La filosofía antes y después del Golpe – Entrevista a Eduardo Grüner

|Por Escuela de Filosofía Horacio González- Instituto plebeyo

Eduardo Grüner, autor de libros emblemáticos como Un género culpable, Las formas de la espada: miserias de la teoría política de la violencia o La oscuridad y las luces: capitalismo, cultura y revolución, nos recibe en su casa. Asistimos en barra desde el Instituto Plebeyo para conversar sobre cuestiones que nos inquietan, en la búsqueda de establecer un diálogo intergeneracional, a propósito de la conmemoración del Golpe del 24 de marzo de 1976 que dio inicio a la última dictadura cívico-militar. El ensayista y pensador argentino nos cuenta que está escribiendo sobre Jean Paul Sartre, a quien revisita luego de haber trabajado sobre Frantz Fanon, y nos habla de sus años juveniles de la militancia universitaria, de las décadas del sesenta y setenta, y de aquello que cambió para siempre el terrorismo de Estado, sin dejar de esbozar algunas ideas en torno al avance contemporáneo de las extremas derechas y de los desafíos para las izquierdas que no renuncien al imaginario de la revolución.

A continuación, como parte de este Especial 24M, reproducimos un extracto de aquella larga charla que mantuvimos con uno de los autores del pensamiento crítico más leídos por distintas generaciones de militantes, investigadores, docentes y activistas de nuestro país. 

¿Cómo ves el campo de la filosofía argentina después del 1983, teniendo en cuenta lo que el Golpe del 24 de marzo de 1976 implicó para el país? 

Saben que siempre hay en la academia esa discusión, como suelen ser las académicas, perfectamente inútiles, sobre si hay, puede haber, una filosofía estrictamente argentina o latinoamericana. Porque los filósofos son, a veces, un poco pretenciosos. Yo tuve un profesor, en la carrera de Filosofía, que era muy heideggeriano y que tuvo la triste experiencia de ir a visitarlo a Martin Heidegger, quien una vez por semana abría su casa y atendía a quien quisiera hablar con él. Entonces, viene la secretaria de Heidegger y le pregunta: “¿a quién debo anunciar?”. Y este profesor responde: “fulano de tal, filósofo argentino”. La secretaria vuelve a los cinco minutos para comunicarle: “dice el profesor Heidegger que debe haber un error, que la filosofía es griega o alemana”. ¡No admitía ni siquiera que hubiera una filosofía francesa o sueca!, ni qué hablar argentina. 

En fin, sabemos: es una palabra griega, que existe esa discusión, pero más allá de eso, diría que la filosofía argentina está en crisis, como lo está la filosofía en general, en todo el mundo.

Un importante filósofo argentino, muy amigo y que además fue maestro mío (León Rozitchner), tenía un dicho: “cuando la sociedad no sabe qué hacer, la filosofía no sabe qué pensar”. Yo siempre lo cargaba, le decía que era su réplica a la Tesis XI sobre Feuerbach de Karl Marx, respecto de eso de la relación entre pensamiento y acción, porque acá la filosofía académica ha sido siempre nada más que académica. Con excepción de casos como el de Horacio González, que no tenía título de licenciado en filosofía, pero era un filósofo. ¡Él sí que mezclaba el pensamiento crítico con alguna forma de acción, que podríamos llamar militancia!

Diría: estamos muy huérfanos de verdadero pensamiento crítico, tanto en la Argentina como en el mundo. No digo que no haya individuos, claro, quiero decir huérfanos en tanto movimiento de pensamiento crítico, como pudo haber sido en otra época el grupo Contorno en nuestro país, o en otros sitios del mundo la Escuela de Frankfurt o el existencialismo sartreano. Y todo eso siempre tuvo sus réplicas acá. Hay un pensamiento filosófico, si se lo puede llamar así, que persiste, que es lo que se llama el pensamiento decolonial, que acuden a la filosofía según quienes. Hay varias corrientes. Otro buen amigo mío, el recientemente fallecido Enrique Dussel, que, siendo una persona religiosa, sin embargo, era un gran especialista y seguidor de Marx. Pero hay muchos otros, sin embargo, que pretenden que no se puede hacer nada con el pensamiento europeo. Por supuesto que a mí esto me parece un reverendo disparate, y me parece no solamente una necedad, sino una posición totalmente anti-política, que renuncia a ese diálogo conflictivo que podemos tener. Por supuesto que Europa es el colonialismo, el capitalismo, pero también Marx, Freud, Sartre, por sólo nombrar el último siglo y medio. 

