Por Gabriel Rodríguez Varela
Una aproximación fragmentaria a 50 años del golpe.
I.
Los milicos, durante la última dictadura cívico-militar argentina, elaboraron e implementaron de manera sistemática -colaboracionismo de vastos sectores del empresariado y eclesiásticos mediante- toda una estrategia específicamente orquestada para intervenir el teatro de operaciones psicopolíticas. No desconocían que los ánimos y afectos de la población constituyen una dimensión en alto grado significativa en la que también se debate y elabora la lucha de clases; la perpetuación, la caída, la transformación y/o la superación de cualesquier régimen social y político.
La investigadora argentina Julia Risler, ha sabido mostrado al detalle. Su libro La acción psicológica. Dictadura, inteligencia y gobierno de las emociones (1955-1981) ofrece un estudio rigurosamente documentado del organigrama gubernamental y el accionar institucional orquestado por la dictadura para intervenir el psiquismo de la población. Su investigación se centra en el estudio de las operaciones “oficiales” de acción psicológica desarrolladas por los militares desde el golpe de Estado de 1976 hasta 1981, dando sobradas muestras de la importancia que tuvo para el régimen la disputa por los ánimos y afectos de la sociedad.
El estudio de Risler parte de considerar dos estrategias desplegadas por la dictadura en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional para la consecución de los objetivos de su autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1981). Una, represiva y centrada en la coerción sistemática de los cuerpos como modus operandi del Terrorismo de Estado, denominada por la autora “administración de la muerte” y que se llevó a cabo en el marco la supuesta lucha contra la subversión. Y otra estrategia, articulada a la primera, ya no abiertamente represiva sino productiva: dispuesta a la “gestión de la vida” a través del gobierno de “las almas”, en la que tuvo un rol central las operaciones militares de acción psicológica basadas en el empleo sistemático y planificado de técnicas de propaganda y el control sobre los medios de comunicaciones de masas, las políticas educativas y el ámbito de la producción cultural en general. Se trató de todo un conjunto de acciones dispuestas para el control psicológico de la población, desarrolladas en articulación con las operaciones táctico-militares represivas y criminales y las medidas políticas y económicas llevadas adelante por el gobierno de facto.
Las operaciones de acción psicológica de la dictadura argentina, informa Risler, no solo pretendieron dotar de legitimad el accionar del régimen, generar consensos y amedrentar a la población; en última instancia, buscaron encausar los ánimos y afectos de la sociedad argentina en los patrones existenciales (si se prefiere, formas de vida) que tenía por objeto promover y consolidar el régimen militar.
II.
Lejos de todo espontaneísmo y anti-intelectualismo, la estrategia de acción psicológica desplegada por la dictadura hubiera resultado impensable sin un acervo conceptual elaborado por la intelectualidad militar de las potencias occidentales a partir de sus experiencias de combate contra los procesos revolucionarios y de liberación que tuvieron lugar en diferentes regiones del planeta durante la década de los cincuenta y sesenta.
Otro de los aportes del estudio de Risler es la posibilidad de tomar conocimiento del acervo teórico que nutrió a la acción psicológica de la última dictadura. En el cual, despunta la figura del coronel Jorge Heriberto Poli; desde finales de la década del cincuenta, uno de los principales ideólogos en la materia dentro las filas castrenses del país y que luego se desempeñó como asesor de la dictadura. Se trata del autor de tres libros que fueron claves para las estrategias de acción psicológica del régimen: Acción Psicológica, arma de Paz y de Guerra (1959), Comunicación Social (1979) y Estrategia Psicosocial (1979). En su trabajo teórico, tomó por encargo la elaboración de una doctrina de acción psicológica adaptada a la experiencia y realidad argentina, avanzando para esto en la elaboración de una síntesis conceptual de los aportes de las escuela francesa y estadounidense en boga dentro de los círculos militares. Para Poli, tanto en tiempos de paz como de guerra, la acción psicológica refería al “recurso de conducción que regula el empleo planeado de todos los medios que influyen sobre determinadas mentes sociales, a través de los más variados métodos y procedimiento, coadyuvando con los esfuerzos físicos en el logro de los objetivos [militares y/o políticos] establecidos”.
III.
