La operación Lewkowicz: Política y subjetividad

Por Mariano Pacheco*

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¿Es posible abrir un espacio-tiempo para la invención en medio de la compulsión capitalista a la innovación? ¿Cómo intervenir sobre las nuevas situaciones con la producción de otras categorías a las que arrastramos? ¿Se puede aún poner a funcionar una máquina filosófico- política en este intento, desesperado y empecinado, por tratar de pensar algunos desafíos de la escena contemporánea? La “Operación Lewkowicz” se inscribe en esa búsqueda.

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Una letra muerta lo presentaría más o menos así: “Ignacio Lewkowicz fue un historiador argentino nacido en 1961, autor de –entre otros libros– Sucesos argentinos, Del fragmento a la situación, Pensar sin Estado y ¿Se acabó la infancia?, éste último en coautoría con Cristina Corea, su mujer, quien falleció junto a él en 2004 en un accidente automovilístico”. Aquí preferimos, simplemente, afirmar: “Lewkowicz es nuestro compañero”. Y optamos por invocarlo en estos tiempos. ¿Por qué? 

En primer lugar, porque hay en él una fidelidad a la huella del acontecimiento 2001 que pretendemos retomar y continuar, oficiando a su vez una fidelidad al propio autor y al modo en que él mismo trabajó esa relación de fidelidad entre el pensamiento del filósofo francés Alain Badiou (tan difundido en nuestro país por Raúl Cerdeiras) y la rebelión argentina de diciembre: sin dogmatismos, y “a la escucha” de los movimientos de la sociedad, de sus luchas, como sugería hacerlo en sus últimos tiempos Louis Althusser. 

¿Es posible abrir un espacio-tiempo para la invención en medio de la compulsión capitalista a la innovación? ¿Cómo intervenir sobre las nuevas situaciones con la producción de otras categorías a las que arrastramos? ¿Se puede aún poner a funcionar una máquino filosófica- política en este intento, desesperado y empecinado, por tratar de pensar algunos desafíos de la escena contemporánea?

La “Operación Lewkowicz” implica no sólo revisitar aquella apuesta por intervenir críticamente en la realidad para introducir nuevos horizontes de posibilidad, sino dar cuenta de lo sucedido en estas más de dos décadas transcurridas desde su fallecimiento.

Todo lo sólido se desvanece en la fluidez, el título con el que en 2023 Coloquio de perros editorial compiló muchos de sus textos, opera en ese sentido: realizar un acercamiento conceptual al autor, asumir que en su trabajo ensayístico hay un conjunto de hipótesis estratégicas que reclaman ser recuperadas y reactualizadas en función de sostener una genealogía insurgente del pensamiento, pero también, una apuesta teórico-política para el porvenir. 

Catástrofe, agotamiento, desfondamiento subjetivo

Lewkowicz supo leer en ese proceso de ofensiva neoliberal de fines de siglo XX algo que aún hoy, incluso con décadas de “ciclo progresista latinoamericano” de por medio, sigue siendo una verdad de la época: “la catástrofe como ontología del neoliberalismo liquida cualquier noción de estabilidad”. En la “catástrofe post-estatal” lo único que se estabiliza es la catástrofe: se ingresa en un régimen de destitución permanente que produce un desmantelamiento subjetivo sin armar ninguna lógica distinta (a diferencia del acontecimiento, que funda otra lógica). Sustracción, mutilación y devastación son las claves de este desfondamiento del suelo sobre el cual el edificio social se apoya. Catástrofe es el nombre-umbral por el cual ingresamos en un proceso histórico caracterizado por la “destitución de la soberanía del Estado en nombre de los poderes del capital neoliberal”, caracterizados por una “preponderancia absoluta del capital financiero”. El propio capital muta en la destitución. La destitución es el efecto de la catástrofe. ¿Qué operaciones de pensamiento son necesarias entonces para inventar estrategias o modos de habitar el nuevo espacio/tiempo de las “condiciones estatales” destituidas por la catástrofe?

