Ricardo Iorio: una ética del aguante

Por Mariano Pacheco

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Hay figuras que marcan una vida. Y estoy seguro que la de Ricardo Iorio, como ícono del metal pesado nacional, no solo marcó la mía, sino la de toda una generación, huérfana de figuras políticas contemporáneas. Es que el metal, como el hardcore y el punk-rock, implicaron para muchos de nosotros un verdadero grito de guerra contra el sistema, una suerte de contracultura suburbana contra la cultura careta que proponía el status quo de la postdictadura. Esos gobiernos de los grandes grupos económicos que, bajo el formato de la “demorazzia” (término acuñado por Oscar Blanco y Emiliano Scaricaciottoli en su libro Las letras del rock en Argentina) se sostuvieron bajo la fórmula de vidas precarias + represión policial.

Iorio fue el gran referente de esa contracultura antirebaño de los años ochenta y noventa, que a la vez que congregaba y gestaba comunión, combatía los modos de homogeneización cultural que proponía el nuevo orden mundial. Sobre Ricardo como maestro, el necesario parricidio que debimos efectuar y el ocaso de los ídolos escribimos hace tres años, aquí mismo, en Revista Resistencias, cuando brindamos nuestro homenaje por su partida de este mundo (aquí).

En esta oportunidad quisiera rescatar otras cuestiones, trazar una diagonal de ese debate sobre el Iorio-personaje-televisivo y detenerme en varias marcas que dejó Ricardo en nuestra generación: la que se visibilizó el 19 y 20 de diciembre de 2001, tirando piedras, con toda esa cultura del aguante que aprendimos en las canchas de fútbol, en los recitales y en las plazas y esquinas de las barriadas, verdaderas unidades básicas del pueblo en aquellos años. Resulta obvio, pero igual subrayo el comentario: la banda sonora de la revuelta fueron las canciones de Ricardo, por más que la figura de Iorio ya resultara un poco problemática por entonces. 

Por eso retroceda un poco, aunque no tanto. Me sitúo en uno de sus testimonios. No en el conocidísimo, revisitado y jocoso de sus entrevistas televisivas con Beto Casella, sino en otro menos conocido, con menos glamour –digamos–, pero en el que se presenta con toda su sincera crudeza, horas antes de que apareciera en las disquería Mundo guanaco, primer álbum de Alma Fuerte. 

Se trata de una entrevista con el Ruso Verea en la Heavy Rock & Pop, programa de trasnoche de la Rock & Pop que Iorio visitó en más de una ocasión. Como en tantas otras oportunidades, también allí, esa madrugada de junio, aclara que su verdad está en la obra y no en sus dichos, pero, quizás como en ningún otro momento, el cantar verdades y el decir verdades se entremezclan en una conversación con quien, resulta evidente, se siente muy cómodo para hablar. 

Es 1995, Ricardo tiene entonces 32 años. Esa semana cumple 33 y algún oyente se lo recuerda en medio de los saludos que llegan y se leen al aire. Dice que el rock te hace joven, más allá de la edad. A diferencia de otros rockeros él entonces ya no usa el pelo largo (un gesto de rebeldía ante aquello que lo fue y ya no lo es), aunque sí viste de negro. No lo vemos porque aún las radios son radios (es decir, no son streaming), pero lo sabemos. Parece, cuando se lo escucha, más que un metalero un payador urbano (¡aún urbano!), que entremezcla un nacionalismo de los bajos fondos con una arenga por encontrar el propio camino. 

Como en las canciones de Hermética (“allí esperan mis amigos en reunión, mucho me alegra sentirme parte de vos”), también aquí, en la conversación radial, aparece una reivindicación de la amistad y de las posibilidades de elegir el propio entorno (“Del entorno” se titulará, de hecho, el segundo disco de Alma Fuerte). 

-Me importan tres carajos la gente. Lo que me importa son las personas que se arriman a uno.

Ricardo arremete, se da manija mientras habla. Y aclara que valora, especialmente, “quienes te acompañan en tu música, sin necesidad de querer ser amigos, como los que acompañaban a Pancho Villa en su empresa, sin necesidad de querer sentarse en la mesa junto a él”. Amistades y entorno, contra la masa anestesiada. 

