Amauta, a cien años: La función desfetichizadora de Amauta (demoliendo torres) 

Por Miguel Mazzeo

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Amauta, a cien años. La elección de un destino

En el mes de Amauta, todos los jueves y sábados de septiembre estaremos publicando las distintas partes de este texto homenaje escrito por Miguel Mazzeo.

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PARTE 7: La función desfetichizadora de Amauta. Demoliendo torres

Amauta puso en evidencia el potencial crítico, desfetichizador y transformador de la cultura.  En sus páginas, la cultura y la política (o el arte y la utopía, el arte y la lucha social y política) no constituyen planos escindidos. Para Mariátegui esa separación era a-histórica y asimilable a un procedimiento metafísico. Amauta presenta accesos culturales a la política y viceversa. O sea, se sitúa en las antípodas de toda instrumentalización política o moral de la cultura. Sugiere una función desfetichizadora. Esta disposición de Mariátegui/Amauta tenía pocos parangones en el marxismo de su tiempo: en León Trotsky, en Antonio Gramsci, en Georg Lukács y en muy pocas y pocos más. 

Amauta planteó la unificación de la crítica cultural y de la crítica política. Mariátegui como crítico cultural es inseparable de Mariátegui como político revolucionario. De este modo, fundaba tanto un territorio virtuoso como un modo de ser de izquierda en Nuestra América. Al mismo tiempo, expulsaba a las y a los intelectuales de la torre de marfil o, simplemente, les recordaba que la Primera Guerra mundial ya había decretado su derrumbe y sentenciado su anacronismo. Les mostraba la oquedad de los espacios de neutralidad e indiferencia, la hipocresía de todo “amor al arte” que no es, al mismo tiempo, amor al prójimo (colonizado, explotado, oprimido). 

Mariátegui veía en el torremarfilismo unos modos aristocratizantes (exclusivistas) de la cultura y, por ende, una de las manifestaciones del alma decadente y crepuscular. Lo consideraba un resabio de la preguerra, totalmente inadecuado a unos “tiempos tempestuosos, iconoclastas, heréticos, tumultuosos”, tal como los definiera en su artículo “La Torre de Marfil”, publicado en Mundial, el 7 de noviembre de 1924, donde contrapone el rascacielos “democrático” a la torre “aristocrática”. La crítica al torremarfilismo es una constante en las páginas de Amauta. 

En un contexto histórico de transición, Mariátegui no descartaba la posibilidad de que los sectores revolucionarios y vanguardistas reeditaran algunas formas elitistas propias de torremarfilismo, por ejemplo, formas basadas en el exhibicionismo moral y en la creencia de la posesión de dotes visionarias. Proponía reconocer este riesgo, estar alertas para evitar tales desaciertos. 

Amauta, sin ambages, les proponía a las y los intelectuales un oficio más edificante: representar mitos. Les asignaba una función “orgánica” que les exigía una ruptura con los vínculos interculturales signados por la asimetría. Los convocaba al magisterio social y político, a una práctica colectiva que incluía tareas que no eran las específicas del “espíritu” pero que tampoco se asimilaban a la elaboración de panfletos y las modalidades del “realismo socialista”, aún en ciernes. 

En este aspecto, Amauta retomaba y profundizaba una línea que había sido planteada por la revista Clarté y por el grupo del mismo nombre. Asimismo, retomaba y profundizaba ejercicios anteriores de reivindicación amerindia.   

En las antípodas de la prensa partidaria de izquierda, Amauta no incurrió en el faccioso vicio de criticar a los grupos de la propia tendencia, o de las tendencias más afines.   

Amauta recuperó la tradición como un camino a la verdad. Propuso las mixturas (o fusiones) más potentes y formidables: el poder de la comunidad campesina (el ayllu) y la electricidad, la sabiduría ancestral y la enciclopedia, las cosmovisiones originarias y el psicoanálisis, el mito y la razón, la utopía andina y el socialismo, la realidad nacional y la realidad mundial, Occidente y Oriente, etc.. Promovió diálogos superadores en infinidad de terrenos y revalorizó diversas figuras de transición. Alentó prácticas que buscaban desenmascarar los mitos burgueses. Prácticas descolonizadoras. Conjuró la repetición y el folklore hueco. Propuso un conjunto de fórmulas posibles del socialismo de Nuestra América, alguna de ellas con plena vigencia. 

