“Paradoja”: contradicción lógica que desafía el sentido común,
pero que, al examinarla en profundidad, revela una verdad.
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Desde hace tiempo se ha instalado una lógica discursiva que transforma los debates complejos en simples tomas de posición identitarias. Estos alineamientos prescinden de argumentaciones sólidas y funcionan principalmente como expresiones de pertenencia, adhesión o rechazo dentro del escenario político. Ante esta lógica, la figura de Rodolfo Walsh presenta un recorrido contrapuesto en el que la reflexión crítica no solo permite revisar posiciones, sino también impulsar una transformación de las propias prácticas.
Muchos militantes del campo nacional vinculan la figura Walsh con el peronismo, sin embargo, sus primeros pasos políticos se encontraban en una orientación diferente. En ese recorrido, la publicación de “Operación Masacre”, los hechos que en ella se relatan y las derivas políticas que el mismo autor transita, constituyen lugares que valen la pena revisar.
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La conversión
Antes del golpe de Estado que derrocó al Gral. Perón en 1955, el Rodolfo Walsh de 28 años se encontraba muy lejos del militante que, años más tarde, desarrollaría una intensa actividad política en el diario de la CGT de los Argentinos, ANCLA y Montoneros.
Por entonces, Walsh se ubicaba dentro del espectro antiperonista y desarrollaba parte de su labor periodística en la revista Leoplán bajo el seudónimo de Daniel Hernández. Desde sus páginas escribió tres artículos sobre los pilotos sublevados de la aviación naval abatidos durante los combates en Bahía Blanca contra fuerzas leales al gobierno constitucional en el marco de la rebelión encabezada por el general Eduardo Lonardi. Estos textos permiten reconstruir su posicionamiento político en aquella etapa inicial de su trayectoria, previa a la investigación sobre los fusilamientos de junio de 1956 y a la posterior escritura de Operación Masacre, obra que marcaría un punto de profunda conversión intelectual y política.
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“Hay un fusilado que vive”
El 18 de diciembre de 1956, en un bar de la ciudad de La Plata, un hombre se acerca a Walsh y pronuncia las cinco palabras que lo despertarían de la modorra y cierta apatía política: “hay un fusilado que vive”. Palabras, que, pronunciadas a tiempo, llevan a Walsh a una profunda conversión personal. Al finalizar la década de 1960 se encontraría plenamente comprometido con la causa peronista y las luchas populares.
El 19 de enero visita por primera vez el escenario de los fusilamientos, los basurales de José León Suárez. En apenas dos meses, Walsh logra localizar a varios sobrevivientes, entrevistar a tres de ellos, reconstruir los hechos ocurridos y advertir la posible existencia de otros dos o tres testigos que aún permanecían ocultos.
Ese proceso de investigación junto a Enriqueta Muñiz fue el punto de partida de una idea que comenzaba a tomar forma en la publicación de un libro por entregas. Entre mayo y junio de 1957, la investigación apareció en las páginas del diario Mayoría. Para diciembre de ese mismo año, se publicó la primera edición en formato libro de “Operación Masacre: un proceso que no ha sido clausurado”, obra que anticiparía el género de no-ficción muchos años antes de que Truman Capote publicara A sangre fría, texto al que se le atribuye el carácter de precursor del género.

Replegarse sobre lo conocido
Cuando la clase trabajadora irrumpió en la historia aquel 17 de octubre de 1945, Walsh tenía 18 años. Por eso, al momento de escribir Operación Masacre, ya contaba con una trayectoria y una madurez política que difícilmente puedan explicarse como el resultado de un proceso de radicalización.
Del mismo modo que su acercamiento al peronismo fue fruto de una transformación gestada en la propia práctica de la investigación y en el compromiso con la verdad, su adhesión a la Revolución Cubana debe entenderse como parte de una búsqueda vinculada con la liberación nacional en el marco hispanoamericano. Búsqueda que Walsh no realizó desde una abstracción ideológica, sino desde una realidad concreta y situada en el peronismo.
En 1959, Walsh se instala en Cuba junto a Jorge Masetti, Rogelio García Lupo y Gabriel García Márquez, donde participa del desarrollo de Prensa Latina. Sin embargo, su mayor aporte quedaría registrado un año después, cuando puso en práctica sus conocimientos de criptografía al descifrar comunicaciones secretas de agentes de la CIA emplazados en Guatemala. Aquella tarea permitió anticipar movimientos de la inteligencia estadounidense y contribuyó a repeler la invasión de Bahía de los Cochinos en 1961 orquestada por John F. Kennedy.
A su regreso a la Argentina, Walsh estrecha vínculos con el sindicalismo combativo encabezado por Raimundo Ongaro y, entre 1968 y 1970, dirige el semanario de la CGT de los Argentinos. En 1969 publica “¿Quién mató a Rosendo?” donde se denuncia la responsabilidad política de Augusto Timoteo Vandor en el asesinato del dirigente sindical Rosendo García.