Entonces, diría que hay mucho desconcierto. El dicho de León vale absolutamente para nuestro presente. Seguimos pensando y tratando de ser críticos con todo lo que pasa, pero es necesario que inventemos algo para que podamos pensar realmente a fondo eso mismo que vamos a inventar. Es inventando como surge el pensamiento… la famosa Tesis XI: “los filósofos se han limitado a interpretar el mundo y ahora se trata de transformarlo”. Marx no está diciendo que no hay que pensar más, obviamente. Lo que está diciendo es algo mucho más complejo: que interpretar críticamente el mundo ya es una manera de transformarlo, porque alteras la relación del sujeto, la relación simbólica del sujeto. Eso pensaron Marx con el fetichismo de la mercancía y Freud con el inconsciente. Al mismo tiempo, la transformación material del mundo es una condición para poder pensarlo.

Y ya no sobre la filosofía argentina, sino más bien la filosofía en Argentina desde tu propia experiencia, ¿cómo viste que se fue transformando la universidad en su vínculo con la militancia, con la política, después del Golpe?

La transformación de la Universidad en mundillo académico fue dramática. Yo ingreso a la carrera de Filosofía durante la dictadura de Onganía. Menos de dos años antes había sido La Noche de los Bastones Largos. Sin embargo, armamos un despelote fenomenal en ese momento, porque era una época de alza revolucionaria, como decíamos: Mayo del 68 en París, Vietnam, la revolución argelina, la cubana, todo eso.

Entonces, en ese estado de revolución permanente –perdónenme la cita interesada–, es que la universidad se expresaba. Les recuerdo que no existía aún la Facultad de Ciencias Sociales; en Filosofía y Letras estaba también sociología y psicología, que eran carreras combativas. Íbamos de las aulas al bar La Paz, y conversábamos con muchos de nuestros profesores que estaban ahí. Entonces, había una relación con el mundo intelectual extra-universitario mucho más fluida. 

A partir del 83, la Universidad se fue academizando, en el peor sentido de la palabra. Empezaron a aparecer toda esta lógica de los papers, de las revistas indexadas. Es extraordinario que nadie haya reflexionado sobre el hecho de que la palabra “índex” es la que usaba la Inquisición para los libros que tenía que prohibir, los ponía en un “índex” y los mandaba a quemar. Y nosotros hablamos de revistas indexadas, como si fuera la cosa más obvia del mundo. En fin, decía: esa ultra-especialización, esa compartimentalización, afectó mucho la relación con la política, obviamente, la política afuera de la Universidad.

Para seguir con Rozitchner: ¿qué se pensó en esa época sobre lo que estaba haciendo la sociedad? Fue el “período de transición” y de la democracia, hasta los noventa…. Entonces, yo estaba en un Centro de investigaciones que dirigía Atilio Borón… ¡y nos financiaba la socialdemocracia alemana! ¿Y qué financiaban los europeos? Estudios sobre la transición democrática. La agenda, como se dice ahora, había cambiado absolutamente. 

También dijo León Rozitchner por esa época: “se fueron los militares pero el terror se quedó”. Una democracia aterrorizada, atemorizada, capturada por los grandes poderes económicos, eso nos quedó.  Puede haber habido épocas de avances y retrocesos mayores o menores, pero la lógica de eso que se llamó “El Proceso” no se fue, la lógica que armó quedó. Por algo lo llamaron “Proceso de Reorganización Nacional”. Se critica que se lo llame así, pero ¿qué otra cosa fue? Se reorganizó todo: el sistema político… y lo digo con un poco de humor negro, pero también la demografía: se desaparecieron 30.000 personas y otros no sé cuántos miles tuvieron que irse al exilio. De pronto teníamos 200.000 habitantes menos, por decir algo. Y la cabeza de la gente –eso que ahora se llama la subjetividad–, por todo esto que estoy diciendo, también se reorganizó. El pensamiento, la filosofía, las ciencias sociales, todo se reordenó en esa línea. El imaginario de revolución, como hubiera dicho mi amigo Nicolás Casullo, que era peronista pero pensaba en términos de revolución, tampoco fue ajeno a ese proceso. 

