Por Miguel Mazzeo
.
Ese trapo, en la rusticidad de su contextura, en su carácter improvisado, en la misma insensatez del sonido de la palabra “trapo”; ese trapo –decimos– es absoluto y definitivo. Su autenticidad es formidable. Soberano trapo. Trapo soberano.
Ese trapo es un código inmune a las groserías insoportables de la ultraderecha, a sus juicios arrogantes, a su verbosidad barata. No hay mueca o vulgaridad que aniquilen ese código, no hay infamia o estupidez que lo degraden. Se trata de un código inabordable para los payasos presuntuosos y los politicastros medrosos que todavía no encuentran el modo de estrujarlo.
Ese trapo es un instrumento hegemónico que opera principalmente en el plano del argumento y, en menor medida, en el plano de la experiencia. Ese trapo, al fundarse en los resabios de una ideología coherente (y una mitología), trasciende todo malestar individual para remitir a un malestar colectivo y a una herida histórica abierta.
Ese trapo expresa un sentir no corrompido por los artificios y las consideraciones nimias: una resistente dignidad anticolonial, una crítica radical al mimetismo cipayo.
Por el sentido de la consigna que expone, y por servir de soporte de la misma, por el escenario que eligió para desplegarse, ese trapo enciende y moviliza. Invita a que se agiten otros trapos con sentidos emparentados. ¿Eligió o, simplemente, una antigua sabiduría estratégica le impuso el escenario? Ese trapo estaba llamado a ser contrabandeado como carga de dinamita para hacer saltar sentimientos: orgullo u odio.

Las letras asimétricas de ese trapo, desentendidas de las leyes de la analogía tipográfica, golpean en teclas heroicas; por eso ya se han convertido en letras icónicas, llamadas a multiplicarse. Las marcas del pincel empapado de acrílico negro hacen que las letras de ese trapo hablen por sí solas. Nos recuerdan otras letras. Por ejemplo: las letras de la carta que Tupac Amaru escribió con su sangre en un pedazo de su camisa (otro trapo) antes de ser supliciado por desafiar un orden colonial.
¡Qué poder el de las viejas formas! A la vista está: siguen siendo aptas para nombrar lo que resulta innombrable para la ultraderecha. Su eficacia para denunciar el colonialismo inglés supera a la de cualquier vía “oficial”, estatal, diplomática. Esas formas obligan a exponer la crueldad o, en el mejor de los casos, la vergüenza. Esas formas todavía pueden desbaratar las performances digitales y conmocionar las sensibilidades neoliberales y colonialistas. Todavía pueden introducir la religión (el fútbol, de alguna manera, lo es) en la política. ¡Cuánta capacidad la del fútbol para agigantar todo lo que con él se asocia! Lo que tiene que ver con el universo de la mercancía, claro está, y lo que no.
Ese trapo también es un signo de que el fútbol todavía resiste. Conciente o inconcientemente el fútbol se niega a convertirse en un epifenómeno del mercado, en un espectáculo para consumidores pasivos y estandarizados, en un mero divertimento que transcurre entre publicidades (puras incitaciones a la ludopatía o a la ingesta de grasas saturadas). El fútbol quiere preservar en su condición cultural e identitaria, enriquecedora de la vida de la personas. Por eso persiste como medio idóneo para el desahogo masivo, para la crítica, el drama, la sátira; para la desobediencia civil y para expresar diversos descontentos: de los pueblos colonizados, de las personas sometidas alguna forma de opresión, etcétera. Mientras continúe este abrumador vacío político-utópico, el fútbol será uno de los pocos ámbitos para la heroicidad que nos quedan.

El fútbol todavía presenta resquicios en los que cabe la posibilidad de la contradicción o la paradoja. Porque, finalmente, el maravilloso trapo se enarboló en el partido semifinal de una Copa del Mundo groseramente mercantilizada; en los Estados Unidos, el país imperialista por antonomasia de esta época histórica, ¡y en un estadio que se llama Mercedes Benz! (en Atlanta, en el estado de Georgia).
Ese trapo, tan artesanal, tan improvisado, tan urgente, tan transparente, tan trapo sin ansias de cartelón grandilocuente; ese trapo salvaje hizo colapsar todos los diseños algorítmicos, atravesó todas las burbujas, obligó a compartir una realidad objetiva, hizo circular una evidencia incontrastable por todas las comunidades reales y virtuales, racionales y emocionales.
Ese trapo silenció las voces del desquicio actual, puso a resguardo lo más preciado: una vitalidad. Trapo oportuno. Trapo necesario. Filigrana inexpugnable.
.
.