La experiencia del psicoanálisis y la salud mental antes y después del golpe del 1976: entrevista a Alicia Stolkiner

Por Observatorio de salud mental popular Sylvia Bermann- Instituto Plebeyo

La experiencia del psicoanálisis y la salud mental antes y después del golpe del 24 de 1976. La politización de un campo de intervención y aquellos que la dictadura viene a desarmar en torno al debate entre teoría y política, entre que-hacer profesional y perspectiva más general de la clase trabajadora en su proceso de luchas por la transformación social. Las conquistas posteriores y el vínculo con la experiencia de los movimientos de derechos humanos. La discusión en torno a salud mental y su relación con la salud pública en general y el anhelo de conectar crítica política con gestación de otras formas de subjetividad. De estas y otras cuestiones conversamos desde el Observatorio de psicopolítica y salud mental popular Sylvia Bermann del Instituto Plebeyo con la docente e Investigadora especializada en Salud Pública/Salud Mental, Alicia Stolkiner.

Para comenzar, nos gustaría preguntarte qué pensas acerca de los cambios que introdujo el golpe del 24 de 1976 en la dinámica del psicoanálisis y la salud mental en Argentina.

Les cuento: hace algunos años me invitaron a publicar en la revista de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA), en donde me propuse retomar y actualizar un trabajo previo de análisis respecto a cómo los distintos momentos históricos impactaron en los contenidos de la Revista Argentina de Psicología.

Es interesante pensar una revista como analizador social porque permite contemplar cómo van desapareciendo secciones enteras, temas de debate, referencias al movimiento de trabajadores de la salud mental, a la Federación Argentina de Psiquiatras, a los encuentros interdisciplinarios. Desaparecen distintas apuestas importantes en el campo de la salud mental, como la propuesta inicial y temprana en la ciudad de Buenos Aires de creación de salas de internación de pacientes psiquiátricos en hospitales generales, donde uno ve ahí muchos antecedentes que después se van a plasmar en la Ley Nacional de Salud Mental.

Pero lo más impresionante es lo que sucede en un congreso durante la dictadura. No podríamos considerar que sea un tema de riesgo para los participantes y, sin embargo, lo asombroso es que cuando hacen la crónica de ese encuentro figura sólo el nombre de los participantes, sin el apellido. Aún en un congreso en donde la convocatoria es en torno a la terapia familiar, hay que mantener en reserva la identidad. 

Cuando retorna la democracia, la revista nunca vuelve a ser la que era. Y esto tiene mucho que ver con la categoría de “terror de Estado”, un término que fue muy útil teóricamente y que aparece en el libro de Eduardo Luis Duhalde. En ese entonces, nosotros hablábamos de “represión política”, pero yo creo que hay que hacer una diferenciación entre este concepto y terrorismo de Estado, por la forma en que se instala en la Argentina como construcción de estado de excepción absoluto, y todo lo que implica en la subjetividad del conjunto de la población. Es decir, no es simplemente un disciplinamiento de la población a través del miedo, sino también una convocatoria a negar y a dar por no existente una parte de la realidad. Eso es todavía más grave que el miedo. 

Lo que compartís nos hace pensar en otras textualidades, como, por ejemplo, la historia de la salud mental y el psicoanálisis que hacen Enrique Carpintero y Alejandro Vainer. Para los que no vivimos aquellos años y sólo tenemos los testimonios y las lecturas, es notorio dar cuenta de que había antes del golpe todo un discurso en relación a la categoría de “trabajadores de la salud mental”, por ejemplo. De hecho, existe aquella anécdota de que en solidaridad con las jornadas que pasaron a la historia bajo el nombre de “Cordobazo”, algunos psicoanalistas hicieron huelga. Lo que se percibe es que después de la dictadura se sigue hablando de salud mental, pero puede detectarse cierto borramiento de esa perspectiva más contestataria, ¿no?

No hay sólo un borramiento, se produce una persecución inclusive desde el campo del psicoanálisis. Hay un trabajo al respecto que hacen Teresa Veccia y Cristina Bottinelli. En 1982 ellas dos vienen a la Argentina, y cuando vuelven a México escriben una nota sobre el estado de los servicios de salud mental. Lo que relatan es que estaban replegados sobre sí mismos con una fuerte construcción y verbalización teórica ligada principalmente a la teoría lacaniana, aplicada exclusivamente a terapias individuales. Mencionan, en primer lugar, que había desaparecido la grupalidad y lo comunitario en salud mental. Y, en segundo lugar, que no había una direccionalidad política. Eso lo pude constatar cuando me tocó trabajar con los residentes en la Escuela de Salud Pública, en 1984. Por ejemplo: un servicio había decidido que no trabajaría con alcoholismo, otro que no trabajaría con nada que no fuese analizable. 