Un año más tarde, comienza a vincularse con las Fuerzas Armadas Peronistas y, tras su posterior fusión con Montoneros, profundiza su actividad como oficial orgánico de la organización fundando y quedando a cargo de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA).
Entre noviembre de 1976 y enero de 1977, Walsh elaboró una serie de documentos internos en los que cuestionaba el giro militarista y la orientación política adoptada por la conducción de la organización. Frente a la tesis de una supuesta superación del peronismo, proponía una estrategia alternativa de resistencia prolongada, basada en la descentralización, la preservación de cuadros y la reconstrucción de los vínculos con las bases populares.
En su análisis sobre el comportamiento de los sectores populares frente al golpe del 24 de marzo de 1976, advertía que “forzadas a replegarse ante la irrupción militar, se están replegando hacia el peronismo que nosotros dimos por agotado (…). En suma, las masas no se repliegan hacia el vacío, sino al terreno malo pero conocido, hacia relaciones que dominan, hacia prácticas comunes, en definitiva, hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicología, o sea los componentes de su identidad social y política. Suponer, como a veces hacemos, que las masa pueden replegarse hacia el montonerismo, es negar la esencia del repliegue, que consiste en desplazarse de posiciones más expuestas hacia posiciones menos expuestas”.
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Justicia ¿Cuál?
Walsh pone el foco en la ilegalidad de los fusilamientos de José León Suárez al sostener que la ley marcial fue decretada a posteriori. Su análisis se enfoca en la vigencia del Estado de derecho exponiendo que es el propio Estado quien quebró la legalidad.
La impunidad que rodeó los fusilamientos de Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso y Mario Brión, perpetrados el 10 de junio de 1956, no solo dejó una herida abierta en la memoria del movimiento peronista, sino que también ayuda a comprender el clima de legitimación social que acompañó el ajusticiamiento de Pedro Eugenio Aramburu por Montoneros, el 29 de mayo de 1970.
¿Fue la muerte de Aramburu un asesinato o un ajusticiamiento? Para Montoneros, la muerte de Aramburu constituyó un ajusticiamiento, un acto de reparación histórica, por los crímenes llevados adelante por la Revolución Libertadora. Montoneros reviste su accionar de una legitimidad política y moral por encima de la legalidad impuesta por la dictadura. Acusado y encontrado culpable de profanar el cadáver de Eva Perón, ordenar los fusilamientos e instaurar la proscripción del peronismo mediante el decreto 4161, Aramburu no le queda otra que aceptar la muerte que lo venía esperando.
Tanto la denuncia de Walsh como el ajusticiamiento de Montoneros parten del quiebre de la legalidad como marco interpretativo. Desde allí operan una inversión de planos donde los verdaderos subversivos ya no son quienes resisten al poder, sino quienes destruyeron el orden constitucional; mientras que quienes son perseguidos aparecen como quienes buscan restaurar o imponer un orden legítimo.
Del mismo modo, y bajo un marco de interpretación centrado en la ruptura de la legalidad y de las garantías constitucionales propias de un Estado de derecho, 70 años después, el pasado 22 de junio, la Justicia Federal de San Martín declaró que los fusilamientos constituyeron crímenes de lesa humanidad atribuyendo al Estado la responsabilidad por la planificación, ejecución y posterior encubrimiento de los asesinatos ordenados por Aramburu y Rojas.
Pocos episodios de la historia argentina condensan con tanta intensidad como los fusilamientos de 1956 los dilemas en torno a la libertad, la justicia, la legalidad, el poder y el lugar de la violencia como herramienta política. No creo conducente ni efectivo juzgar los hechos desde una moralidad o ética determinada al estilo “no mataras”, ni siquiera creo que un drama histórico de tanta intensidad pueda del todo ser juzgado, pero sí creo que es posible de ser comprendido.
Aun así, si se coloca la cuestión de la violencia en el centro de la trama, resulta pertinente preguntarnos a qué responde y a quiénes beneficia. La violencia ejercida por Aramburu y Rojas respondió a los intereses de una fracción de la burguesía local articulada con el capital extranjero. Por su parte, la violencia montonera se llevó adelante como expresión de un extendido sentimiento de justicia popular, de aquello que las mayorías consideran justo o injusto y de la aspiración por restaurar un orden político identificado con la justicia social.
Paradoja que Walsh nos vuelve a traer.
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Las ilustraciones de la portada e interior son de Francisco Solano López, publicadas en la revista Fierro Nº 37 en 1987, a partir del guión de Omar Panosetti, adaptado del libro de Rodolfo Walsh, Operación Masacre. Fuente: frodorock.blogspot.com
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