El agotamiento de una lógica también implica el agotamiento de las estrategias de pensamiento e intervención propias de esa lógica. De allí que investigar la crisis, para Lewkowicz, implique indagar en las operaciones de pensamiento capaces de operar en la crisis. Si ya nada es igual, tampoco lo serán las categorías que hemos usado hasta acá. ¿Cómo pensar frente a un devenir imposible de anticipar? Aquel desafío presente a inicios de los dos mil retorna como lo reprimido de los intentos de gestión progresista del Estado en tiempos de crisis de la lógica estatal, cuando las fuerzas del mercado devienen práctica dominante otra vez, y el Estado –nuevamente– se muestra incapaz de articular simbólicamente al conjunto de situaciones y el mercado tampoco ocupa ese lugar, simplemente porque procede de otro modo: no por articulación simbólica sino por conexión real (conecta y desconecta sin un sentido general, establece un devenir no reglado).

¿Qué tipo de acciones producen una nueva subjetividad?

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Tipología de la subjetividad 

Obviamente, se produce un desacople subjetivo cuando la destitución del Estado-Nación como modalidad hegemónica de organización de los pueblos, con su subjetividad ciudadana, da paso a tiempos de estados técnico-administrativos en los que las instituciones se transforman en fragmentos sin centro, en medio de condiciones generales cambiantes donde la práctica dominante es la del mercado y su figura subjetiva básica, la del consumidor. Es desde allí que Lewkowicz trata de pensar la subjetividad epocal, y se refiere por lo menos a tres tipos básicos: la adictiva, la controlada y la heroica.

Cuando habla de subjetividad adictiva no es tanto por un dato cuantitativo (un aumento de los consumos) sino por la instauración cualitativa de un tipo radicalmente nuevo de subjetividad. “Todos somos potencialmente adictos en este contexto” (escribe hace ya más de dos décadas), no sólo por el consumo de drogas y de alcohol (los luego llamados “consumos problemáticos”), sino también de sexo, de trabajo. El consumo no es un adjetivo de la vida contemporánea, sino su definición misma, su determinación epocal. Todo ha de esperarse del objeto, nada del sujeto. La lógica de satisfacción por el objeto es de todo o nada. Las prácticas de producción de subjetividad determinan un rasgo como esencial. No se trata de ver lo que cada uno hace con lo que hicieron de él (como se diría sartreanamente), sino de rastrear el consumidor como figura emblemática establecida. La “cultura de la imagen” aparece, así, como efecto visible de un tipo de prácticas de producción de subjetividad: la consumidora. Se instaura así en las prácticas de consumo una promesa de felicidad. Ser es ser reconocido como imagen, pero la imagen permanece universalmente amenazada y por lo tanto hay que adquirirla todo el tiempo. La subjetividad del consumidor es un medio de producción del mercado. El consumidor debe estar en condiciones subjetivas de desechar el último objeto en nombre del próximo que vendrá.

En segundo lugar, la subjetividad controlada. Cuando los Estados técnico-administrativos ya no representan proyectos nacionales, sino que administran tendencias generales de los mercados, dejan de ejercer soberanía (económica, informática) y las ideas inciden poco en la determinación social de una identidad. Estamos frente al régimen de las opiniones: se incrementan las exigencias de autocontrol, la vigilancia se interioriza (los flujos de información funcionan como una policía silenciosa). Ya no hay huellas a interpretar, sino registros explícitos a recopilar por una base de datos.

Finalmente, la subjetividad heroica, esa que aparece con frecuencia entre quienes dedicamos buena parte de nuestras vidas a la militancia, al trabajo profesional en el campo de la salud pública o la educación: se trata de “apagar incendios”, permanentemente, sin capacidad de interrumpir la lógica de la urgencia para meterle preguntas a esa realidad. Es un modo específico de situarse ante los problemas: no se necesita pensar porque hay que hacer, y ya se sabe cómo, así sea bajo la modalidad del “parche”. Se dice: “hay que actuar porque no hay tiempo para reflexionar”. Ni se piensa ni se deja pensar. El esfuerzo individual prima por sobre la construcción de una trama colectiva. 

La gran pregunta que aparece aquí es la de la capacidad de devenir otres (que siempre es con otres). ¿Es posible interferir la lógica de las urgencias permanentes? La posición ético-política de Lewkowicz, psicoanalíticamente informada, presupone sólo una certeza: la de no saber. Es que, para empezar a pensar desde otras lógicas y leer las situaciones de manera diferente, hace falta cultivar el coraje de asumir que no siempre se tiene una respuesta, una solución específica. Ese no saber puede resultar entonces punto de partida: interrupción del sistema de representación que permita salirse de la serie, quebrar la lógica de las repeticiones, condiciones necesarias para instaurar otro tipo de prácticas. 