Hay un texto de Maud Mannoni –sobre el cual hice una reseña en la revista Trabajo del psicoanálisis, que dirigía en México Silvia Bleichmar–, cuyo título es La teoría como ficción. Mannoni lo escribe en el contexto de la crisis de la escuela de Lacan, cuando ésta estaba terminando. En este texto, analiza el psicoanálisis en Estados Unidos, en Alemania y hay un apartado dedicado al psicoanálisis en la Argentina. Es muy impresionante lo que dice sobre nuestro país, en un capítulo que lleva por título solamente una palabra: Argentina. Les leo un párrafo: 

“Finalmente, hay un grupo de psicoanalistas que bruscamente se sienten incómodos en este país en el que, sin embargo, se vive muy bien perteneciendo a la élite (en particular, la que constituyen el cuerpo de analistas didácticos). ¿Qué sentido tiene el psicoanálisis en un contexto en el que hay que hacerse sordo a los gritos de los prisioneros para seguir ejerciendo el psicoanálisis? Se matematiza, se formaliza, pero la tierra sobre la que se edifica el psicoanálisis, se resquebraja por todas partes. Pero no importa, se tapan las brechas, se sigue construyendo; y cuanto más se construye, más delirante es el refinamiento teórico. Y cuando se fracasa, el psicoanalista es el que se hunde: una se suicida, otro se vuelve alcohólico, y otro practica el psicoanálisis entre dos períodos de internamiento”

Alguna vez le comenté este texto a Ana Fernández. Ella me dijo que lo que Mannoni no contempla es la producción teórica que comenzó también ligada a los organismos de derechos humanos, acá y en el exterior. De hecho, mi primera publicación con Beatriz Aguad fue en 1978 en la revista Fem, que era una revista feminista, además. Su título era “Los efectos traumáticos de la represión en los niños”. En esa época se hizo una investigación internacional sobre los niños en el exilio y eso se usaba para presentarlo en congresos y como material de denuncia de la situación argentina. Pero acá adentro los organismos de derechos humanos crearon su propio equipo psico-asistencial. Y esos equipos asistenciales fueron produciendo una construcción teórica propia, que contemplaba específicamente el terror de Estado como fenómeno social en la producción de subjetividad –en un lenguaje actual, podría decir “en la producción de sufrimiento psíquico”–. Estoy hablando del Movimiento Solidario de Salud Mental y su equipo, donde trabajé cuando regresé a la Argentina. Me refiero también a los equipos psico-asistenciales primarios de Madres de Plaza de Mayo, del CELS, de la APDH, etc. De hecho, es el CELS uno de los organismos de Derechos Humanos que se alía con el Mental Disability Rights, un movimiento internacional de derechos de las personas con sufrimiento psíquico, para terminar publicando en 2007 el texto Vidas arrasadas, que es el envión para la Ley Nacional de Salud Mental.

Esa es una línea de producción teórica a contrapelo de la dictadura. Y en el otro campo es lo que dice Mannoni. Entonces, yo preferiría, más que darles todo un rollo en cuanto a la experiencia de escritos sobre eso, contarles que cuando llego y entro a trabajar en la Escuela de Salud Pública –que era el lugar de posgrado de la Facultad de Medicina–, entre las cosas que me encargan es seguir el acuerdo entre la Escuela y el Ministerio de Salud Pública. En ese momento, el ministro era Aldo Neri y el presidente, Raúl Alfonsín, el director de Salud Mental el Dr. Vicente Galli y el Dr. Mauricio Goldemberg asesoraba lo que serían lineamientos de un plan de salud mental. La propuesta era tratar de capacitar al personal de salud mental en una lógica más abierta que esta posición cerrada, casi diría refugiada en la teoría psicoanalítica, quizás como modos de hablar sin mencionar nada de lo que pasaba. En ese momento, el Hospital Moyano y el Borda eran hospitales nacionales; después estaba la provincia de Buenos Aires, que tenía su propio servicio y sus grandes colonias; y después la ciudad de Buenos Aires, que también tenía sus hospitales y sus residentes. Se armó un curso de formación en salud pública para residentes de salud mental y ahí venían los residentes psicólogos y psiquiatras de provincia, nación y ciudad de Buenos Aires. Me acuerdo de los debates con ellos, porque te permitía ver lo que pasaba en los servicios. Aparecía, por ejemplo, esta cuestión de “nosotros no trabajamos con psicosis porque no es analizable”. Muchos de los residentes te salían con frases ritualizadas como “el psicoanálisis no es una medicina”, para fundamentar situaciones de límite en la asistencia. 