Cantar verdades, decir verdades

Ricardo habla y canta desde y para la clase trabajadora, el mundo plebeyo, incluso los indios, los que habitan sus tierras ancestrales y aquellos que en las grandes aglomeraciones urbanas se amuchan tantas veces en villas de emergencia. Por eso rescata su ir y venir por todo el país (como antes lo había hecho León Gieco, a quien reivindicará por ello en otra entrevista), incluso a costa de que muchas veces no se valore ese esfuerzo, como sí ocurre con las bandas que, desde el “interior”, llegan a Buenos Aires. 

Ser y no parecer. O afirmar el propio camino sin impostar, de eso se trata. Ser una unidad, no un personaje arriba del escenario y algo completamente diferente en la vida. El metalero, el actor cómico, el payador. Ricardo hace ya entonces un sugerente juego de voces al hablar:

-Como yo me muestro no es un personaje. Difiere de ese que es un personaje, que arriba del escenario es “uahhh” y después vuelve a la casa y dice: “mamá plancháme la camisa”. ¡No! Lo mío es una misma cosa. Por eso se me han planteado muchas barreras. Y aunque me han querido frenar, no me han podido detener. 

“Sé vos”, canta Ricardo, porque “ser uno es ganar”. Claro que podría confundirse ese mensaje con todo el andamiaje neoliberal del “uno mismo”, ese que cultiva el yo, lo mima y entrena para ser una persona “exitosa”. Pero aquí se trata de otra cosa. Por algo esa canción se transformó en gran medida en un himno generacional: tener sueños y sostenerlos, sin imposturas, a pesar de las adversidades (“Yo sé, dirás: muy duro es aguantar. Mas, quien aguanta es el que existe”).

Devenir otro con otros, decía Ignacio Lewkowicz (aquí), a quien rendimos homenaje en una nota anterior. Estoy seguro de que Ricardo no lo leyó, pero bien podría haber escrito esa frase para una canción. 

“Soy un anormal”

Así se autodefine Ricardo para reivindicar que, en nuestras sociedades contemporáneas, exista siempre el ejemplo de un loco. “El metalero es un loco que no cobra un sueldo por ser como es”, exclama. 

Obviamente, el discurso de Ricardo está teñido por cierto corte “antipolítico” típico de la época. Pero queda claro también que, aunque “despotrique” contra el Partido Obrero (con diatribas que no tienen mucho fundamento, que suenan a comentario de cualquier nacionalista ramplón), sus dichos de “loco metalero” se asemejan más a lo que hoy podríamos escuchar de boca de la “zurda” Myriam Bregman que del “loco” Javier Milei. 

–Voy a creer en los políticos el día en que cobren como un maestro—remata Ricardo. 

Entonces (recordemos: junio de 1995, entrevista con el Ruso Verea), Ricardo ya no es un pibe. Y es consciente de su predicamento entre muchos jóvenes. Por eso insiste, una y otra vez, en que no se trata de sostener un personaje, sino de ser en la vida como se trata de ser en el arte.  Puteada de por medio, carcajada, sentida reflexión, conversa con sus entrevistadores, monologa al aire, dialoga con los personajes que él mismo va generando al hablar y contesta los mensajes que llegan a la radio. Muchos del conurbano, y de alejados pueblos de provincia (“alejados” del estudio radial, situado en pleno centro de la “ciudad-capital”). Un “tachero” se ofrece a llevarlo, él responde que está con un amigo que tiene auto, que se haga un manguito por ahí, pero que agradece. Muchos preguntan por próximas fechas, otros lo cuestionan por algún dicho o declaración, pero no dejan de enviarle un cariño a través del teléfono. Su público sostiene la fidelidad a pesar de ser un público laburante y de trasmitirse, el programa, los días de semana. Es que las suyas son palabras que ayudan a atravesar “el trago amargo” de ese mal momento: el de un “mundo policía y ladrón” que se refiere al obrero como un “gil trabajador”. 

Escribir letras, cantar y hablar en un concierto. Se trata para Ricardo de sostener una postura y erigir una referencia, “para que los que tienen 16 años encuentren allí algo que les sirva para la vida”. Pero es, ante todo, una referencia existencial: la de mostrar que hay una forma de vida rockera, metalera, posible. Por eso arenga y minimiza sus dichos, todo el tiempo, al mismo tiempo. Y hace un llamado, sobre todo, a escuchar sus canciones: 

-“Que se entienda que esta es mi particular forma de ver… y con esto no quiero hacer que nadie crea lo que yo creo”. 

