Por David Acuña
La proliferación de múltiples miradas e interpretaciones sobre la Revolución de Mayo se explica por la estrecha relación entre historia y política. El 25 de mayo de 1810 oficia como mito patriótico fundador al mismo tiempo que legitimador político de diversas corrientes políticas y posturas ideológicas.
Al respecto, tempranamente, Juan Bautista Alberdi concibe a la Revolución como componenda de un proceso más amplio: la revolución hispanoamericana. Y ésta, como parte del movimiento antiabsolutista peninsular y su lucha contra la invasión francesa.
La invasión napoleónica a España en 1808, que derivó en el desplazamiento de Carlos IV y de su hijo Fernando VII, operó como un factor de cohesión política aglutinante bajo un marcado “espíritu antifrancés” de los diversos sectores comprometidos en la resistencia, en particular a los grupos populares y al ejército regular. Dicho proceso adquirió un sesgo antiabsolutista y tendencialmente democratizante en la medida en que ciertos sectores de la aristocracia optaron por reconocer a las autoridades impuestas por la ocupación, generando una fractura en el bloque tradicional del poder.
La estructuración política de esta experiencia se articuló en torno a la conformación de juntas populares que juraron fidelidad a Fernando VII en tanto depositario de expectativas reformistas. En concordancia con los principios del liberalismo revolucionario, la Junta Central de Sevilla declaraba que los territorios de ultramar no debían ser considerados colonias, sino provincias integrantes de los reinos de España. De esta manera, la Junta Central promovió la formación de juntas locales representativas con el objetivo de avanzar hacia un orden constitucional.
Hacia fines de 1809 los sectores liberales van siendo desplazados por el Consejo de Regencia de orientación absolutista. Esta derrota peninsular impulsó a numerosos militares —entre ellos José de San Martín— a trasladarse a América con el propósito de continuar la lucha. La caída de la Junta Central de Sevilla actuó como detonante para que el movimiento juntista se expandiera por todo nuestro continente provocando en forma simultánea levantamientos revolucionarios en diversas ciudades: Chuquisaca, La Paz, Quito, Caracas, Buenos Aires, Bogotá, México, Chile, la Banda Oriental y Asunción. De este modo, la Revolución de Mayo revela su carácter hispanoamericano y antiabsolutista.
En una primera etapa, el proceso revolucionario en el Río de la Plata se vinculó al liberalismo español, pero tras la derrota de Napoleón y la restauración absolutista de Fernando VII, derivó hacia la independencia como forma de sostener y profundizar las transformaciones iniciadas. Este recorrido ayuda a explicar la distancia entre la destitución del virrey en 1810 y las declaraciones de independencia de 1815 y 1816.
Los acontecimientos de mayo expresaron la confrontación entre dos bloques: uno absolutista, integrado por la burocracia virreinal, los sectores del monopolio comercial y la alta jerarquía eclesiástica; y otro revolucionario o “democrático”, conformado por la pequeña burguesía, sectores populares y milicias encabezadas por Cornelio Saavedra.
Dentro del campo revolucionario, la disputa por la conducción política dio lugar a dos orientaciones que Raúl Scalabrini Ortiz denominó posteriormente “las dos rutas de Mayo”, asociadas a las figuras de Moreno y Rivadavia.

Las primeras medidas de la Junta en Buenos Aires se orientaron a construir una base de apoyo popular, definir una política exterior pragmática y asignar al Estado un rol activo en la economía. En ese contexto, Moreno identificó a Artigas como un actor clave en la Banda Oriental, propuso un vínculo cauteloso con Gran Bretaña, defendió la igualdad como condición de la libertad e impulsó un programa económico con fuerte intervención estatal.
Entre mayo y diciembre de 1810 estas orientaciones comenzaron a aplicarse, pero la incorporación de diputados del interior debilitó la posición morenista, que termina siendo desplazada. Posteriormente, el sector comercial porteño, apoyado en Saavedra, reorientó el proceso con el Primer Triunvirato (1811) promoviendo la apertura comercial.
El impulso revolucionario continuó con San Martín en Cuyo y Artigas en el Litoral bajo constante tensión con el proyecto centralista que encuentra en Rivadavia su mejor exponente.
Tras la independencia, la problemática central se trasladó a la organización política y económica del nuevo Estado. En el interior del antiguo frente revolucionario emergieron tensiones que darían lugar a las guerras civiles expresadas en la dicotomía entre centralismo y federalismo, así como en el debate entre modelos proteccionistas y liberalismo económico.
El orden popular y defensa de la soberanía con Juan Manuel de Rosas; el expansionismo agrario bajo la idea de integración territorial con Julio Argentino Roca; la ampliación de las formas de representación con Hipólito Yrigoyen; la restructuración republicana con justicia social en Juan Domingo Perón; y, el derrotero caótico entre desarrollo autocentrado o subordinación colonial posterior al golpe de 1955, pueden ser todos episodios históricos ligados a nuestro mito revolucionario de origen como joven Nación que aún le cabe contestar siete preguntas importantes para su futuro:
¿Qué es una Revolución? ¿Es necesaria una Revolución? ¿Quiénes conducen la Revolución? ¿Bajo qué métodos se lleva adelante la Revolución? ¿Quiénes son los beneficiarios de esa Revolución? ¿Qué orden nuevo se crea con la Revolución? Y, ¿Qué hacer con los derrotados?
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Las imágenes de portada e interior son basadas en pinturas de Francisco Fortuny.
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