En este contexto, a 50 años del Golpe, ¿qué obstáculos encontrás dentro del campo del pensamiento crítico y de las izquierdas que sería necesario abordar para poder reinventar algo de ese imaginario?

Me parece que se sigue pensando en los mismos términos. Las izquierdas, lamentablemente, son hoy en día demasiado correctas. Se ha perdido el carácter disruptivo. Y no estoy criticando que se presenten a elecciones, creo que ese es un lugar donde las izquierdas deben estar, pero a la gente le cuesta mucho pensar esto porque la lógica con que se mueve o debería moverse políticamente la izquierda es absolutamente diferente a los partidos llamados burgueses: para ellos la política son las elecciones, es el funcionamiento de las instituciones, la rosca parlamentaria; mientras que la representación parlamentaria, para la izquierda (y se puede decir eso de parte del peronismo también), no es más que la expresión de lo que se puede hacer en la calle. Entonces la izquierda, que supuestamente apunta a una ruptura completa con el sistema y a la construcción del socialismo, ha perdido un poco ese horizonte que deberíamos poder recuperar: ser más radicales, en el sentido de ir más a la raíz del problema. 

Hay gente que hoy dice que, si no hay reacción popular de la clase obrera, entonces no hay lucha de clases. Yo digo que no es que no haya lucha de clases, sino que la vamos perdiendo por goleada. La otra clase también lucha y está ganando, y no solamente lucha, sino que ha emprendido una guerra contra la clase obrera y los sectores populares, de eso no me cabe ninguna duda. 

Entonces, todo esto hay que pensarlo, también filosóficamente, en el sentido de una filosofía política que vaya a la raíz de los problemas. Y no se está haciendo porque no hay una política lo suficientemente potente que nos obligue a pensarlo. Estamos ante un orden absolutamente nuevo, o en un desorden si ustedes quieren. Tenés un presidente de los Estados Unidos que se da el lujo de decir que no existe más el derecho internacional. Y estoy hablando desde el pensamiento burgués, no desde el punto de vista de Lenin. Desde el punto de vista burgués no existe más el derecho internacional, porque este tipo lo pasa por arriba y no pasa nada. Netanyahu está condenado y se pasea por todo el mundo tranquilamente sin que nadie ni siquiera le retire el saludo. Estamos ante una novedad enorme que no estamos todavía pudiendo pensar adecuadamente. Por supuesto, desde la izquierda o desde los sectores populares hacemos las críticas obvias que se pueden hacer, pero se necesita alguna clase de pensamiento nuevo. O relectura del viejo pensamiento crítico. 

Porque hay todo un tipo de radicalidad que se extraña, en la Argentina y en el mundo. Se murieron Foucault, Sartre, Lévi-Strauss. Lo tenemos al coreano Byung-Chul Han, pero no le da la talla, digamos la verdad. No porque sea coreano, sino porque es pequeño. O está Bifo Berardi, que es un poco más simpático, pero que nos convoca a desertar, me suena al hippismo de los años sesenta.

En relación a esta pérdida de radicalidad de los proyectos de transformación, ¿establecés alguna conexión entre lo que fueron los dispositivos de terror y esta transformación que se da después en el pensamiento? ¿Qué dejan los dispositivos de terror de la dictadura? ¿Qué deja esa arquitectura del terror del Proceso de Reorganización Nacional? 

No sé si tengo algo nuevo para agregar a lo que ya dije. Efectivamente, a partir de la así llamada recuperación de la democracia, empezamos a pensar con miedo, con moderación. Cuando todos nuestros maestros del pensamiento fueran europeos, latinoamericanos o argentinos, fueron inmoderados: Sartre, Benjamin, Adorno, David Viñas o León Rozitchner. 

