En Dios confiamos

Por David Acuña

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In god we trust

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A Dios rogando.

Por Destino Manifiesto se entiende la doctrina político-ideológica que presentó a los Estados Unidos como una nación con la misión histórica de expandirse llevando la civilización desde las costas del Atlántico, donde se había asentado las primeras Trece Colonias, hasta alcanzar el Océano Pacífico. Obviamente, cuando hablamos de “civilización”, nos estamos refiriendo al varón blanco anglosajón, cabeza de familia, de confesión protestante y propietario del suelo que habita.

Estos fundamentos, son anteriores a la independencia de los Estados Unidos. Ya en 1630, el ministro puritano John Cotton sostenía que “ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos, así como a someterlos”.

Este mito, de raíz teológica, encuentra en la idea de “la frontera” su principal vehículo de concreción donde convergen las nociones de progreso, libertad y propiedad, articuladas en torno a una concepción profundamente individualista de la realización sin mediación alguna (Iglesia o Estado) entre el hombre y un Dios personal. La bendición o el favor divino, se manifestaría entonces, por la concreción o fracaso de la obra humana, en este caso: la apropiación de la tierra por medio de la conquista.

La frontera se convierte así no solo en un espacio geográfico o en un límite transitorio a la civilización, sino en el espacio simbólico donde la realización individual adquiere una dimensión providencial y se presenta como expresión de un destino histórico.

Esta matriz de pensamiento se volvió corpus argumental en la Doctrina Monroe de 1823, acrecentada por corolarios posteriores, y contribuyó a configurar una justificación de la expansión sobre los extensos territorios habitados por las poblaciones originarias de Norteamérica, la guerra de conquista contra México en 1846 y las intervenciones militares en el marco de la guerra hispano-estadounidense de 1898.

El concepto de “Destino Manifiesto” adquirió una formulación explícita en 1845, cuando el publicista John L. O’Sullivan publicó en la revista neoyorquina Democratic Review un artículo titulado Anexión. Allí sostuvo que Estados Unidos tenía el “destino manifiesto” de extenderse por el continente que le había sido asignado por la Providencia para desarrollar la libertad y el autogobierno.

Toda esta construcción ideológica proporcionó, por lo tanto, un poderoso marco de legitimación para el expansionismo estadounidense durante el siglo XIX, cuyos fundamentos discursivos llegan hasta nuestros días a Dios rogando y con el mazo dando.

Un Dios hecho a medida.

Entre los siglos XV y XVIII se desarrolla en Europa occidental un proceso gradual de secularización mediante el cual la religión pierde parte de su función como principio ordenador de la vida pública y de las relaciones sociales. Paralelamente, comienzan a consolidarse los Estados modernos y las identidades nacionales, configurando un nuevo escenario político e ideológico que, con transformaciones posteriores, se aproxima al modo en que hoy concebimos la nación.

El sionismo surge en el marco de este proceso de secularización y construcción de identidades nacionales. Sus orígenes se remontan a fines del siglo XIX entre los sectores acomodados de las comunidades judías europeas que aspiraban a ser “asimilados” por los grupos de poder de las sociedades nacionales en las que vivían.

Entre sus principales teóricos se encuentra Teodoro Herzl, integrante de una familia burguesa del Imperio Austrohúngaro. Desde una perspectiva secular y ajena a la fundamentación religiosa tradicional, Herzl formuló el problema judío en términos propios del nacionalismo moderno: “El problema judío existe donde quiera que vivan los judíos en número apreciable. Donde no existe, es introducido por los judíos inmigrantes […] nuestra aparición provoca las persecuciones. Esto es cierto, y lo seguirá siendo en todas partes hasta que el problema judío no sea resuelto políticamente”.

Abraham León, trotskista polaco que durante su juventud integró la organización sionista Hashomer Hatzair (Guardia de la Juventud), lo explicó cabalmente: “En realidad, la ideología sionista, como toda ideología no es más que el reflejo desfigurado de los intereses de una clase. Es la ideología de la pequeña burguesía judía, asfixiada entre el feudalismo en ruinas y el capitalismo en decadencia”.

