Amauta, a cien años. La elección de un destino

Por Miguel Mazzeo

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PARTE 1*. El arte de proveer identidad a través de las palabras

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Hace cien años, en septiembre de 1926, en Lima, Perú, José Carlos Mariátegui (1894-1930) lanzaba el primer número de la revista Amauta. Se trató de un acontecimiento político-cultural de suma trascendencia en la historia de Nuestra América. Diversos testimonios coinciden en que, en algún momento, en el contexto de los debates de los prolegómenos, en el fragor de las labores de la etapa de preparación, se barajó otro nombre para la publicación, uno trillado, errátil, algo crepuscular: La Vanguardia o Vanguardia.

Ese nombre estaba encaminado a arar unos surcos superficiales, débiles; a urdir delirios inofensivos. Ese nombre, de algún modo, reeditaba la malsana costumbre de orar al Dios del conquistador: un procedimiento externo y lóbrego para intervenir en la historia. Hubiese sido un nombre prestado. No tenía posibilidades de preñarse de significados imprevistos. Carecía de la fuerza necesaria para darle sentido a un comienzo. Para las personas desprevenidas podía sonar a cosa nueva, pero, en realidad, traficaba perfiles viejos. Ese nombre no podía ser nosotras, nosotros, nosotres.

En una nota a modo de encuesta titulada “¿Qué prepara UD.?”, publicada en la revista Variedades, Lima, el 6 de junio de 1925, el propio Mariátegui se mostraba dispuesto a ese nombre, decía: “Vuelvo a un querido proyecto detenido por mi enfermedad: la publicación de una revista crítica, Vanguardia. Revista de los escritores y artistas de vanguardia del Perú y de Hispano-América”. En su obra Amauta y su influencia, de 1960, Alberto Tauro hacía referencia a una “plebiscitaria consulta con sus amigos” que “lo inclinó más tarde a abandonar el rótulo alarmante”. Es evidente que hubo un instante de sabias deliberaciones, de inteligentes observaciones. Finalmente, Mariátegui, siguiendo una de sus intuiciones críticas, se convenció y quedó Amauta, el nombre que remitía al maestro quechua, al sabio del tiempo de los incas en la época del Tahuantinsuyo. Con el paso del tiempo, el nombre fungiría como hipocorístico (apelativo afectuoso) del propio Mariátegui. 

Utilizamos deliberadamente el término nombre en lugar de título o etiqueta, porque el caso de Amauta remite a la acentuación de una identidad propia subvalorada y silenciada; a una especie de “reapropiación identitaria” (y de politización identitaria); en fin, al rumor de una vida que renace y de una fuerza que resurge; acaso a un relámpago. 

¿Qué verdades, transparentes o enturbiadas, portaba el nombre Amauta como símbolo? ¿Qué obstinada sabiduría contenía? ¿Qué ardores, abismos, vértigos, florecimientos e íntimos fermentos traía? ¿Que mecanismos inquisitoriales, concientes o inconscientes, venía a desbaratar?  

En cierto sentido, la elección del nombre Amauta también puede pensarse como un regreso a Ítaca, como rotundo rechazo de un ser-para-otro, como la eliminación de un límite preestablecido, como la recuperación de un ser determinado por sí mismo (en-sí y para-sí) y como la rehabilitación de una historia y de un espacio físico y sentimental. Entre otras cosas, Amauta gritaba: ¡la historia para nosotras, nosotros y nosotres, no comenzó con el “descubrimiento”!. 

El nombre Amauta expresaba un repudio a los prejuicios de las clases dominantes peruanas (blancas, aristocráticas; subordinadas al capitalismo extranjero, principalmente norteamericano), una denuncia de los crímenes del gamonalismo y del imperialismo, un cuestionamiento a la razón y a la estética burguesas. El nombre Amauta también era un llamado de atención a los mestizos (mistis) que, desprovistos de conciencia de clase y de sensibilidad, despreciaban al indio y se auto-despreciaban. Amauta reivindicaba a un grupo socio-cultural mayoritario que carecía de representación política y que estaba dando los primeros pasos en pos de construirse una. 

No podemos soslayar que el nombre Amauta constituye una expresión por demás lograda. Es la manifestación de la armonía de la hija y el hijo de la tierra con su ser verdadero. Es la exteriorización del desprendimiento de la hija y el hijo de la tierra de las formas artificiales que le fueron impuestas compulsivamente desde el exterior. Lo que no implica necesariamente una negación o una minimización de la(s) forma(s). Amauta es la manifestación de un momento de éxtasis y de afirmación de la vida según el ritmo de la lógica de la tierra.  

