Amauta, a cien años: Instrucciones para ser una buena/un buen vanguardista

Por Miguel Mazzeo

.

Amauta, a cien años. La elección de un destino

En el mes de Amauta, todos los jueves y sábados de septiembre estaremos publicando las distintas partes de este texto homenaje escrito por Miguel Mazzeo.

.

PARTE 5. Instrucciones para ser una buena/un buen vanguardista. 

Paradójicamente, el nombre Amauta, a diferencia de La Vanguardia, fue el pasaje para constituirse en un modelo de revista de vanguardia, para superar el síndrome del anticuario. Mariátegui descubrió que la reivindicación de lo indígena era el fundamento del vanguardismo más genuino y, por ende, más radical. El vanguardismo que conmovía los cimientos de la ciudad letrada. El vanguardismo que emanaba de la reivindicación del carácter inseparable del arte y la vida. Este descubrimiento fue posible, en buena medida, por la influencia de movimientos culturales de las primeras décadas del siglo XX, por lo general subsumidos todos bajo el rótulo de “las vanguardias”: el dadaísmo, el cubismo, el constructivismo, el expresionismo, el ultraísmo, el creacionismo, el atonalismo, el dodecafonismo, entre otros ismos

En virtud de nuestra reflexión sobre el nombre Amauta, nos interesan aquí el futurismo ruso e italiano, este último en sus primeros tiempos, antes de ser absorbido y anulado por el fascismo con sus afanes de contrarreforma; y, especialmente, el surrealismo, al que Mariátegui, acaso con mayor rigurosidad y exactitud, llamaba “superrealismo”. Seguramente, en Italia, Mariátegui asistió a alguna conferencia del histriónico Filippo Tommaso Marinetti. Sin dudas, fue lector de los manifiestos del futurismo. Pero el surrealismo concitó su mayor interés. Acompañó cada una de las estaciones de un devenir dialéctico que fue arrojando a ese movimiento hacia la izquierda. Adhirió con entusiasmo al proceso de politización y radicalización del surrealismo. 

En el artículo, “El balance del suprarrealismo”, publicado en Variedades, en dos partes, el 19 de febrero y el 5 de marzo de 1930, Mariátegui afirmaba: “ninguno de los movimientos literarios y artísticos de vanguardia de Europa occidental ha tenido, contra lo que baratas apariencias pueden sugerir, la significación y el contenido histórico del suprarrealismo. Los otros movimientos se han limitado a la afirmación de algunos postulados estéticos, a la experimentación de algunos principios artísticos”. 

Como Mariátegui no pretendía hallar una cultura desarrollada y completa (ni en Europa ni en ningún sitio), ya lista para usar como punto de apoyo y fundamento; como sabía que ese no era el modo de poseer una cultura, era lógico que se sintiera cautivado por el hecho de que el surrealismo haya constituido un “movimiento, una experiencia” y que no haya “nacido armado y perfecto de la cabeza de sus inventores”. Un par de interrogantes, que deslizan hipótesis, se nos imponen. El primero: ¿acaso no trasladó Mariátegui sus apreciaciones sobre el surrealismo a la política revolucionaria, lo que lo llevó a valorar el movimiento y la experiencia (la praxis) por sobre otras lógicas y/o principios; también por sobre el dogma y por sobre aquello que, en materia filosófica y política, se presentaba bajo los oropeles de la infalibilidad de lo indiscutible? El segundo: ¿acaso no pensó Mariátegui al marxismo como una filosofía que, como el surrealismo, tampoco había nacido “armada y perfecta”, cerrada, definitiva, de la cabeza de Marx y que, por ende, estaba sujeta a diversos aportes y enriquecimientos, aproximándose así a una comprensión del marxismo como una filosofía de la praxis? 

Cabe destacar que, para Mariátegui, el surrealismo era la expresión más acabada de “lo vanguardista”, una “superación”. No solo por la radicalidad (y la claridad) de sus definiciones estéticas e ideológicas, por su grado de organización (incluso de su incongruente institucionalización), por su permanencia en el tiempo (el primer manifiesto del surrealismo es de 1924 y Bretón llegaría a México en 1938), o por su negativa a las demarcaciones rigurosas entre los hechos estéticos y los hechos políticos sino, también, por su capacidad de asimilar los costados más disruptivos de otros movimientos previos o sincrónicos: el dadaísmo o el futurismo, por ejemplo. La asimilación de lo previo, no se atenía a los movimientos o figuras inmediatamente anteriores, por el contrario, rastreaba más atrás para recuperar, por ejemplo, a El Conde de Lautremont, a Arthur Rimbaud, a Charles Baudelaire, a Guillaume Apollinaire, y a otras y otros surrealistas avant la lettre.