El proyecto sionista puede interpretarse como una prolongación tardía de la construcción de las identidades nacionales occidentales, aunque con una particularidad decisiva: para materializarse debió proyectarse fuera de Europa. Y, al igual que en caso de la frontera yanqui, para el establecimiento de la sociedad blanca, primero hubo que vaciar la tierra de poblaciones autóctonas racializadas.

El sionismo, como señala Yakov Rabkin, persigue cuatro objetivos esenciales: 1) transformar la identidad transnacional judía, centrada en la Torá, en una identidad nacional semejante a las demás nacionalidades europeas; 2) desarrollar una nueva lengua nacional basada en el hebreo bíblico y rabínico; 3) trasladar a los judíos desde sus países de origen hacia Palestina; y 4) establecer un control político y económico sobre dicho territorio.

En estos objetivos radica su carácter reaccionario e imperialista, sustentado en una sociedad colonial-militar trasplantada desde países occidentales que, para garantizar su continuidad, recurre a la continua ocupación territorial, la violencia y el apartheid contra la población palestina.

En este proceso, la ideología secular sionista constructora del Estado de Israel, ha adecuado determinados mitos religiosos judíos milenarios con fines políticos para legitimar la dominación y presentar al genocidio como parte de un mandato providencial.

El sionismo ha fabricado un dios a su medida criminal.

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Teología de la Prosperidad.

En Argentina, el catolicismo ha concebido históricamente el poder del Estado como una instancia ordenadora de la vida social. Cuando esa concepción se articuló con las élites oligárquicas, el resultado fue el refuerzo de las instancias de dominación y explotación de los sectores populares. Por el contrario, cuando se articuló con una noción de bien común, encontró en la justicia social un horizonte liberador de las masas explotadas. El peronismo fue la expresión política de esta segunda opción. O, si se quiere expresarlo de otro modo, el peronismo, entre otras cosas, fue la doctrina social de la iglesia hecha gobierno para una comunidad nacional.

Por su parte, el ingreso del protestantismo en Sudamérica, particularmente en sus vertientes calvinista presbiteriana, bautista, metodista, menonitas, pentecostal y adventista, a las que comúnmente denominamos en forma genérica como “evangélicas”, también ha desarrollado concepciones del poder como ordenador social, aunque bajo una lógica diferente: la del pacto y la soberanía limitada. En este marco, la idea de “lo común” tiende a ocupar un lugar secundario frente a la responsabilidad, el posicionamiento y la acción individual, reforzando una concepción de la sociedad en la que la realización personal adquiere un peso central. De ahí, a concebir que las condiciones de prosperidad o miseria de las personas son una manifestación de la acción divina y no producto de un sistema político-económico hay tan solo un paso.

Es en este punto donde el pentecostalismo adquiere una significación particular frente a otras corrientes protestantes y evangélicas. Mientras el calvinismo clásico vinculó la prosperidad individual con la elección divina y la promesa de salvación, el pentecostalismo desplazó esa expectativa hacia el presente donde el éxito personal es una expresión concreta de la bendición divina. De este modo, la fe deja de proyectar exclusivamente la recompensa hacia una vida futura y comienza a ofrecer una promesa de transformación material en el aquí y ahora. Este mensaje, al que podemos llamar como “Teología de la Prosperidad”, es realmente poderoso y movilizador en un continente como el nuestro que abriga los mayores índices de desigualdad y pobreza estructural debido a su condición semicolonial.

En Nuestra América, el pentecostalismo no avanzó únicamente sobre el espacio que dejaron los desaciertos de una jerarquía católica que, en términos generales, acompañó los golpes de Estado vinculados al Plan Cóndor durante los años 70. También encontró terreno fértil en algunos de los espacios que la Teología de la Liberación fue dejando vacantes, ya fuera por la represión sufrida por sus miembros o por el reflujo del campo nacional. Cualquiera haya sido la causa, las iglesias pentecostales ocuparon esos espacios con una oferta religiosa centrada en la experiencia personal, la sanación y la prosperidad en la vida cotidiana.