Qué la psicopolítica es arena de la lucha de clases y requiere de la planificación y ejecución de una respuesta de politización relativamente específica, está lejos de haber sido una exclusiva de los milicos genocidas argentinos. Un ejemplo de esto surge al tomar en consideración las estrategias en materia de acción psicológica elaboradas por la dictadura cívico-militar de Uruguay (1973-1985); despuntando la propuesta de conformación de un Órgano Coordinado de Acción “Sicológica” en 1976 con la pretensión de “continuar la lucha Antisubversiva en el campo de la Acción Sicológica en forma coordinada con los órganos que la conducen directamente (…) a los efectos de contrarrestar lo realizado por el enemigo Comunista”.
Cabe agregar que la acción psicológica también se desarrolló de manera articulada entre las dictaduras militares del continente durante la década de los setenta y ochenta a través de la Operación Cóndor.
IV.
La denominada Acción y/o Guerra Psicológica, funcionó durante el período de la Guerra Fría para las fuerzas armadas del occidente capitalista -y no solo de la Argentina- cual campo de elaboración teórico-práctico y vector de confrontación privilegiado contra la lucha ideológica de las izquierdas; instancia de elucidación y elaboración de planes de acción dispuestos para salirle al cruce en el mismo plano de realidad en la que ésta interviene, y que fueron empalmados dentro de una concepción de “guerra total y permanente” contra la “subversión” (Poli dixit). La cual, entendían librándose en todos y cada uno de los territorios y momentos de la vida social, más allá y más acá de la confrontación en el plano estrictamente militar contra las organizaciones armadas revolucionarias.
V.
La intervención estratégicamente planificada en el teatro de operaciones psicopolíticas no ha sido una exclusiva de los sectores cipayos y genocidas de las fuerzas armadas argentinas. Década antes de la última dictadura cívico-militar, hubo sectores de la intelectualidad peronista ya advertidos sobre la importancia político-militar de la disputa anímica.
Ramón Carrillo es recordado por haber sido ministro de salud durante los dos primeros gobiernos peronistas y el principal artífice de sus políticas sanitarias. Lo es bastante menos, por ser un agudo conocedor del teatro de operaciones psicopolíticas; algo que se patentiza en el curso que brindó en 1950 para jefes y oficiales de la Escuela de Altos Estudios de Argentina sobre Guerra Psicológica (GP). En el mismo, concibe a la GP como una nueva arma de lucha surgida a partir de la Segunda Guerra Mundial; el decantado de la utilización en esa contienda bélica de conocimientos psicológicos de manera sistematizada y organizada con arreglo a objetivos específicos. Desde aquel entonces, oficiando como campo de investigación e intervención confeccionado desde una racionalidad científica para superar los “métodos instintivos” -agregamos: no científicos ni sistemáticos- empleados históricamente por los jefes políticos y militares para intervenir en los aspectos morales de la guerra.
Tal como es presentada por el sanitarista argentino, la GP refiere al empleo de todo un conjunto de conocimientos y técnicas de la psicología, sobre todo, a instrumentalizarse en “tiempos de paz”, con el propósito de generar determinadas condiciones psíquicas y afectivas en la propia población y en la del enemigo, ya sean combatientes o civiles. De ese modo, buscando contribuir a que, de llegar a darse el momento de una contienda bélica, se vea facilitada la victoria del propio bando. Puntualiza dos aspectos de la GP: uno defensivo, cuyos objetivos específicos se dirigen a producir determinados efectos psicológicos en el propio pueblo y tropas combatientes [fundamentalmente, un estado de “elación”; es decir, de rabia conscientemente razonada]; y otro ofensivo, orientado a influir sobre la población civil y ejército del adversario.
Carrillo no desconoce que, si bien inicialmente, la GP surge con la finalidad de su instrumentalización en el horizonte de potenciales conflictos bélicos entre ejércitos regulares de estados, también puede desarrollarse en el marco de guerras irregulares o no convencionales entre sectores del pueblo de una misma nación.
VI.
Cincuenta años después. La “Batalla Cultural” en la que dice estar enarbolada la extrema derecha argentina bien puede concebirse como epifanía, relevo generacional y actualización del accionar represivo desplegado por la última dictadura cívico-militar en materia de acción psicológica. Lo anterior, ofreciéndose como un índice más entre otros tantos ya señalados, de los vasos comunicantes que empalman ambos momentos históricos de ofensiva criminal de las derechas autoritarias del capital contra la clase trabajadora argentina.
