Por David Acuña
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Rodolfo Walsh advirtió que “nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece, así, como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”. De esta manera, Walsh pone en evidencia que al poder siempre le ha interesado apropiarse de nuestra historia, sobre todo de aquella que nos habla de pueblo en armas, de libertad y de revolución. José de San Martín no quedó al margen de esa disputa, siendo objeto de apropiaciones y reinterpretaciones funcionales a los intereses oligárquico-burgueses.
Bartolomé Mitre desempeñó un papel central en la arquitectura de la denominada Historia Oficial, al construir una narrativa que no sólo pretendía ser académica, sino que se constituyera en una verdadera herramienta política para la consolidación de un nuevo orden social, estatal y de poder. No alcanzaba con la derrota de Juan Manuel de Rosas ni con la reorganización del país tras la batalla de Pavón: era necesario legitimar el proyecto de la élite gobernante mediante un relato que presentara ese rumbo como el único posible. De esta manera, el orden terrateniente negó la concepción sanmartiniana de Patria como proyecto americano colectivo, arraigado en su pueblo, su territorio y sus tradiciones, para identificarse con instituciones importadas, una libertad restringida y un ideal de civilización inspirado en las finanzas británicas y la cultura francesa.
Mitre redujo a San Martín a la condición de “prócer argentino”, circunscribiéndolo a una patria chica elitista y diluyendo su carácter de revolucionario hispanoamericano. Esta mirada de Mitre, entre errónea y malintencionada, radica en el carácter que le otorga a la Revolución de Mayo como movimiento separatista, la cual recién adquiere este carácter en 1814, cuando la restauración absolutista vuelve al poder en España. La Revolución de Mayo, que en verdad es un movimiento democrático y popular, es el marco correcto sobre el cual debe entenderse toda la praxis sanmartiniana.

Cuando se produce la restauración de Fernando VII bajo el signo de la Santa Alianza, el escenario político cambia y es allí cuando San Martín comienza a exigir abiertamente la independencia. Esta decisión y este proceso también permiten comprenderlo como un general hispanoamericano antes que como un prócer argentino. Por esto mismo, es imperioso rescatarlo del frío bronce, tomándolo como insumo de una praxis popular que aspire a la liberación y haciendo carne aquello que señalara el jefe del Ejército de los Andes: “Mi misión es proteger al inocente oprimido, favorecer al desgraciado… yo vengo a poner fin a este tiempo de miseria y desgracias…”.
Un San Martín que, como protector del Perú, abolió el servicio personal de los indígenas, la mita y la encomienda por considerarlos “un atentado contra la naturaleza y la libertad”: ¿qué diría hoy de la uberización del trabajo, del despido de científicos, del retroceso en las conquistas sociales y de que, en nombre de una supuesta libertad, se humille al país postrándolo ante anglosajones y sionistas? Seguramente, habría vuelto a destruir los bustos e insignias del rey, reemplazándolos por el escudo de armas del Perú, con la leyenda “Lima-Independiente”.
La triste imagen de Milei, de alma rota y corazón ortiba, contrasta con la del General San Martín, que llamó “compañeros” a su tropa y “paisanos” a los indios, permitiendo que el pueblo tuviera un espejo donde mirarse y pensara en el destino de grandeza por el que estaba siendo llamado a tomar las armas y luchar.
Nos apremia el volver a concebir la Independencia y la Revolución en tiempos presente, en ello se nos va la vida.
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*La imagen de portada pertenece al retrato pintado por José Gil de Castro en 1818.