Ninguna ideología prospera en el vacío. Durante los años 80, la expansión pentecostal recibió ayuda de sectores fundamentalistas de la derecha evangélica estadounidense que comenzaron a promover liderazgos y redes de alcance transnacional. Su influencia alcanzó a distintas iglesias pentecostales e introdujo nuevos énfasis teológicos y políticos. No se trató de una centralización eclesial, pero sí de una transformación progresiva de prácticas rituales, comportamientos sociales y posicionamientos políticos, cada vez más permeables al discurso individualista difundido por las usinas de pensamiento neoliberales proyanquis durante los 90.

El consumismo individualista, alimentado en Argentina por la ilusión de prosperidad del Plan de Convertibilidad, abrió un nuevo capítulo en la relación entre religión y mercado en donde desde cierta lógica pentecostal, el llamado “milagro económico” dejó de ser una simple metáfora y la prosperidad material pasaba a ser interpretada como una manifestación concreta de la bendición divina.

Sionismo Evangélico.

El pentecostalismo con su teología de la prosperidad, se encuentran también fuertemente vinculados con una dimensión escatológica que sostiene que el retorno de los judíos a Tierra Santa y la reconstrucción del Tercer Templo constituyen condiciones necesarias para la segunda venida de Cristo. Esta interpretación teológica termina así proyectándose sobre la política internacional, otorgando al conflicto en Palestina un lugar central dentro de una visión religiosa y a la vez geopolítica que podemos denominar como “sionismo cristiano evangélico”.

En términos prácticos, esta corriente teológica, aunque hunde sus raíces en el pentecostalismo, atraviesa también a diversos sectores evangélicos y protestantes radicales y converge con el sionismo israelí en una trama de intereses configurando una alianza que excede ampliamente el terreno religioso. El sionismo cristiano evangélico es parte de un poderoso lobby internacional en defensa de Israel, al cual contribuye a legitimar sus políticas y procura arrastrar detrás de ellas a los países subordinados a la política exterior de Washington.

La cuestión, por lo tanto, no se reduce a una afinidad religiosa, sino a una concepción de poder imperialista y genocida que encuentran en el discurso religioso una herramienta de legitimación y movilización política. El resultado es una alianza capaz de proyectar su influencia mucho más allá de las iglesias, interviniendo sobre gobiernos, medios de comunicación, instituciones educativas, redes sociales, empresas transnacionales y organismos supranacionales, en función de los intereses estratégicos de Estados Unidos e Israel.

Dicho de otro modo, no estamos ante un movimiento religioso con consecuencias políticas, sino ante la utilización de la religión como vehículo de dominación por parte de las potencias imperialistas. Hay que ser claros: el protestantismo en general y el pentecostalismo en particular operan como herramientas ideológicas de penetración anglosionista en Sudamérica, orientadas a construir consenso en favor de las élites rentistas locales alineadas con el Shield of the Americas (Escudo de las Américas) impulsado por Donald Trump y con el proyecto de Eretz Israel HaShlema (Gran Israel) promovido por Benjamin Netanyahu y demás supremacistas criminales.

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Santa Fe.

Es bueno traer a la memoria, porque no han perdió vigencia como componentes de la trama de dominación imperialista, a los Documentos de Santa Fe elaborados entre 1980 y 1988 por sectores vinculados a la derecha conservadora estadounidense y la CIA.

Destinados a ser insumos con los cuales combatir el avance de los movimientos populares en Nuestra América, estos documentos contribuyeron a delinear una estrategia de intervención orientada a preservar la influencia de Washington en nuestra región y a contener cualquier proyecto considerado contrario a sus intereses.