Según el abanico de emplazamientos dogmáticos que la juzgaron en diversas épocas, Amauta fue considerada como un producto, o bien exótico, o bien ecléctico. Pero, Amauta no pretendía desplegar una teoría, sino difundir elementos conceptuales productivos. Tal vez como un reflejo de la opción ensayística de Mariátegui, Amauta proponía interpretaciones provisorias. Por eso se diferenciaba de otras publicaciones de izquierda atravesadas por el dogmatismo. Eso fue así, incluso cuando las definiciones político-ideológicas, sin peder del todo el aura de un socialismo romántico, ganaron precisión, se hicieron más sustanciosas, a partir del famoso editorial “Aniversario y balance”, del número 17, de septiembre de 1928 donde Amauta, junto al cambio de formato, asumía su carácter de “revista socialista”. Pero, conviene remarcar, “socialista” en el sentido más potente: integrador de dimensiones antiimperialistas, agraristas, nacionalistas revolucionarias. El socialismo como “creación heroica”, “ni calco ni copia”. 

Amauta mostraba un grado inédito de apertura a las distintas formas de recepción, reproducción y transformación de realidad. Formas que podían ser científicas, filosóficas o artísticas (Mariátegui intuyó que el arte era autoconciencia de la humanidad) pero, por lo general, a-sistemáticas. 

En esta línea, y a contramano de la izquierda marxista de su tiempo, Mariátegui, desde las páginas de Amauta, reivindicó los fueros de la imaginación y la fantasía, de los sueños y las ficciones, como vehículos aptos para conocer (y transformar) la realidad. Desde las páginas de su revista ahondó en la crítica al positivismo y al racionalismo. Antes, en el artículo “La imaginación y el progreso”, publicado en Mundial, el 12 de diciembre 1924, había reconocido el poder de las “realidades potenciales”, de las “realidades imaginarias”. No abandonará la idea de una modificación recíproca entre ficción y realidad (de arte y vida); la idea de la existencia de una zona intermedia entre ellas, donde las fronteras se diluyen hasta tornarse imperceptibles. De ahí su admiración por la obra de Luigi Pirandello y su interés por el “teatro moderno” (Bragaglia, Konstantín Stanislawsky, Max Reinhardt, Erwin Piscator) y su desconfianza respecto del realismo; desconfianza que llegaba al rechazo liso y llano, cuando percibía alguna cuota de falsedad en aquello que se presentaba como “realista”. Mariátegui abogará por un “realismo verdadero”. En el artículo “la realidad y la ficción” publicado en la revista Perricholi, del 15 de marzo de 1926, decía: “La experiencia realista no nos ha servido sino para demostrarnos que solo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía”. 

En su Prólogo de 1959 a los artículos de Mariátegui reunidos en El artista y la época, Alberto Tauro decía que Mariátegui; “concibe la ‘fantasía’ como una facultad que permite al artista anticiparse a la renovación de la vida, le infunde una especial aptitud para intuir la progresión de los elementos que en ella germinan, y aún lo induce a preparar el advenimiento de sus nuevas fases”. Sobre la maniobra de Mariátegui, Tauro agregaba: “Toma la fantasía como símbolo de las fuerzas creadoras, y la mera objetividad realista como símbolo de la contemplación estática…”.  

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PARTE 1. El arte de proveer identidad a través de las palabras

PARTE 2. Decir Amauta. Conjurar la modernidad a través de la mezcla

PARTE 3. Amauta en el tiempo de la desmesura: el clima de posguerra

PARTE 4. Antecedentes, intuiciones e indicios de un nombre

PARTE 5. Instrucciones para ser una buena/un buen vanguardista

PARTE 6. La(s) tapa(s) de José Sabogal

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