El periodismo en tiempos de streaming e IA

Por Mariano Pacheco*

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La catástrofe de los tiempos actuales se expresa también en esta tragedia del aturdimiento frente al ruido permanente, la sobrecarga de datos que circulan en el mercado de la información y el entretenimiento (que cada vez más tienden a confundirse) y una clara devaluación respecto de nuestras habilidades para situarnos en el mundo con capacidad de seleccionar y analizar, ejercitar el contraste y la indagación y, finalmente, la dilucidación, la comprensión que nos posicione de una manera crítica frente a lo dado. Una rica historia nacional de revistas culturales, investigaciones, denuncias al poder de las clases dominantes y testimonio de las voces plebeyas que protagonizaron distintos ciclos de lucha popular, pueden funcionar como inspiración para el quehacer periodístico actual en estos tiempos de inteligencia artificial generativa, en plena conexión con las resistencias que vendrán.

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Revistas e intervención cultural

Es en la presentación de “Los libros y la vida”, el número de La Biblioteca. Revista fundada por Paul Groussac dedicado a González, que María Pía López, Eduardo Rinesi y Sebastián Scolnik sostienen que Horacio fue, entre otras cosas en que fue, entre otros oficios de los muchos que desempeñó, un “tenaz editor de revistas”. Pero también fue autor de numerosos (muchos, pero muchos) libros. “Tratar sobre libros es un modo de considerar el mundo”, agregan los autores del prólogo mencionado, en el que rematan: “un pliegue hecho de palabras y de razones en diálogo con las cuales tratamos de forjar las nuestras”.

Las revistas a las que se hace referencia son por demás conocidas: Envido, Unidos, El ojo mocho, La Biblioteca (que tuvo su “Tercera época” cuando González fue director de la Biblioteca Nacional, donde por otra parte fundó el Museo del Libro y de la Lengua). Cuatro nombres que marcan el quehacer intelectual, la intervención cultural en cuatro décadas muy diferentes de la Argentina: los setenta, los ochenta, los noventa y los dos mil. Los años de la revolución, de ciertas esperanzas (en muchxs, entre ellxs González) respecto de la “transición democrática” (éramos entonces muy pequeños, aunque sospechamos que no hubiésemos compartido ese optimismo), de resistencia frente a la ofensiva neoliberal y de reconstrucción de cierta perspectiva popular (los años de “reparación”, como él mismo los denominó) y de latinoamericanismo para conquistar márgenes de soberanía nacional y regional en el nuevo orden mundial.

Ninguna experiencia fue igual a las otras, puesto que los contextos eran muy diferentes entre sí. De las publicaciones inscriptas en el horizonte de construcción de un mundo nuevo a las fotocopias abrochadas en los pasillos de alguna facultad de universidades públicas castigadas por las políticas de ajuste; de la reflexión en torno a los traumas padecidos por una derrota estratégica al entusiasmo por un proyecto que prometía abrir espacios para volver a discutir la política. Durante este último tramo fue funcionario, un “funcionario libertario”, como se autocalificó alguna vez, haciendo honor al término, en tiempos en donde ser libertario aún remitía a un campo de las izquierdas. Y desde allí trató de promover acciones de vanguardia cultural, incluso desde la gestión estatal.

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Tres conjeturas sobre el periodismo

En su Historia conjetural del periodismo, Horacio González plantea que, en cada época, debemos poder contar con una “sabiduría cultural” que sea capaz de recordar, de actualizar una memoria de los vínculos comunicacionales con “horizontes de deliberación libertaria” (a los que define como “sentido último de las acciones colectivas”). En el libro se presentan nombres propios y, también, de experiencias colectivas fundamentales: de Vladimir Lenin y Antonio Gramsci a Jorge Luis Borges y Roberto Arlt; de La montaña a Iskra, de Crítica a Página/12 (en sus primeros tiempos); de Karl Marx a Rodolfo Walsh.

Entre las muchas cuestiones que aparecen trabajadas en este libro, considero fundamental subrayar, al menos, tres:

En primer lugar, aquello que destaca del periodismo del siglo XIX. A saber: que “para hacer política era necesaria una publicística –una esfera pública en permanente agitación–”.

En segundo lugar, su reivindicación de “La Prensa cegetista”, suplemento cultural de los años en que el peronismo histórico expropió aquel diario, en el que empezaron a salir combinadas, por ejemplo, “noticias previsibles sobre Evita con entrevistas a Frida Kahlo”.

Por último, su señalamiento respecto de la necesidad de examinar “el lenguaje por el cual se lucha”, partiendo de la premisa de que el lenguaje es siempre el de las luchas, porque “su origen se halla en ellas”.