En el nombre Amauta pueden rastrearse “maniobras futuristas” que transcendían la mera gestualidad. Una de ellas se puede deducir a partir de la experiencia del creador del Teatro Experimental de los Independientes en Roma, Antón Giulio Bragaglia, quien, sin saberlo, estableció su “Casa de Arte” sobre los restos de las que fueron las termas del emperador Septimio Severo. Mariátegui, que en Italia asistió a las representaciones de Bragaglia y su grupo, veía en ese hecho totalmente azaroso un signo transparente: el encuentro entre la vanguardia y el arte antiguo, el futurismo (el futuro mismo) descubriendo el pasado. Dejó constancia de esto en su artículo: “Bragaglia y el Teatro de los independientes de Roma”, publicado en Variedades, el 22 de mayo de 1926.   

Amauta también presenta un modo típicamente futurista de validación político-cultural que tiene como objetivo hallar una verdad útil capaz de organizar una voluntad colectiva; un modo que no persigue restauraciones de ningún tipo. Este modo alguna vez fue asociado al fascismo italiano, más allá de que, usualmente, se destaque el carácter antitético de los contenidos y de los objetivos. Por otra parte, existe una gran diferencia, no siempre atendida: la reconstrucción del pasado propuesta por Amauta tiene rasgos menos legendarios y más concretos que la de los futuristas italianos. La realidad de la comunidad campesina indígena contrastaba con la lejanía del pasado imperial romano.  

En el nombre Amauta, sobre todo, pueden rastrearse “maniobras surrealistas”. En 1928 el surrealista Pierre Naville había planteado la afinidad entre surrealistas y marxistas en el libro La revolución y los intelectuales. Afinidad que sería retomada por Benjamin en su texto “El surrealismo, la ultima inteligencia europea”.  

Curiosamente, mientras dirige Amauta, Mariátegui publica la mayoría de sus trabajos sobre el surrealismo en otras revistas: las limeñas Variedades, Mundial, Perricholi, principalmente. Sí publica a autoras y autores surrealistas en su revista, especialmente a las y los surrealistas peruanos, entre otros: Xavier Abril y César Moro, con quienes además mantuvo correspondencia; o a Magda Portal, poeta indiscutiblemente vanguardista que utiliza recursos del surrealismo, pero cuyo eclecticismo trascendía a esta corriente. También se publica en Amauta un texto de Vallejo “La autopsia del surrealismo”, en el número 30, de abril-mayo de 1930, ya sin Mariátegui (fallecido el 16 de abril) y con Ricardo Martínez de la Torre como director. Pero no abundan en la revista de Mariátegui los textos de los principales autores surrealistas: algo de Bretón, algo de Louis Aragón; nada de Paul Eluard, nada de Phillippe Soupault.  

Mas allá de estas circunstancias, Amauta no deja de ser un artefacto surrealista en varios aspectos. Por ejemplo, porque en el nombre y en el contenido, la publicación reconoce los elementos fundantes de lo indígena. El surrealismo propiciaba el fermento de razones y cosmovisiones que solían presentarse como incompatibles y antagónicas: el marxismo y el indigenismo. Amauta vino a demostrar que, especialmente en Nuestra América, lo “más viejo” podía ser lo “más nuevo” y, sobre todo, más genuino. En todos los órdenes. Abrió las puertas a un mundo de ingente riqueza que había sido menoscabado, desechado por primitivo, bárbaro; experimental, incluso por “mujeril”. A partir de la manipulación temeraria de términos hegelianos –los de la Ciencia de la lógica, por ejemplo– podemos afirmar que Amauta se erigió en un testimonio de que el avance histórico podía manifestarse como un retorno al fundamento, a lo originario y a lo verdadero”. Al mismo tiempo, el surrealismo generaba un espacio ideológico-cultural con posibilidades de ser compartido por el anarquismo y el marxismo.  

Amauta también puede concebirse como artefacto surrealista por su planteo sobre la afinidad entre la creación de un nuevo sentido artístico y la creación de un nuevo sentido político. Eran tiempos en los que las y los poetas –figuras asociadas por Mariátegui a la creación en su sentido más radical– adherían masivamente a la revolución. Más allá de las innovaciones estéticas, a Mariátegui le interesaba la dimensión política más profunda de las vanguardias; esto es, veía en las vanguardias, especialmente en el surrealismo, la expresión de un dilatado movimiento que daba cuenta de una “nueva sensibilidad”, cuyos pilares eran la rebeldía, la creatividad, la experimentación, etc., y que para él eran la materia misma del cambio histórico, es decir, de la revolución. En su artículo, “El grupo suprarrealista y Clarté”, publicado en Variedades, el 24 de julio de 1926, Maríategui definía al surrealismo como “un complejo fenómeno espiritual. No una moda artística, sino una protesta del espíritu”.  