El nombre Amauta, en los términos en que lo pensó Mariátegui, también daba cuenta de un proceso de asimilación de las “conquistas” de  Occidente y del mundo moderno, en otras palabras: de un reconocimiento de la negatividad interior de Occidente y del mundo moderno. En “El proceso del gamonalismo. Esquema del problema indígena”, artículo publicado en el número 25 de Amauta, de julio-agosto de 1929, en la sección titulada Panorama Móvil, Mariátegui identificaba en los pueblos originarios del Perú, “facultades de asimilación al progreso, a la técnica de la producción moderna” que, desde su punto de vista, incluso eran superiores a las del mestizo. De este modo, el nombre Amauta aludía a una síntesis.  

Al elegir ese nombre, Mariátegui rechazó el universalismo europeo unidimensional implantado por los ideólogos del todo sistémico (el capitalismo); renunció al evolucionismo de los vencedores, a la epistemología liberal e imperialista, a las ontologías individualistas, a todas las cosmovisiones forzosas naturalizadas, usualmente consideradas como datos “sobreentendidos”. Al elegir ese nombre, Mariátegui contradijo la práctica secular, típica de las elites políticas e intelectuales de Nuestra América, incluyendo las de izquierda, que consistía en contemplarse en el espejo invertido europeo y en retacear la historia propia; una forma de regodearse en la propia vacuidad.   

Al optar por Amauta, Mariátegui sentó una postura y una reafirmación anticolonial en todos los planos. Ese nombre, en sí mismo, constituía una denuncia a las estructuras coloniales y al colonialismo cultural; implicaba un cuestionamiento directo a los imaginarios y discursos coloniales/colonialistas profundamente arraigados en la sociedad peruana y, en mayor o en menor medida, en todos los países de Nuestra América. Ese nombre ratificaba una posición geocultural. A través del nombre Amauta, Mariátegui eligió un linaje histórico, una perspectiva, un contenido, un proyecto; en síntesis: eligió un destino.    

En lugar de intentar una versión doméstica de las revistas europeas –algunas con innegables ambiciones ecuménicas– que conocía y admiraba: especialmente la francesa Clarté, fundada por Henri Barbusse y Anatole France en 1919; pero también Monde, La Lutte de Clases, Correspondance, Philosophies, La revolution surréaliste, también francesas, y la alemana Der Strum, etc., Mariátegui optó por una maniobra más arriesgada: la creación desde los bordes. De ningún modo esta afirmación debería utilizarse para negar las influencias de estas y otras revistas en Amauta

Asimismo, el nombre Amauta delineaba el carácter crítico y contracultural de una revista llamada a ser precursora en múltiples planos. El nombre hablaba, en primer lugar, de la articulación entre imperialismo, capitalismo y colonialismo (externo e interno), pero también sentaba los bases para pensar las determinaciones mutuas del capitalismo con el patriarcado y con la naturaleza. Por donde se lo mirara, el nombre era heterodoxo; inasimilable a todo formalismo estético-político.  

En el nombre Amauta subyace la exigencia de reconocimiento de la madurez histórica del Perú y de Nuestra América. El nombre trasluce orgullo, arraigo identitario, valoración positiva de la “ancestralidad”; la conciencia de la fuerza de las formas propias (formas inacabadas, en plena gestación), la nítida percepción de que el Perú y Nuestra América constituyen una inagotable fuente de invención; no es un nombre presuntuoso, de ningún modo cabe hablar de arrogancia, sí de ambición.  

En tal sentido, el nombre Amauta instituía una idea de nación alternativa a la impuesta por el orden poscolonial y la estatalidad republicana. Porque la revista no promovía la incorporación de lo indígena a la una cultura nacional previa, por el contrario, aspiraba a una refundación nacional bajo otras coordenadas. Coordenadas no burguesas, dado que la burguesía peruana, tal como Mariátegui se encargó de señalar en reiteradas ocasiones, estaba estructuralmente inhibida para abrigar sentimientos (e intereses) nacionales. Entonces, las coordenadas de la nación debían ser socialistas: proletarias, campesinas, principalmente indígenas y comunitarias. Una de las operaciones fundacionales de Mariátegui, ratificada y reforzada por Amauta consistió en la incorporación del horizonte comunitario en la dimensión de lo nacional-popular: lo comunitario-campesino-indígena y lo comunitario en general. Va de suyo, para Mariátegui, para Amauta, las coordenadas de la nación también debían ser internacionalistas.

Finalmente, en el nombre Amauta están presentes, prácticamente, todas las operaciones teórico-prácticas, características del marxismo de Nuestra América; por ejemplo, las que supo identificar Segundo Montoya Huamaní en su libro Conflictos de interpretación en torno al marxismo de Mariátegui, entre otras: “traducir”, “fagocitar”, “inculturalizar”, “naturalizar”, “descentrar”, “Aperturar epistemológica y críticamente”, “recrear” y, claro está, “enraizar”.

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*En el mes de Amauta, todos los jueves y sábados de Septiembre estaremos publicando las distintas partes de este texto homenaje escrito por Miguel Mazzeo.