Nos tranquilizamos demasiado me parece. Pero no es un problema psicológico, no es un problema puramente subjetivo, tuvo que ver con toda una situación. Perdimos eso. Ya que lo nombré a David, recuerdo que decía: “no tengo el proyecto de vivir tranquilo”. Nosotros, en algún momento, quizás sin darnos cuenta, armamos ese proyecto. 

Y entonces vino el 2001. Ahora, con el diario del lunes, sabemos que tampoco fue tan radical como pareció en su momento. Pero hubo experiencias que fueron muy interesantes: las asambleas, la recuperación de las fábricas, las cosas más colectivas. Se demostró que una fábrica puede funcionar sin patrones, por ejemplo, lo cual no es poca cosa. Pero bueno, todo eso se fue diluyendo. Porque el 2001 fue también una cosa ambigua y contradictoria. El kirchnerismo se dio cuenta rápidamente de eso. Fue el más inteligente sector de la política burguesa, en un sentido amplio de término, que se dio cuenta que no había una intención de hacer ninguna revolución, de tomar ningún Palacio de Invierno, sino que lo que había que hacer era otorgar una cantidad de concesiones para que, efectivamente, se tranquilizara la marea. Concesiones bienvenidas, con sus límites, pero bienvenidas, porque la gente estuvo mejor durante un tiempo, por lo menos. Y seguimos en esa lógica. Por eso, entre otras cuestiones, es que el gobierno de Javier Milei nos sorprendió, nos agarró totalmente descuidados.

Viste que ahora hay toda una crítica al progresismo, pero por derecha, sobre todo dentro del peronismo, se puso medio de moda criticar al progresismo. Hubo todo un auge de las políticas de la memoria y los derechos humanos durante el denominado “ciclo progresista”. Se supone que volvió la historia, volvió la política, pero, ¿hubo una especie de olvido del imaginario revolucionario? 

Sí, entiendo que uno de los elementos del progresismo es el olvido de todo eso, bajo la premisa de que para funcionar hay que adaptarse… Pero el progresismo existió siempre, lo que pasa es que cada etapa tiene características propias. Cuando yo era un militante, en los años 60, era lo que llamábamos el reformismo. “Reforma o Revolución”. Reformistas son todos los que creen, con todo derecho, pero a mi juicio equivocadamente, que manteniéndose dentro del sistema se van a ir acomodando… Eso es viejísimo, viene de la socialdemocracia europea de fines del siglo XIX. La ruptura en la Primera Internacional fue por eso. Entonces, es una especie de rémora del evolucionismo del siglo XIX, ¿no? Me gusta más Benjamin, que era militantemente antiprogresista, porque él decía que la idea de progreso es la filosofía de la historia de los vencedores. Obviamente: la historia para ellos ha sido un progreso, porque los puso en ese lugar dominante. Ahora, para los vencidos, la historia es una regresión permanente. ¿Dónde está el progreso de los 30.000 desaparecidos? ¿O de los palestinos de Gaza? La historia no es lineal, no es que progresa y cada tanto aparece algo que, no se sabe por qué, está fuera de progreso. A veces retrocede, tiene tiempos diferenciales. No, no, yo no creo en el progreso. No creo en el fin de la historia tampoco, por supuesto. 

Dentro del denominado progresismo de los últimos tiempos hubo figuras de larga trayectoria, como la de Horacio González, cuyas posiciones nos inspiraron para ponerle su nombre a nuestra Escuela de Filosofía, ya que supo cultivar, una suerte de zona de cruce entre las memorias nacional-populares, de la tradición peronista, y las marxistas, las del memorial comunista. Entonces, más allá de nombres propios, ¿vos ves que ha quedado algo hoy, en ese sentido, de esa labor de Horacio? ¿Visualizas algo de ese espíritu, de ese intento de cruce en la actualidad?