Les cuento una anécdota: un día un estudiante me sacó una cita de Lacan de los años ´30 contra el higienismo mental para discutir sobre la propuesta de APS, que era de 1978 y no contenía ningún principio del higienismo de principios de siglo. Por supuesto que no todos eran así. Había otro sector de residentes muy movilizado, preocupado en retomar la línea en torno a cuestionar lo manicomial, que estaba contenida también en los lineamientos del Plan Nacional de Salud Mental que se había traído a la Dirección Nacional de Salud Mental durante el gobierno de Alfonsín. 

En conclusión, se había producido un efecto muy impactante sobre la teoría con la dictadura, que es esto que señala Mannoni.

En uno de tus escritos, mencionás que con la apertura democrática se intentó nuevamente recuperar algo de la producción académica previa a la dictadura, pero que hay un aspecto que no volvió a trabajarse tanto y que tiene que ver con el contenido político ¿Considerás que hay que reconocer la derrota para poder pensar a partir de ese concepto? ¿Cómo ves actualmente el terreno de la producción teórico-intelectual en el campo de la salud mental?

Hay un texto de Luis Rubio Irribarren, que está en la revista Los ’70, que escribe prácticamente desde la cárcel y que es muy notable porque muestra el momento exacto en que las organizaciones militantes empiezan a separarse de lo que la gente planteaba, y además se militarizan. Yo tengo la impresión de que el militarismo provino de un impulso de seguir tratando de hacer la revolución cuando en realidad se empezaba a frenar el movimiento de masas, porque vos veías dentro de las organizaciones una fracción militarista y una fracción política. Esto está muy poco hablado. 

En el campo de la salud mental hubo un retroceso. Por ejemplo, en el movimiento de salud mental –que en ese momento estaba atravesado por las vanguardias políticas revolucionarias–, la discusión se centraba en cuál era el rol del psicólogo en el campo social, como si fuera un militante. Así como el psicoanálisis y la salud mental habían tenido el carácter de un movimiento social en la Argentina, la respuesta a la dictadura y a la represión, también lo tuvieron.

Cuando esto se reconstruyó con el retorno a la democracia, hay una línea de construcción que retoma todo esto. Argentina tiene una particularidad, y es que algunas de las reformas en salud mental sucedieron en el período de la dictadura, no fueron en momentos de democratización de la sociedad. La experiencia de Mauricio Goldenberg en Lanús, por ejemplo, fue después del golpe del 55. Y cuando Goldenberg funda los servicios de salud mental en hospitales generales y los centros de salud mental de la ciudad de Buenos Aires, estaba el gobierno de Onganía. Pienso que Goldenberg era un psiquiatra dinámico, que trataba de implementar la psiquiatría más moderna de esa época. La gente que acompañó su tarea en el hospital Lanús eran jóvenes muy movilizados con una visión generacional que vino a darle un matiz propio. 

Entonces, la retirada del campo de la salud mental por el terror fue temprana. Y esto queda congelado durante toda la dictadura hasta el retorno a la democracia, en donde se rearma. Y hay algunos detalles que para mí son significativos: se crean las direcciones de salud mental en las provincias. Dos de esas direcciones, la de La Pampa y la de Entre Ríos, son encabezadas por mujeres psicólogas, cosa que no me parece secundaria. Esto confluye con un movimiento que hay en esa época, que son los encuentros que organiza la Confederación de Médicos Residentes (COMRA), sobre Atención Primaria de la Salud. La estrategia de atención primaria de la salud de la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud de Alma-Ata había sido en el 78, así que era absolutamente reciente. Y a esos encuentros que organizan los residentes viene gente de todo el país, porque la atención primaria de la salud se transforma en ese momento en una especie de idea-fuerza de organización de los servicios de salud de manera participativa. De los encuentros participa Emiliano Galende, me invitaron a mí, ya estaba entonces participando Sylvia Bermann, viene Eduardo Menéndez de México y trae el concepto del modelo médico hegemónico, que se toma ya como modelo crítico. Y además Eduardo Menéndez se trae bajo la espalda un libro que se llama Cura y control: la aprobación de lo social por la práctica psiquiátrica. También venía Rolando García a exponer sobre interdisciplina. 

