de este artículo.
Por otro lado, sí nos interesa preguntarnos cuál fue la tradición en la que se encontraba encuadrado José Ignacio Rucci como secretario general de la CGT, como así también sobre los usos que se hacen hoy de su figura en términos políticos por algunos sectores al interior del peronismo.

Derroteros.
Los errores de análisis del Partido Comunista que ejercía la conducción del Sindicato Obrero de la Industria Metalúrgica (SOIM) tendrían consecuencias decisivas. En 1942, bajo la premisa de que profundizar los reclamos sindicales en un contexto de guerra —cuando la Argentina era proveedora de suministros estratégicos para los ejércitos de los Aliados— significaba “hacerle el juego a los nazis”, la conducción del SOIM resolvió levantar el conflicto contra las patronales. La decisión generó un fuerte malestar entre sus bases provocando al año siguiente que una fracción de ella abandonara el sindicato y conformara la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Esta ruptura no fue un hecho aislado, sino que reflejaba la misma fractura que atravesaba el resto de la CGT. La UOM, incorporada al sector encabezado por el dirigente ferroviario José Domenech, comenzó a construir una relación de diálogo con el gobierno del Gral. Edelmiro Farrell que la llevaría, luego de la asunción de Juan Domingo Perón a la presidencia, a consolidarse como una de las organizaciones de mayor peso político-sindical del país durante las décadas siguientes.
Para 1948 la UOM contaba ya con 100.000 afiliados y, por medio de su secretario general, Armando Cabo, integraba el cuadrunvirato que conducía la CGT junto con José Espejo, Isaías Santín y Florencio Soto. Desde esa posición, los cuatro dirigentes impulsarían el histórico Cabildo Abierto del Justicialismo del 22 de agosto de 1951 donde se intentó integrar a Eva Perón a la fórmula presidencial para las elecciones del año siguiente. Hecho que sintetizaba la impronta plebeya y obrerista que caracterizó a los años del primer peronismo.
Perpetrado el golpe oligarca de 1955, con las organizaciones sindicales intervenidas y el peronismo proscripto, comenzaron a gestarse en las fábricas y en los barrios nuevas formas de organización obrera clandestinas y semiclandestinas.
En el plano sindical, este proceso implicó la conformación de las “62 Organizaciones” surgidas de la ruptura del Congreso Normalizador de la CGT de 1957 convocado por la dictadura con el propósito de reconstruir una central obrera bajo su control. El intento fracasó y lejos de neutralizar al movimiento obrero terminó favoreciendo la consolidación de una nueva estructura sindical vinculada al peronismo de “La Resistencia”.
A partir de entonces, dentro del sindicalismo peronista comenzarán a delinearse dos grandes corrientes con estrategias diferentes frente a las formas de organización obrera, la resistencia y la disputa política.
Una de ellas puede definirse como “Combativa”. En ella convergían dirigentes que hicieron de la lucha sindical una herramienta de confrontación directa.
Es el caso de Sebastián Borro, del gremio de la Carne, quien encabezó la huelga y ocupación del Frigorífico Municipal Lisandro de la Torre para impedir su cierre y privatización. También el de Jorge Di Pascuale, dirigente de Farmacia e integrante de la CGT-A y del Peronismo de Base, quien posteriormente se convirtió en enlace de Perón con los países socialistas. Como así también el del dirigente de la UOM Seccional Capital Avelino Fernández que participa junto a Armando Cabo (padre de Dardo Cabo, protagonista del Operativo Cóndor y posteriormente dirigente de Descamisados) del intento insurreccional encabezado por el Gral. Miguel Ángel Iñíguez en Rosario. Además, Fernández fue uno de los impulsores de la huelga con ocupación de fábricas como método de lucha contra la dictadura.