Muchas otras experiencias podrían nombrarse aquí. Entre las más destacadas: el periódico CGT, dirigido por Walsh en el marco de la combativa CGT de los Argentinos (cuya edición completa comenzó a circular en los años noventa a partir de una edición realizada por la Universidad Nacional de Quilmes junto al diario Página/12) o la saga de revistas que se publicaron entre 1955 y 1975, entre las que no pueden dejar de nombrarse Contorno, La rosa blindada, Pasado y Presente, Los libros, Literal… Todas disponibles hoy en ediciones facsimilares publicadas por la Biblioteca Nacional durante la gestión de González como director.

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La escritura y el arte de la escucha

Invocar a Walsh –como enseñó Ricardo Piglia– es, entre otras tantas cuestiones, hablar de la invención de un nuevo género en el Río de la Plata: el de “investigación-denuncia-testimonio”.

De allí el desafío periodístico-político que se nos presenta: contribuir a la gestación de contra-relatos que puedan brindar testimonio de aquellas otras prácticas y voces en donde se resiste el orden tal como aparece dado, en donde se apuesta aun por transformar el mundo, por cambiar la vida. Testimonio y denuncia no sólo de las confrontaciones actuales, sino también de las pretéritas (forjar una memoria, como ya se ha dicho).

Para ello resulta fundamental, junto al acto de la lectura y la escritura, poder salir al mundo (para crear otros mundos). Entrar en contacto con aquellos otros territorios en donde, muchas veces, imperceptibles combates y grises procesos de organización desde abajo, se gestan saberes populares que no suelen aparecer en los grandes medios de comunicación (ni siquiera en los progresistas –y aquí el término no se utiliza despectivamente, como hoy se ha puesto de moda entre quienes eran progresistas hasta ayer–).

El escritor es alguien que “sabe oír”, subraya Piglia en sus “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)”, ese texto de fines de los noventa en donde plantea algo similar a eso que aparece en el famoso diálogo de sus personajes Renzi y Tardewski en Respiración artificial, novela de 1980 en la que podemos leer: “Kafka, sabía oír. Estaba atento al murmullo enfermizo de la historia”.

Estar atentas, atentos, a esa “narración social”, saber oírla, entonces, permite poder ampliar la imaginación y escribir acerca de esas otras historias, incluso esos “contra- rumores”, “ficciones anónimas”, “microrrelatos y testimonios” que se “intercambian y circulan” en la sociedad en un momento determinado de su historia.

Es en ese sentido que, para Piglia –podríamos pensar–, el escritor es una especie de mecánico del “caleidoscopio”, en el que los relatos y dichos de un pueblo se reproducen.

Saber oír implica, así, permanecer atentos a los usos del lenguaje, no sólo a los contenidos de los enunciados, sino también al fraseo: escuchar, registrar, transcribir, narrar… para establecer una perspectiva desde la cual luchar, con las palabras también (incluso por el sentido de las palabras).

Alguna vez, Eduardo Rinesi subrayó el hecho de que la lucha política fuera también una lucha por las palabras, por los significados mismos de las palabras y sobre qué se entiende como palabra política. En su libro Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo, escribe:

“No hay propiamente política sino cuando ese carácter presuntamente inmutable y necesario del Orden es desnaturalizado, conmovido, puesto en cuestión, y lo que se desprende de ello, si es que, como estamos proponiendo, todo orden de la ciudad implica un cierto orden de la palabra (un cierto orden que hace que tal palabra sea entendida –sea contadacomo palabra, como discurso, como logos y tal otra como mero ruido), es que la política es siempre lucha por la palabra”.

Será desde esas luchas de cuerpos y palabras, entonces, de los saberes que ellas produzcan, que se podrá afirmar alguna vez una nueva verdad política, en estos tiempos de imperialismo de la opinión (como nos recuerda el pensador francés Alain Badiou en su Segundo manifiesto por la filosofía, la opinión suele ser, la mayoría de las veces, “el derecho a repetir lo que es dominante, la ley del mundo”).

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Las luchas y el lenguaje

¿Por qué esta insistencia en el lenguaje? No por seducción del ya viejo y caduco “giro lingüístico”, sino porque de algún modo el trabajo con las palabras, con la escritura y la lectura, es parte central de nuestro oficio, y porque es desde allí que pretendemos contribuir a la empresa (de lucha) más general de la emancipación.

Retomando al Piglia de las “Tres propuestas…”, van algunas cuestiones más para tener en cuenta a la hora de reavivar ciertos debates respecto de cómo escribir en tiempos de streaming y de IA.

1) No dejar de tener en cuenta que existe todo un orden mundial que define temas y modos de decir (esto era así en tiempos de diarios, revistas, radio y televisión y lo es ahora, con memes, flyers y streaming que se suman a las antiguas formas de comunicar).

2) Existe una relación estrecha entre lenguaje y economía que busca controlar tanto el flujo de dinero como la circulación de las palabras (y es en ese contexto en el que escribimos).