En estos encuentros ya hay una articulación entre el movimiento de la salud mental con el movimiento de la atención primaria de la salud. Y es un momento muy interesante, porque hay un acercamiento general de salud mental a salud en general, que creo que no estaba tan planteado en el movimiento anterior al golpe, pero porque lo trae la atención primaria de la salud en la particularidad que toma en la Argentina en el retorno a la democracia. 

Otra cuestión que nos interesa conversar es la siguiente: en la segunda mitad de los años setenta se produce, por un lado, el terrorismo de Estado en la Argentina y el plan de exterminio vía el “Plan Cóndor”, con el exilio de muchos de ustedes. Pero, por otro lado, aparece Nicaragua con el triunfo sandinista en 1979. Es decir, que en medio del terror en Argentina y el Cono Sur, aparece una luz desde Centroamérica.

Mario Rovere dice que la estrategia de atención primaria de la salud fue el canto de cisne de la época socialdemócrata de la OMS. Y nosotros pensamos que Nicaragua quizás era el inicio de una época de revoluciones, y en realidad era la última. Era la última de ese modelo de revoluciones.

Pero hubo todo un aporte de argentinos en términos de trabajo en salud mental en lo que fue el proceso sandinista, ¿no es así?

Sí, claro. El exilio argentino en México se organizó en dos núcleos: el Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino (COSPA) y el Comité Argentino de Solidaridad (CAS). Esto dependía de las posiciones políticas. Dentro del COSPA se formó un equipo de salud mental, que luego se autonomizó, llamado Trabajadores de Salud Mental Argentinos en México, y después Trabajadores de Salud Mental del Cono Sur. Ese equipo tenía tres objetivos. Uno, dar prestación a las personas exiliadas, a las víctimas del terrorismo de Estado; otro, era realizar denuncias; y, por último, realizar elaboración teórica sobre la afectación psíquica producida por la represión, el terror y el exilio. En ese equipo de salud mental estaban Sylvia Bermann, Marie Langer, Nacho Maldonado y muchos otros… Yo entré también. Me incorporo al equipo como terapeuta de niños. Pero si bien tenía mi propia historia (había estudiado medicina, había militado), cuando me fui a México tenía 24 años, era una psicóloga que se había recibido muy joven, con una carrera que había hecho muy rápido, no era un cuadro de la salud mental.

Una parte de ese equipo (Bermann, Langer y Maldonado), cuando empieza la guerra en Nicaragua, organiza un sistema prestador de asistencia para los refugiados nicaragüenses. Yo también participé de eso. Me acuerdo que fue una gran reunión, había muchos nicaragüenses que estaban exiliados porque el gobierno de México los albergaba. En ese momento, el gobierno de México se mostraba con buena relación frente a Estados Unidos y, por detrás, apoyaba la revolución. En medio de todo eso se arma este grupo que le dio asistencia a los nicaragüenses. Cuando triunfa la revolución, sube de ministra de Salud, Dora María Téllez, que contacta a Sylvia Bermann y le pide que organice una especie de asesoría de orientación en salud mental para la política general de Nicaragua desde la Universidad Autónoma de México. Nicaragua era un país de 4 millones y medio de habitantes –de los cuales el 40% eran niños–, que tenía un solo hospital psiquiátrico tradicional en la capital, pero que muy rápidamente había inaugurado hospitales en el interior y que contaba con escasos recursos humanos, pero apoyo internacional. El equipo trabajó durante años en esa experiencia. 

Más allá de los contextos tan diferentes entre aquellos años y la actualidad, ¿hay algunos elementos o cuestiones vinculadas al psicoanálisis y la salud mental que estuviesen presentes en los 70 y que te parezca que son importantes para rescatar hoy, a 50 años del Golpe?