Tras el asesinato político de Augusto Timoteo Vandor, se abrió la disputa por la conducción de la UOM. Avelino Fernández contaba con el aval de Perón para ocupar la Secretaría General, pero su perfil combativo y vínculos estrechos con la CGT-A conducida por Raimundo Ongaro, no le era conveniente al gobierno del Gral. Juan Carlos Onganía quien contribuyó al bloqueó de esa posibilidad.
No olvidemos que de la mano de Ongaro y en esta etapa, son los programas de “La Falda” (1957), “Huerta Grande” (1962) y “1 de Mayo de 1968” que condensaron buena parte de las demandas obreras y plantearon una agenda que excedía ampliamente las reivindicaciones salariales: control de los recursos estratégicos, nacionalización de sectores claves de la economía, participación obrera en la planificación económica y una política exterior asentada en la soberanía nacional.
En ese contexto, otra línea sindical, la “Burocrática”, encontró mejores condiciones para consolidarse.
En marzo de 1970, una patota irrumpió en la Seccional Capital de la UOM generando la excusa para que el Ministerio de Trabajo interviniera habilitando el avance de un sector alineado con Lorenzo Miguel. El resultado fue la expulsión de Avelino Fernández y de los compañeros. Así, la intervención estatal y la disputa interna dentro de la UOM terminaron convergiendo en un mismo sentido: desplazar una conducción combativa y favorecer la consolidación de Lorenzo Miguel más proclive al diálogo con los esquemas del poder.
El 2 de julio de 1970, durante el gobierno de Roberto Levingston, la CGT convocó a su Congreso Normalizador. El resultado consolidó el avance del sector encabezado por Lorenzo Miguel, que logró colocar como secretario general a José Ignacio Rucci, un dirigente de su confianza y que hasta entonces se había ocupado de la intervención sindical de la seccional de la UOM de San Nicolás por instrucciones previas de Vandor.
Levingston no llegó a durar diez meses y fue remplazado por Alejandro Agustín Lanusse, quien en 1971 comenzó a delinear una salida democrática frente al creciente desgaste del régimen. Ante la inminente reapertura electoral, Isabel Perón regresó al país en diciembre con la misión de reorganizar el movimiento peronista y preparar su participación en las elecciones.
Durante aquella gira la UOM realizó un acto en homenaje a Eva Perón con la presencia de José López Rega, jefe de la Triple A, y el estanciero Manuel de Anchorena, vinculado al Peronismo Federal y cercano a José Ignacio Rucci. Anchorena sería posteriormente candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires por ese sector, enfrentando a Oscar Bidegain, candidato vinculado a la Tendencia Revolucionaria quien termina siendo electo.
El acto reflejó la creciente polarización política que atravesaba al movimiento peronista. En distintos momentos, el cántico “Perón, Mazorca, los bolches a la horca” irrumpió como expresión de esa disputa.
Todo esto contrastó con la asunción posterior de Héctor Cámpora el 25 de mayo de 1973, quien salió al balcón de la casa de gobierno acompañado por Salvador Allende y Osvaldo Dorticós, presidentes de Chile y Cuba, para saludar a una Plaza de Mayo colmada con banderas de las organizaciones del peronismo revolucionario. Esta vez, los sectores de la burocracia sindical y partidaria ocupaban un lugar claramente secundario.

El cambio de etapa fue interpretado por los sectores de la Tendencia como una oportunidad para avanzar en un proceso de transformación política y social. La consigna “Liberación Nacional en el camino del Socialismo Nacional” sintetizaba ese horizonte y en ese clima de movilización popular, centenares de edificios públicos, organismos estatales, universidades y fábricas fueron ocupados por sectores juveniles y obreros que buscaban llevar esa consigna del terreno discursivo a la práctica.
La CGT convocó a un Congreso para junio de 1973 en el cual las dos corrientes sindicales que venían disputándose la conducción del movimiento obrero volvieron a confrontar, esta vez en un escenario político mucho más abierto.
Por un lado, los sectores del sindicalismo combativo, junto con la Juventud Trabajadora Peronista y el Peronismo de Base, impulsaron un programa orientado a la construcción de la Patria Socialista.
Del otro lado, los gremios alineados con la conducción de la CGT fortalecían sus propias estructuras de movilización bajo la denominación de Juventud Sindical. Enarbolando la consigna de la Patria Peronista y acusando a la Tendencia de ser “infiltrados” dentro del peronismo, estos sectores estrecharon vínculos con referentes de derecha como Norma Kennedy, Jorge Osinde y Alberto Brito Lima. Estos vínculos terminaron construyendo el dispositivo que protagonizó la Masacre de Ezeiza el 20 de junio de 1973 durante el regreso de Perón al país.
La violencia desatada en Ezeiza, con sus 13 muertos y más de 300 heridos, profundizó la disputa interna del peronismo y debilitó al gobierno de Héctor Cámpora, quien terminó presentando su renuncia. El proceso desembocó en las elecciones del 23 de septiembre donde Juan Domingo Perón obtuvo casi las dos terceras partes de los votos.
Dos días después, el 25 de septiembre, era asesinado José Ignacio Rucci. Al día siguiente, Perón concurrió a su velatorio confiando a su viuda: “Me mataron a un hijo“. Y, al irse, dijo a la prensa: “estos balazos fueron para mí“.
Todo este derrotero sitúa a Rucci dentro de una corriente sindical específica y reconstruye parte del clima de época que enmarcó su asesinato.
Como hipótesis provisorias de trabajo podemos decir para el debate que Rucci no fue propiamente la derecha peronista, del mismo modo que tampoco lo fue el vandorismo originario, aunque ambos tendieron puentes hacia ella. La Tendencia, por su parte, planteó el socialismo, pero su decisión de eliminar a Rucci constituyó un grave error que terminó profundizando su distancia del único liderazgo de masas con capacidad de lograrlo si hubiera querido hacerlo: Perón.