Yo fui muy amigo de Horacio, por supuesto. Siempre lo cargaba, le decía: “vos sos un peronista que hacés entrismo en el trotskismo”. Yo vengo del morenismo y toda esa historia del entrismo de la izquierda en el peronismo. Pero ese espíritu horaciano no está más. Están los libros de Horacio, la memoria que uno tiene de las cosas que discutió con él… No me voy a olvidar nunca que una vez, en una mesa redonda que tuvimos en la vieja Gandhi de la calle Montevideo, se definió como peronista libertario, o sea, un anarco-peronista, vamos a decir así. Por supuesto, libertario como nombre que usaban los anarquistas: libertario, ácrata. Y realmente Horacio había encontrado esa manera de, no sé cómo decirlo, pensar al peronismo desde la revolución o la revolución desde el peronismo. Había esa cosa que en un momento pudo haber sido la pretensión de la izquierda nacional. No se me ocurre quién puede continuar la labor de Horacio. Esos personajes surgen en un momento histórico. Quedamos algunos sobrevivientes, y gente como ustedes, siempre hay, pero no es un momento histórico donde se puede dar por sentado, para volver a la pregunta, que pueda surgir un John William Cooke, ¿no?, con ese nombre tan inglés.

¡O tan irlandés!

O tan irlandés, claro. Como decía Bernard Shaw: “las tres mejores cosas que tienen los ingleses son el té, que es de Ceilán; el whisky, que es escocés; y los escritores, que son irlandeses”. Joyce, Beckett… 

Retomando la fecha del 24 de marzo de 1976 y el 50 aniversario del Golpe, en el prólogo del libro Violencias de la memoria, de Jorge Jinkis, planteas algo sobre la consigna “Nunca Más”: decía que también fue una especie de nunca más a la idea de revolución. 

Sí, por supuesto, incluye eso, porque no se puede pensar esa consigna, que le dio el título al famoso libro, sin la teoría de los dos demonios. Las dos cosas van juntas. No se puede fetichizar nada. Nada se puede pensar en términos abstractos. ¿Vieron cuando se dice, hablando de los sentidos comunes, “los pueblos que pierden la memoria de su historia, están condenados a repetirla”? Yo digo: ¡sí, fenómeno! Pero dicho eso desde el poder es una amenaza. Por ejemplo, decir, “recuerden lo que les pasó en 1976”, es como advertirte: “no saques los pies del plato, porque puede suceder de nuevo”.

Entonces, hay memorias que hay que perderlas porque perdiéndolas se pierde el miedo. Si yo estoy todo el tiempo recordando la dictadura, me quedo ahí. Yo tuve la irresponsabilidad de quedarme en el país en esos años, pero no podía asomarme a la Universidad, tenía que cuidarme. Tres veces me tocaron allanamientos en cafés, en la ciudad de Buenos Aires. La memoria de ese terror la tengo que perder porque si no, estaría mirando sobre mi hombro todo el día. Sobre todo, con un gobierno como el actual. ¡Y a mí me gusta mucho ir a los cafés!

¿Y qué sería, en este momento, pensar sin miedo? 

Esto que estamos discutiendo acá, lo que hacen ustedes. Es coordinar un grupo de estudios sobre Sartre, al cual hoy nadie conoce, “un perro muerto” como decía Marx de Hegel. Digo, este tipo de cosas, esto de preguntarse si está bien lo que dicen los demás, lo que dice Cristina o cualquier líder. A lo mejor está bien, pero no puedo partir de esa base, tengo que plantear la cuestión, tengo que interrogar.

Otra cosa que yo siempre les decía a los estudiantes es: “esta cátedra se considerará feliz si al final de la cursada ustedes saben menos que cuando empezaron, si tienen más preguntas”. Las preguntas siempre tienen una dirección, una lógica, uno piensa desde algún lado. No es que estás con la cabeza en blanco, como la tabula rasa de Locke. No. Algunos piensan desde Marx, otros piensan desde no sé quién, no importa. Si yo soy marxista, si soy realmente marxista, Marx es el primero que tengo que criticar, o leer entre líneas para hacerle preguntas. Además, pasaron 200 años desde muchas de las cosas que dijo Marx, ¿no? O 180 años.

Pero volvemos al principio de la conversación: estamos en un momento difícil para hacer todo esto. No es que yo soy irresponsablemente optimista del pensamiento crítico, no. Estamos en un momento difícil porque, como diría Léon Rozitchner, hoy la sociedad no sabe qué hacer. Y entonces es difícil saber para qué lado pensar. Hay que estar atentos a qué hace la sociedad.