Los planteos que desarrolla Agustín Laje en el libro de 2022 titulado Batalla Cultural. Reflexiones críticas para una Nueva Derecha de Agustín Laje, bien pueden leerse como testimonio de esa continuidad histórica. Las elucidaciones sobre Acción y/o Guerra Psicológica desplegadas por la intelectualidad de la derecha militar durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, son relevadas de manera explícita como parte del acervo del que abreva su “Batalla Cultural”.
Es bien cierto que, por intermediación de ese nexo histórico, a la extrema derecha argenta les llega como legado hasta nuestros días un anticomunismo acérrimo y la fervorosa defensa de valores hegemónicos propios del patriarcado capitalista en clave ‘Tradición, Familia y Propiedad’. No lo hace menos, el lugar atribuido a la subjetividad en la política; o si se prefiere, al teatro de operaciones psicopolíticas, concebido como territorio de disputa política estratégica. Por caso, algo que se pone de relieve en el libro del infame intelectual de la extrema derecha argentina al que hacíamos referencia; destacándose la centralidad que otorga al examen pormenorizado de las condiciones históricas de posibilidad para la “conquista de la subjetividad”.
VII.
La disputa por los ánimos y afectos de la población requiere de referencias teóricas y prácticas sui generis (diferenciadas de las formas consagradas de politización, aunque necesariamente articuladas y articulables a las mismas); ya desde su diseño, sensibles a la especificidad del plano de realidad en el que debate y elabora el teatro de operaciones psicopolíticas. Por el momento, todo parecería indicar que la invención de esas referencias permanece ‘fuera de campo’ de nuestros imaginarios de izquierda; continua sin sumarse al elenco de nuestras tareas y desafíos militantes.
Hacia finales del 2023 en Psicopolítica de la vida cotidiana. Apuntes militantes en tiempos de neofascismos, palabras más o palabras menos, nos preguntábamos a ese respecto: “¿Qué ataduras nos amarran al empleo de los mismos instrumentos de lucha psicopolítica pese a su ostensible ineficacia?”. Para la actual coyuntura, tal vez resulte de cierta utilidad reiterarnos ese interrogante a modo de un mantra. Más temprano que tarde, bosquejar la puesta en escena de esas amarras y comenzar a elaborar vías de escape.
VIII.
No sólo las fuerzas de derecha han pensado e implementado planes de acción para intervenir la subjetividad afectada del inconsciente como territorio de politización en disputa. Las izquierdas también disponemos de todo un acervo de experiencias y teorizaciones que se han abocado a la generación de referencias prácticas para intervenir en el teatro de operaciones psicopolíticas. Mil y un intentos de vincular acción política emancipatoria democratizadora y politización de lo inconsciente, en la estela del cruce entre marxismo, psicoanálisis y otras perspectivas críticas. La izquierda argentina tiene incluso sus propixs ‘Maestrxs de la Sospecha Psicopolítica’: Marie Langer, León Rozitchner, Silvia Bermann y Silvia Bleichmar, entre otrxs.
Volver a conectar prácticamente con el legado de nuestros Maestrxs de la Sospecha Psicopolítica; abandonar el desapego para con el mismo y/o su reducción a pieza de museo, se presenta como opción indispensable a explorar para la elaboración de una plataforma de disputa anímica en clave emancipatoria. Por otra parte, conocer al enemigo… específicamente, mirar de frente las estrategias que se da y ha dado para intervenir en las dimensiones anímicas y afectivas de la lucha de clase, puede que también nos resulte de utilidad. Desde luego, no para pretender ‘hacer lo mismo’ pero desde una orientación político-ideológica de signo opuesto. Toda clase de mimesis con el enemigo es epifenómeno y reforzamiento de correlaciones de fuerzas psicopolíticas adversas y no la vía para transformar ese estado de situación.
En lo que hace al teatro de operaciones psicopolíticas… conocer al enemigo, antes bien para identificar sus estrategias y métodos, sus concepciones, su acervo teórico, su accionar en ese campo, en vistas a precisar la delimitación de nuestras propias estrategias antagonistas de intervención en la disputa anímica.
Foto de portada: Juan Mabromata