3) Es por todo esto que la intervención política de un escritor, de una escritora, se define antes que nada en la confrontación con los usos oficiales del lenguaje, esa lengua técnica, demagógica, publicitaria (“se ha establecido una norma lingüística que impide nombrar amplias zonas de la experiencia social y que deja fuera de inteligibilidad la reconstrucción de una memoria colectiva”, sostiene Piglia).

4) La lucha contra los estereotipos y las formas cristalizadas en los usos del lenguaje se torna, por todo esto, fundamental.

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Palabra y combate

Escribir en una rica tradición periodística, filosófica y literaria, que va al menos de Jean-Paul Sartre a David Viñas, para volver a interrogarnos sobre los sentidos de las escrituras políticas. ¿Qué es escribir?

Escribir es actuar, nos dice el Sartre de ¿Qué es la literatura? Y porque la palabra es acción, puede contribuir a producir ciertos cambios en la sociedad. La palabra, así es una empresa y un llamamiento, y puede ser un arma en el combate por la emancipación. Claro, se podrá objetar: ¡Mientras unos actúan poniendo el pellejo, otros lo hacen desde sus escritorios! Pero tal como aparece tematizada en este ensayo crítico, la escritura arroja al escritor al combate, porque la literatura (en sentido amplio) es un llamamiento. Se escribe para que otros lean. Por eso, porque no se escribe para esclavos, es que escribir es, también, una cierta forma de querer la libertad, y de luchar por ella.

Escribir, desde esta perspectiva y en un país como Argentina (pero podríamos pensar en América Latina o en cualquier rincón periférico del ahora denominado “Sur Global”) es como preparar una revolución de humillados, escribe Viñas en la solapa de su libro de cuentos Las malas costumbres: “opaca, empecinada, dura y cotidiana”. Y aclara: “o, mejor, casi opaca, casi empecinada, casi dura y casi cotidiana”, ya que, como se vive en un país semicolonial, no puede sino escribirse una literatura a medias, que al menos por un buen tiempo solo será leída por quienes comparten esa misma inquietud por contribuir al movimiento que nos arranque de la humillación de casi país al que nos condenan a ser.

Escribir, para Sartre, implica asumir que ese ejercicio lanza al escritor a la batalla. “La libertad de escribir supone la libertad del ciudadano –sostiene–: “no se escribe para esclavos”.

Escribir, entonces, es algo bien concreto, que implica cosas concretas –como diría Viñas–. De allí que Sartre sea tan claro y contundente:

“Llega el día en que la pluma se ve obligada a detenerse y es necesario entonces que el escritor tome las armas”.

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Narración y malestar

Más recientemente, y atravesada por la revolución molecular de los transfeminismos y los abordajes de la salud mental que se proponen politizar el malestar, Pía López publicó dos libros que se tornan fundamentales a la hora de pensar algunos de estos temas. En Quipu. Nudos para una narración feminista, dice proponerse escribir para “abonar a un archivo del presente”, para “pensar algo nuevo”. Confiesa que la narrativa activista le permite disfrutar a la vez que sostener el malestar. “Narrar para hacer un tajo en los relatos dominantes, narrar para que de vez en cuando aparezca una voz desconocida que nos asalte y desvele”, exclama, a la vez que aclara que no llamaría revolución a “escribir por puro goce”, pero tampoco entendería “una revolución que rinda culto a los límites planteados por el lenguaje de la comunicación”.

En ese sentido, en otro de sus libros (Travesía. Jugar con Maldón), arriesga que una narración sirve para “explicar, contener, hacer circular la información”, pero también, para “construir militancias” y “organizar la comprensión común”. Narrar, así –y sobre todo en estos tiempos, podríamos agregar– se transforma en una labor política en tanto organiza un sentido para lo que hacemos y despliega una capacidad de comprensión crítica. “Contar para encontrar en el tiempo transcurrido unas ciertas marcas, unos desplazamientos, encuentros, temblores”. Narrar, insiste Pía López, para “tejer en relación a un espacio palabras que comprenden modos de habitarlo”, para poder respirar en momentos en que parece no haber el aire.

Insistir con la experiencia de hacer periodismo a través de la escritura, repensar las formas en que investigamos, en que sostenemos una “escucha política de lo social” –como insiste Gabriel Giorgi en su libro Parar la oreja– y le damos forma a los testimonios de esas vidas que no parecen nunca contar para el circuito oficial de la “comunicación” (de nuevo: la de derecha y la “progresista”), en la búsqueda por interferir los automatismos que estructuran nuestras existencias y contribuir a abrir un espacio para la invención emancipatoria. Ojalá en ese camino, en un estrecho contacto con el mundo popular, encontremos nuevos compañeres de ruta.

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*Miembro de Revista Resistencias. Coordinador de la Escuela de Filosofía del Instituto Plebeyo.