Sectario, sí: delimita una posición y enfrenta otras posiciones (las hegemónicas) que circulan en la sociedad. Excluyente, no. Rescata, en aquella entrevista (como en otras), a Diferentes Actitudes Juveniles (DAJ), y a toda la movida del Buenos Aires Hard Core que, dice, le recuerda sus años iniciales de metalero, todavía en plena dictadura, cuando salía a tocar con V8 desde el cual denunciaba el “presente infeliz” en el que se vivía “vacío de liberación” y “muy lleno de represión”. Junto a las “Brigadas metálicas”, incitaba a que más personas asumieran que eran tiempos de despertar, de luchar, de dar un paso más en la batalla y no de quedarse en el llanto, la calma y la paciencia ante tanto dolor. 

En esos tiempos iniciales compartía escena con Los Violadores y otras bandas de la movida punk, esos primos hermanos con quienes se mantenían peleas (¡sí!), y momentos de tensión (¡por supuesto!), pero con quienes existió desde el inicio un reconocimiento de saberse parte de una misma constelación de tribus, término del que luego renegará (por ejemplo, en su entrevista con El Presto). Ricardo también hablará bien de ese otro Ricardo, más conocido como Ricky, Espinosa, el cantante de Flema (a quien, a su vez, puede verse en alguna fotografía con remera de Almafuerte). El hardcore y el punk-rock. Y el metal, desde el cual también se va a poner en valor al tango y al folclore. Porque “si se calla el cantor, calla la vida”. 

“Que el billete no cambie tu cabeza”

–Pasa por la vereda de enfrente, la concha de tu madre. Yo tengo un contrato conmigo y te juro que lo voy a respetar. Y si tengo plata para comprarme un Senda no me lo compro. ¡Me compro un camión, hermano! Y cuando bajo del camión es Ricardo Iorio el que baja del camión.

Recuerdo haber escuchado esa entrevista en vivo hasta las dos de la madrugada. Y de haberla grabado en un casete de TDK y haberla pasado luego infinidad de veces en un walkman, camino al colegio, a las siete de la mañana, ese año en el que fui al secundario en el turno mañana. 

-¿Pero no podés ser Ricardo Iorio bajando de un Senda?

El Ruso Verea insiste. Ricardo no vacila, ni por un segundo. 

-No. Ni teniendo un Movicom. Ni haciendo mis discos en una multinacional.  

Hace un tiempo encontré la entrevista en YouTube y volví a escucharla, un domingo cualquiera, mientras caminaba, no por las calles de Liniers, sino por Constitución. Lo mismo da si es desde el Oeste que parió a Hermética, desde la zona sur del conurbano donde me crié o desde el sur de la ciudad donde vivo ahora, esas mugrientas esquinas donde pasamos los días funcionan como una marca: la de la realidad que aprendimos a mirar de frente, en gran medida, gracias a las canciones de Ricardo. 

Aún repercutían las noticias de las denuncias de corrupción del ex jefe de Gabinete Manuel Adorni. Fue entonces cuando interrumpí la reproducción de la entrevista y me puse a escuchar Hermética.

Fue groso el toco que pegó al rajar

Amasijando la Capital.

El desvalije está latente

Lo sabe hasta el presidente.

Olvidalo y volverá por más.

Mostrándose confiable en los carteles.

Con prometer a muchos fascinará.

Y con su nombre pintarán paredes.

La muerte es ocultar la verdad.

El vacío es dejarse mentir.

Seguí mi camino, un poco desorientado, pero no por el desencuentro que se canta en el tango y que Alma Fuerte nos hizo escuchar con su potente versión metalera, sino por la mera distracción del errar sin rumbo en una tarde de sol. Quedé pensando en eso de que Ricardo nos enseñó a leer críticamente la realidad, a no callar, a sostenerse con aguante.

Por eso sigo 

y seguiré en su camino

del cual soy parte

y no me rindo.

Retomo la entrevista con el Ruso Verea y vuelvo a escuchar:

-Pasa por la vereda de enfrente, la concha de tu madre. Yo tengo un contrato conmigo y te juro que lo voy a respetar.

No callaré

Porque me sobra aguante

Alzo mi voz.

Evitando el ablande.

¿Qué hubiese sido de nuestras vidas sin la marca de la obra de Ricardo?

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