Desacelerar, suspender, inventar

La caracterización del mundo del trabajo en el capitalismo contemporáneo resulta central para los planteos de Lewkowicz. En ese pasaje del empleo vitalicio al temporario que él ya lee a inicios de siglo, una lógica de trabajo bajo formas precarizadas, individualizadas, por fuera de toda lógica sindical y de los derechos garantizados por el Estado, comienza a tornarse masiva.

¿Qué dinámicas de la vida social trastoca esa preeminencia de las lógicas de mercado? En primer lugar: desligadura de lo ligado, de los anudamientos simbólicos, de la fragmentación de lo articulado, destitución de las consistencias, en fin, desgarro subjetivo, producto de una temporalidad guiada por una velocidad que instaura la inmediatez y sustitución, cuyas operaciones requieren de invención y flexibilidad. La innovación, así, puede ser una estrategia de adaptación ante un mercado cambiante. De allí la importancia de diferenciar la invención de la sustitución innovadora: frente a la adaptación al imperativo de flexibilidad productivista, la decisión subjetiva capaz de desacelerar el ritmo para permitir otro recorrido, otra temporalidad.

Gran desafío entonces: producir situaciones nuevamente habitables y ligaduras en tiempos de destitución. Frente al cortoplacismo y la amenaza permanente a cualquier proyecto a largo plazo, ante la dispersión y la flexibilización constantes, producir consistencia como tarea subjetiva se vuelve fundamental para restringir la destitución permanente que promueve el mercado. 

Ahora bien: todo parece indicar que no se puede habitar nuevos territorios existenciales sin habilitar un tipo de operación subjetiva: la de la suspensión que permita entrar en relación con algún tipo de novedad (estética, política, científica, amorosa, podríamos decir siguiendo las pistas de Alain Badiou). 

De allí la insistencia de Lewkowicz, por ejemplo, ante los llamados a “Salir a las calles”. ¡Claro que sí!, si al mismo tiempo somos capaces de interrogar qué quiere decir eso hoy en día y caracterizar que la calle misma ha sido destituida como espacio público fundamental (¿cómo recuperar o inventar una nueva dimensión de las calles como zona posible de encuentros aleatorios?). Insiste Lewkowicz: “no hay calle hasta que una estrategia subjetivante la obliga a existir”. 

Porque la lógica de consumo también reduce el espacio público en un espacio virtual de compra-venta de mercancías. Y el consumidor, a diferencia de la familia que funcionaba como célula básica de la sociedad capitalista clásica, no es célula básica de nada. El consumidor es su propio mundo, con una subjetividad muy distinta a la del individuo con ciudadanía: un individuo fragmentado que produce lo que puede en medio de la atomización social, y a quien se somete más por las lógicas del mundo que privatiza todas las esferas de la vida que por la antigua amenaza de la reclusión estatal. 

Suspender lógicas, desacelerar ritmos, habilitar otras perspectivas que permitan forjar otros espacios-tiempos. He aquí una enseñanza de Lewkowicz para los tiempos que corren, para una política por venir: aquella capaz de hacer del fragmento una situación habitable (la situación entendida como producción de una demarcación y una subjetividad capaz de habitarla). 

La fundación de un nuevo arquetipo de situaciones es también la de otros tipos de habitantes, de otra subjetividad. Habitar es construir, y en tiempos de fluidez, la construcción es permanencia. “Habitar deviene una estrategia de subjetivación decisiva”, remata Lewkowicz: si la fluidez produce sufrimiento porque no hay espacio-tiempo sino aceleración permanente, habitar implica desacelerar, introducir una pausa a la cadena de aceleración. Pensar, así, implica una operación de rastreo de obstáculos en un recorrido subjetivo: pensar es buscar potenciar la potencia emergente. Por eso en tiempos oscuros, en épocas de crisis, lo que no podemos permitirnos es dejar de pensar. 

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*Integrante del Comité Editor de Revista Resistencias. Miembro del Instituto Plebeyo. 

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