Otra maniobra surrealista. El nombre Amauta también reflejaba la destreza de Mariátegui a la hora de articular lo autóctono con la “emoción de la época”. Por cierto, la reivindicación de lo autóctono no era ajena a dicha emoción. La época daba lugar a diversas expresiones de repudio a los artificios y a las disonancias (reales o aparentes). La época promovía la búsqueda de soportes donde edificar algo que sea propio; de terrenos sólidos desde donde tender puentes. 

Para Benjamin, la principal “superación creadora” aportada por las experiencias surrealistas  consistió en la “iluminación profana de inspiración materialista, antropológica”. Sostenemos que esa iluminación está presente en el nombre Amauta. Además, Benjamin veía en la opción del surrealismo por el comunismo un “pesimismo en toda la línea”, esto es, veía: “Desconfianza en la suerte de la literatura, desconfianza en la suerte de la libertad, desconfianza en la suerte de la humanidad europea, pero sobre todo desconfianza, desconfianza, desconfianza en todo entendimiento entre las clases…”. Sostenemos que esa desconfianza también está presente en el nombre Amauta.      

El surrealismo es inseparable de la influencia de Sigmund Freud y el psicoanálisis. El surrealismo, a partir de una idea radical de la libertad (alternativa a la idea burguesa que estaba en crisis), ofrecía un ámbito de intersección, un eje articulador entre psicoanálisis y marxismo, entre arte-cultura y política que tanto seducía a Mariátegui. La presencia de Freud y el psicoanálisis, ya desde el número 1 de Amauta, es sintomática. Recordemos: “Resistencias al psicoanálisis”, texto de Freud de 1925, se publicó por primera vez en Nuestra América en el número 1 de Amauta. Mariátegui reconocía en Freud y en el psicoanálisis expresiones de una crítica radical al capitalismo, por eso planteaba su afinidad con el movimiento comunista. Al mismo tiempo, no podía pasar por alto la íntima relación entre los planteos de sus detractores, el carácter infundado de las respectivas acusaciones de pan-sexualismo y determinismo económico. 

Con todo rigor, Amauta puede ser considera una revista precursora del freudo-marxismo. Tengamos en cuenta que, hacia 1926, Wilhelm Reich todavía no había dado a luz trabajos donde la articulación de psicoanálisis y marxismo estuviera presente. Materialismo dialéctico y psicoanálisis es de 1929. Su famoso (y actual) Psicología de masas del fascismo es de 1933. En Nuestra América, Amauta, sin dudas, constituye una expresión pionera y fundacional del freudo-marxismo.  

Más allá de que conociera o no el texto de Freud “Una dificultad del psicoanálisis”, de 1917, donde se desarrolla el concepto de “herida narcisista”, Mariátegui, como “teórico de la crisis”, sí reconocía en esta algo aproximado a un plano relacionado con la autoestima de la humanidad. Aunque Mariátegui jamás utilizó ese concepto y nunca hizo referencia a este texto de Freud, no pasó por alto el sacudimiento generado por el descubridor del inconsciente quien, en efecto, asestó la tercera “herida narcisista”: la herida psicológica; después de las inflingidas por Nicolás Copernico (herida cosmológica) y Charles Darwin (herida biológica). Recordemos que Mariátegui, en su artículo “El freudismo en la literatura contemporánea”, publicado en Variedades, el 14 de agosto de 1926, le atribuyó a Freud una de las funciones características de los seres geniales: “traducir la intuición de una época”. Una función que el propio Mariátegui también supo ejercer, por ejemplo, al momento de elegir el nombre Amauta. ¿Qué intuía la época? Entre otras cosas: que el saber venía arrasando con todo lo simple y transparente asociado (o asociable) a Dios, al mundo y al hombre. La época intuía que no era descabellado buscar alguna certeza entre los deshechos del saber. No fue fortuito el peso que Mariátegui le asignó a la fe y a la religión, ni que el mismo se definiera como un hombre de fe (laica). 

¿Tiene fundamento la opinión que sostiene que el surrealismo no logró reproducirse en Nuestra América con el mismo grado de rebeldía y con la misma eficacia que en Europa? Afirmamos que no, que no lo tiene. Decimos: esta opinión es rebatible. Aquí, en esta parte del mundo, el surrealismo terminó absorbido por la realidad, por la mismísima cultura popular, por una atmósfera sentimental, pasional, mitológica, utópica que ya, de alguna manera, era surrealista, nadaista, realista mágica, real visceralista, infrarrealista, etc. Por otra parte, aquí, en esta tierra, el surrealismo encontró en la política uno de sus principales canales de expresión. Amauta y Mariátegui así lo demuestran.       

.

.

PARTE 1. El arte de proveer identidad a través de las palabras

PARTE 2. Decir Amauta. Conjurar la modernidad a través de la mezcla

PARTE 3. Amauta en el tiempo de la desmesura: el clima de posguerra

PARTE 4. Antecedentes, intuiciones e indicios de un nombre

.

.