Yo creo que el psicoanálisis tiene una potencia muy importante, que es esto de darle un sentido al sufrimiento, al síntoma. Y también incorporar herramientas para pensar singularmente la configuración social de lo psíquico. Ahora, como toda práctica social, tiene derivaciones. Digamos, el psicoanálisis trasciende mucho su época pero, al mismo tiempo, nadie la trasciende tanto, porque está también atravesado por la misma. Por ejemplo, cuando en algunos textos sobre sexualidad femenina Freud, en plena época victoriana y siendo un tipo que es un avanzado, te plantea que el pasaje de la mujer en la genitalidad es cuando abandona el clítoris para pasar a la vagina, es una versión, bastante elaborada teóricamente por cierto, pero una versión de cliterotomía de la cultura que es puramente ideológica. Pero con ese paquete, cuando yo era estudiante, en los ´70, escuché posiciones de algunos docentes que consideraban frigidez un orgasmo por excitación clitoridiana. 

Entonces, el psicoanálisis puede ser invocado y citado de formas y posiciones muy diversas. Porque además su forma de institucionalización y la posición social de sus actores tiene un efecto en la teoría, que es lo que trata de demostrar Mannoni. El efecto que en la Asociación Psicoanalítica Argentina tenía sobre el psicoanálisis kleiniano la cuestión del lugar que socialmente ocupaba el buen pasar económico de los psicoanalistas, por ejemplo. Como cualquier otra teoría, el psicoanálisis está sometida a la revisión de su conceptualización teórica y de sus prácticas. Lo estuvo siempre, pero nunca tanto como hoy. Es esta una época en la que estamos obligados a reconstruir formas completas del pensamiento. Y eso no significa tirar todo por la borda. Por ejemplo, Freud tiene un texto que se llama El Complejo de Edipo y otro que se llama El complejo de Edipo en la mujer, pero el anterior no se llama “en el varón”, porque se ve que ese se considera el “universal” y el femenino la excepción. Eso no significa, sin embargo, que haya que tirar el psicoanálisis por la borda. En el otro extremo, tiene un texto que a mí me parece sumamente interesante, que es en respuesta a Einstein sobre el porqué de la guerra. Habla de las leyes, de cómo se configuran, se transforman y se violan, es muy interesante y que es absolutamente actual. 

En síntesis, el desafío de psicoanálisis hoy es sobrevivir, porque lo que se viene es tirarlo por la borda en nombre de la “cientificidad”, pero en realidad en nombre de los nuevos modos de subjetivación que se espera desde la hegemonía de poder y discursiva. Aunque acabo de leer que el DSM-5 va a ser dejado de lado, van a volver a lo multiaxial, quieren incorporar lo social, quieren incorporar lo étnico y el género… vamos a ver qué se traen o por qué lo hacen. Puede ser tranquilamente porque las aseguradoras norteamericanas no quieren pagar todas las patologías del DSM-5.  

Lo otro que creo que pasa dentro del psicoanálisis en la Argentina, en este momento, hay una cuestión muy rígida respecto de la transmisión, que ha producido, por lo que leo de las redes de estudiantes de psicología, una cierta búsqueda distinta y una búsqueda en el campo de las neurociencias o de lo cognitivo conductual fuerte. En parte, porque efectivamente las neurociencias han avanzado. Freud trata de instalar una articulación entre el psicoanálisis y la neurología. Una neurología que era un desastre en esa época, pero el proyecto de una psicología para neurólogos era un intento de pensar entre el psicoanálisis y, podríamos decir, no sólo el cuerpo sino la biología.

Entonces, hay algunas cosas que necesariamente tienen que revisarse y hay una serie de prácticas del campo de la salud mental que en Argentina han adquirido particularidades muy propias, por el reconocimiento de la singularidad en el psicoanálisis. El problema es cuando se confunde singularidad con individualidad. En la década del ´90 tuvimos un montón de elogios al deseo, como si el deseo del individuo fuera una expansión infinita que tenía que lograrse a través del psicoanálisis, algo que está más cerca del pensamiento liberal que de un pensamiento crítico. O sea, como decía Gregorio Baremblitt, el “psicoanalismo” no es el psicoanálisis. Y la contraparte es: ¿cómo resguardamos algo que es un capital cultural importante, que ha dado lugar a un movimiento que ha estado inserto en transformaciones de lo objetivamente manicomial? En un momento en que además es absolutamente importante defender la vida, cuando tenemos al poshumanismo, que se erige en propuesta política, con todo el auge de las alt-right y el uso de las nuevas tecnologías. El psicoanálisis, entonces, entra dentro de las categorías de las herramientas teóricas para defender lo humano y la vida.

Foto de portada: Sabrina Nicotra, Anccom