Latinoamérica: Cambio de etapa, ¿cambios en la militancia?

Por Pablo Solana

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La militancia popular necesita ajustar la lectura de lo que está pasando en Nuestra América, para actuar de manera más eficaz. Si hay un cambio de etapa, entonces habrá que redefinir los objetivos y estrategias en función de la nueva realidad. Tenemos memoria, sabemos de qué se trata.

Lo que sigue son las notas del taller de formación militante sobre la coyuntura y la etapa en Nuestra América, que el autor preparó para llevar a cabo en organizaciones populares de base.

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1. Ajustar la caracterización

En la actualidad son múltiples las situaciones que llevan a preguntarnos si en Nuestra América está cambiando algo más que las meras correlaciones de fuerzas hacia uno u otro lado del péndulo ideológico. El imperialismo norteamericano, sus servidores locales y las nuevas ultraderechas están yendo más allá de la disputa política tal como se dio en las últimas décadas. En algunos casos, los defensores del ultracapitalismo ganan elecciones, pero en otros, para lograrlo, amenazan, encarcelan o atentan contra la vida de dirigentes populares; potencias extranjeras intervienen en la economía, en la política, y cuando no les resulta suficiente apelan a la agresión militar. 

Elaboración del autor

Como si eso fuera poco, la injerencia de Israel, el país más militarista del mundo, se expande como mancha venenosa en toda la región. El Hondurasgate dado a conocer en los últimos meses deschavó la participación israelí en una estrategia coordinada para combatir a los gobiernos de progresistas en América Latina, la frutilla del postre de una serie de maniobras en ascenso sobre nuestro continente.

Elaboración del autor

Ante el cambio del panorama, surgen hipótesis que distintos analistas vuelcan en fundamentados textos, incluso desde el corazón mismo del liberalismo. Allí están, como muestra, los libros Las crisis de las democracias (Adam Przeworski, politólogo de la Universidad de Nueva York), Cómo mueren las democracias (Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, politólogos de Harvard) o El pueblo contra la democracia (Yascha Mounk, politólogo de la Universidad Johns Hopkins, Baltimore).

La democracia liberal siempre respondió a los intereses de las clases dominantes, pero ahora ni siquiera respetan las reglas que ellos mismos impusieron. ¿Vamos a seguir jugando un juego en el que solo al pueblo se le impone respetar las reglas, mientras el enemigo las incumple cada vez que se ve amenazado o simplemente decide ir por más?

Con raíces profundas en la realidad argentina, la revista Crisis hace un aporte fundamental en su manifiesto Cinco hipótesis sobre la posdemocracia (diciembre 2025), que se corresponde con lo que sucede en la mayoría de los países de la región:

“Es posible que estemos ante la puesta en suspenso de los consensos básicos que rigieron desde 1983 hasta la fecha. Lo que el nuevo Gobierno de La Libertad Avanza viene a cuestionar es el fundamento mismo del pacto democrático (…). No se trata solo de la falta de respeto frente a ciertas formalidades republicanas y la deshonra de los buenos modales cívicos. Estamos ante la instalación de una dinámica bélica como trasfondo de la convivencia. (…) Tal vez no seamos testigos de la instauración de una dictadura clásica, pero resulta evidente que atravesamos lo que podríamos llamar una transición hacia la posdemocracia.”

Las organizaciones populares deben asumir el desafío de convertir las hipótesis en caracterización, y de ese modo obligarse a actuar. 

Las nuevas derechas vinieron a romper el fundamento mismo del “pacto democrático”. Un pacto amañado, insuficiente, pero que los pueblos de algún modo habían sabido aprovechar. Ante esta nueva realidad, seguir procediendo como si nada hubiera cambiado es un error que, como viene sucediendo, nos lleva a la impotencia y al derrotismo. Si no hay democracia, deberá ser otro el terreno de disputa, o al menos no podrá ser solo el democrático-institucional.

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2. Coyuntura y caracterización de la etapa

Regodearse en la coyuntura conlleva el riesgo del coyunturalismo: leer solo el día a día, el corto plazo; caer en el tacticismo, dejando de lado caracterizaciones, análisis, objetivos y estrategias. Sin ese encuadre de más largo alcance, atarse a la coyuntura es andar como bola sin manija: siguiendo la realidad sin brújula, corriendo desde atrás, llegando siempre tarde.

La noción de etapa no está tan presente en el lenguaje cotidiano, aunque sí hay otros términos que bien pueden resultar sinónimos, como ciclo. Decir “ciclo progresista” en Nuestra América remite con bastante precisión a una etapa con sus características definidas, que habilitó objetivos concretos y estrategias en consecuencia; hablar de “fin de ciclo” también remitió a una caracterización concreta, aunque por lo general se esquivaron las consecuencias que esa definición implica (si finalizó ese ciclo que teníamos caracterizado, ¿por qué seguimos militando como antes? Corresponde ajustar objetivos y estrategias según la nueva caracterización de la etapa). 

Solo a modo de repaso, para establecer un idioma común, podemos apelar a las definiciones de este cuaderno de formación militante que se llama Análisis de estructura. Análisis de coyuntura, del año 1989, cuyo autor es Mario Peresson, un teólogo y militante colombiano formado en la Nicaragua revolucionaria.