Los Documentos de Santa Fe I y II (1980 y 1988) identificaron a la Teología de la Liberación como “contraria a la libre empresa” y como una herramienta al servicio del marxismo. Aunque los documentos no mencionaban explícitamente el apoyo a las iglesias evangélicas, su orientación ideológica apuntaba a promover formas de religiosidad compatibles con el anticomunismo, el individualismo y los valores del llamado “mundo libre” capitalista.

Si bien el protestantismo histórico no fue una creación de las clases dominantes y ofició en muchos casos un vehículo de expresión de sectores radicalizados, el pentecostalismo ofrece un terreno particularmente favorable por su religiosidad individualista y distante de la organización social colectiva. La Guerra Fría, resultó ser el escenario propicio para que los sectores dominantes estadounidenses introyectaran su ética en los patrones teológicos e ideológicos evangélicos, consolidando su propia base social en Estados Unidos y extendiéndola por el mundo.

Bajo el auspicio del poder de Washington, las misiones evangélicas como el Instituto Lingüístico de Verano y organizaciones pentecostales como las Asambleas de Dios ampliaron su presencia en nuestra región, particularmente entre comunidades indígenas y sectores populares, como avanzadas de una guerra cultural que, lejos de haber concluido, continúa hasta el presente promoviendo valores abiertamente prooccidentales, anticatólicos, anticomunistas y contra toda expresión soberanista del nacionalismo revolucionario.

Una Yihad para la Contraofensiva Popular.

La derrota del movimiento popular y de la teología de la liberación, que habían vinculado de diversas maneras la fe con la emancipación colectiva, abrió paso a la destrucción de las formas comunitarias de vida bajo el avance del neoliberalismo, escenario que los ciclos progresistas sudamericanos no pudieron revertir por sus propias limitaciones teóricas y de estrategia. Debido a esto, la espiritualidad en nuestra región comenzó a desplegarse, evangelismo mediante, en un mundo cada vez más hostil, frío y poshumano, bajo la matriz crecientemente individualista y reaccionaria de la Teología de la Prosperidad.

Es decir, allí donde estuvo ausente una comunidad organizada desde abajo y con objetivos emancipadores, emergió el protagonismo consciente de su antagonismo evangélico prometiendo una salida individual a la miseria.

Estamos ante un fenómeno reaccionario de masas que hunde sus raíces en la tradición anglosajona protestante y que ha logrado interpelar a amplios sectores populares. Ante esta amenaza, el combate ideológico debe ser frontal, especialmente porque el sionismo cristiano evangélico ha establecido una articulación con la extrema derecha y con algunos sectores del peronismo y del sindicalismo.

Esto nos lleva a una serie de tareas.

La primera, de carácter netamente defensivo, consiste en denunciar la utilización de la fe como herramienta de opresión. El sionismo —israelí como cristiano— ha resignificado en clave escatológica las políticas de ajuste y la destrucción del Estado soberano. Por eso, es necesario señalarlo como lo que es: enemigo de la Patria.

La segunda tarea consiste en desarmar las bases teológicas del enemigo, que “utiliza el Cielo como coartada”, exponiendo sus mitos y sus objetivos políticos reales antinacionales.

En tercer lugar, resulta necesario reconstruir una ética revolucionaria como condición de posibilidad de toda praxis política. Esta debe ser lo suficientemente sólida como para constituirse en una alternativa de organización frente al avance evangélico, que opera como mediador del poder proclamando la resignación y frenando la bronca de los de abajo.

La cuarta tarea implica asumir que, frente a un peronismo demasiado proclive a gestionar su propia autorreproducción, la prioridad debe estar puesta en la disputa territorial. Si la organización social se robustece, gana legitimidad y construye las condiciones para enfrentar tanto a la partidocracia como a las organizaciones narcopoliciales y al sionismo cristiano evangélico. No se trata de actores equivalentes, pero sí de espacios con fronteras permeables y que, en determinadas circunstancias, se articulan.

En conclusión, se trata de construir una yihad para la contraofensiva popular contra el falso dios capitalista, colocando el cambio social como horizonte común, deseable y posible.

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