Rucci hoy.
Como hemos señalado al principio, nos interesa los usos políticos que se hacen hoy de la figura de Rucci.
Desde ya que entendemos y vemos con coherencia, que una amplia mayoría de las conducciones de la CGT y la UOM reivindiquen actualmente la figura de Rucci como arquetipo de lealtad a Perón. No haremos foco en ellos.
Tampoco nos detendremos en aquellos sectores partidarios que, desde una supuesta ortodoxia, levantan su figura mientras han llevado acciones de gobierno de corte liberal durante los 90 que hasta al propio Rucci escandalizarían. El menemismo, estuvo completamente alejado de lo que implicó tanto la firma del Pacto Social del 73 como de los principios de la Comunidad Organizada. Negarlo sería obtuso.
Sí nos interesa preguntarnos por el uso que determinados espacios políticos, presentados durante años como continuadores históricos de la Tendencia, hacen hoy de la figura de Rucci en declaraciones públicas, programas de streamers, homenajes, publicaciones periodísticas, conferencias, redes sociales e incluso en una conocida agencia de noticias digital, desde donde despliegan una sostenida operación de recuperación de su figura.
Las preguntas resultan inevitables: ¿Qué hay detrás de esta renovada apelación a Rucci? ¿Una reivindicación tardía? ¿Un honesto revisionismo? ¿Una forma de expiar culpas? ¿Una convicción política genuina? ¿Una pose destinada a disputar sentidos? ¿Una forma de aunar voluntades? ¿O simplemente nuevas generaciones con preguntas renovadas a la historia? Tal vez algo de ello o todo a la vez.

Lo cierto —y esto debe quedar claro— es que la primacía política durante la década del 70 en el peronismo, en todas sus concepciones, estuvo signada por la existencia de colectivos militantes con estrategias explícitas y metodologías definidas. Los enfrentamientos respondieron, en todos los casos, a esas diferencias.
Vandor disputó con Perón y por momentos le salió bastante bien. Lorenzo Miguel quiso encumbrar un ternero al que pudiera manejar, pero Rucci resultó torazo tanto en corral propio como en ajeno. Avelino Fernández resultó desplazado y supo tomarse su tiempo hasta encontrar en Germán Abdala y el Grupo de los 8 una herramienta contra el menemismo. Por su parte, Montoneros explicitó sus fundamentos con Perón, ante Perón y contra Perón. Nadie fue ingenuo y todos jugaron fuerte.
La restauración del sufragio en 1983 dio lugar a una democracia de baja intensidad, que encorsetó los márgenes de la disputa política dentro de una institucionalidad moldeada por los vencedores: los grupos económicos y el imperialismo. El peronismo pejotizado, que había asumido buena parte del programa de la derecha liberal, no previó la irrupción de Néstor Kirchner ni su recuperación para la acción política de conceptos tan olvidados como “planificación, estrategia y militancia organizada”. Aun así, tampoco fue posible perforar el techo de una institucionalidad que continuó limitando el horizonte de transformación.
De aquellos polvos, estos lodos. La amplia participación política juvenil que acompañó al kirchnerismo no buscó sus referencias en quienes habían protagonizado la resistencia en los 90, sino que fue más atrás en el tiempo hasta los 70 y la Tendencia. Pero, en esa operación de recuperación del pasado, al prescindir de su praxis y de su horizonte de liberación nacional y patria socialista, primaron los símbolos y las nuevas canciones.
Ojalá que la actual reivindicación de Rucci por parte de quienes alguna vez se pararon desde la Tendencia para construir una identidad no implique hoy, en tiempos de desertificación ideológica y falta de héroes colectivos, un giro hacia el posibilismo, casi siempre liberal, como consecuencia de la ausencia de un horizonte estratégico de liberación.
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