Elaboración del autor

Los conceptos época, modo de producción, contradicción fundamental, etc., que propone el cuadro, no son motivo de análisis de estas líneas; tampoco vamos a sobreabundar respecto al objetivo estratégico (derrotar al capitalismo), ni poner en debate las vías revolucionarias de largo alcance. Quedará pendiente el estudio exhaustivo de la formación social concreta, el abordaje más serio de la contradicción principal y otras elaboraciones, que deberán ser tarea de las organizaciones.

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3. Qué hacer

Como mencionamos más arriba, el deterioro democrático es incuestionable. Sin embargo, el avasallamiento no es total, como lo fue durante los ciclos dictatoriales de la segunda mitad del siglo pasado. Es cierto que, cada vez más en los últimos años, las fuerzas populares son reprimidas, los comicios son sospechados y el poder económico opera sobre el debate público “llenando todo de mierda” (“flood the zone with shit”, definición del asesor de Trump, Steve Bannon), y logra hacerlo con una contundencia tal que los modestos recursos tecnológicos de este lado no alcanzan a contrarrestar. 

Sin embargo, sigue habiendo espacio suficiente para la acción política. Y hay dinámicas populares a las que las clases dominantes siguen temiendo, porque demostraron ser un recurso eficaz.

La etapa comúnmente denominada “ciclo progresista” en Nuestra América constituyó lo más cercano a un estado de democracia para nuestras sociedades. Aún con todas sus limitaciones y claudicaciones en algunos casos, durante ese ciclo los pueblos pudieron pujar no solo por la redistribución de la renta, sino por concretar derechos históricamente postergados. Los líderes más consecuentes de ese ciclo llevaron a cabo, además, procesos soberanistas y de unidad continental imprescindibles para los anhelos de liberación total, aunque ese objetivo de más largo plazo no haya sido alcanzado. El digno gobierno de Gustavo Petro en Colombia (2002-2026) y la pervivencia de Lula en Brasil (en octubre vuelve a ser candidato) responden a particularidades que no logran salvar del agotamiento a aquel ciclo que tuvo su punto geopolítico más destacado en el No al ALCA de 2005 en Mar del Plata. México también es caso aparte. Tan importante como analizar los motivos de los variados fracasos (Argentina, Ecuador, Bolivia, más reciente Chile, caso aparte Venezuela), es tomar nota sobre las condiciones que forjaron el surgimiento de esa “primavera democrática”. 

Ningún ciclo favorable a los intereses de los pueblos puede consolidarse sin antes poner a la defensiva a las clases dominantes. Así sucedió con el Caracazo en Venezuela, que precedió a Chávez; el estallido del 2001 en Argentina, sobre el que se montó el kirchnerismo; las rebeliones en el Alto y en Cochabamba por el agua y el gas en Bolivia, que potenciaron a Evo Morales; las insurrecciones indígenas en Ecuador, que pusieron a la defensiva a la oligarquía antes de que Rafael Correa se dedicara a la política. Más cerca en el tiempo, los estallidos sociales en Chile y en Colombia que debilitaron y desconcertaron a las clases dominantes, factor imprescindible para que Boric y Petro pudieran ganar la presidencia. 

La nueva etapa en la que entra Nuestra América tiene puntos de contacto con la que precedió a los progresismos latinoamericanos: neoliberalismo y represión, impunidad y cercenamientos democráticos, ajustes económicos, privatizaciones y saqueo por parte de potencias imperialistas y multinacionales. Hoy, a esos factores comunes se suman las particularidades de las “batallas culturales” que emprenden las ultraderechas envalentonadas por la ventaja tecnofeudalista del manejo absoluto de algoritmos y redes sociales. Pero, en esencia, la ofensiva de los megamillonarios tiene suficientes puntos en común con aquel Consenso de Washington como para tomar nota de qué es lo que funcionó a la hora de quebrar, en aquel entonces, la hegemonía reaccionaria.

Claro que el “cambio de chip” nunca es inmediato. La militancia suele hacer sus procesos acompañando los tiempos de los pueblos, y eso implica pacientes impaciencias. Así sucedió en los 90: la ofensiva neoliberal se apoyó en frustraciones previas (gobiernos socialdemócratas —en muchos casos post dictatoriales— que generaron hiperinflación, pobreza extendida y falta de horizontes); contó con consensos en los períodos iniciales (Menem en Argentina, Salinas de Gortari en México, Collor de Mello en Brasil); y el proceso de acumulación de fuerzas por parte del pueblo fue más lento de lo deseable. 

Volviendo al presente que nos aqueja: en función de la caracterización de esta etapa en concreto, la militancia deberá reelaborar objetivos (¿derrotar a la ultraderecha no solo por medio de la disputa del gobierno, sino erosionando su legitimidad en todos los planos?) y estrategias para la etapa (¿la rebelión social más allá de la disputa institucional, hacer valer el poder del pueblo en las calles?).

No hay recetas inevitables, ni calcos ni copias que nos faciliten la tarea, como enseñó Mariátegui. Habrá que leer correctamente la etapa, medir el pulso social a cada rato, y estar dispuestos a aprender sobre la marcha. Pero no empezamos de cero, vale como muestra el ejemplo del pueblo boliviano: a pocos meses de asumido el gobierno de derecha, el campesinado protagonizó los primeros conatos de rebeldía. 

Nuestros pueblos mantienen siempre latente la memoria de la rebelión, insumo necesario para cualquier cambio a favor de los de abajo.

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