El destello de algo vivo: ¿por qué marchamos contra el pacto de los vencedores?

Por Gaspar Avelino

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“¿Pero qué quiere decir: captar las cosas desde el interior? ¿Cómo comprender que el fenómeno expresa un punto de vista, que esté animado de una perspectiva propia? Es que percibir, para Souriau, no es observar desde afuera un mundo desplegado delante de uno mismo, sino, por el contrario, entrar en un punto de vista, como cuando uno simpatiza. La percepción es participación.”   

David Lapoujade, Las existencias menores

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Voluntad democrática y voluntad despótica son las dos fuerzas rectoras de la política. La voluntad democrática está conectada a la vida, al impulso vital: es individuación colectiva y distribución histórica de devenires revolucionarios y líneas de fuga. La voluntad despótica, en cambio, se rige por el interés impersonal de las redes de poder. Toda formación social está constituida políticamente, es decir, está atravesada en su constitución histórica por el conflicto irreductible pero más o menos disperso entre estas fuerzas rectoras. No hay poder sino en relación a una voluntad democrática, no hay voluntad democrática sino en relación a un poder. 

La voluntad democrática es un resquicio incapturable por la totalidad práctica e ideológica que despliegan las redes del poder. Puede ser una veta minúscula de desafío al poder, o puede acrecentarse y adquirir dimensiones cataclísmicas, como es el caso del acontecimiento Revolución. La voluntad democrática es el misterioso factor de composibilidad que permite ubicar en un mismo plano de existencia a la revolución de los soviets o al movimiento peronista, a lo partidos obreros, sindicatos y prensa proletaria o a las pequeñas células de acción política, llámese agitación, literatura, boicot, manifestación, escrache, crítica cultural, creación de conceptos, etc. 

La voluntad democrática puede ser una entidad abstracta, en el sentido de incorporal e inteligible por mediación conceptual. Una dynamis que recorre la historia, por momentos impulsándola, por momentos yendo detrás de ella: la reconstruye la historiografía, la axiomatiza la ciencia política o la instaura el arte. O bien puede ser algo bien concreto, vívido, presente en la carnalidad de lo real. Es en ese sentido que postulo a la voluntad democrática como la fuerza o entidad misteriosa que pone a los cuerpos a marchar los 24 de marzo, que adviene al ser en esos cuerpos que marchan. La voluntad democrática es ese impulso por el que nuestra individualidad se desliza alegremente entre los muchos, aquello por lo que queremos con todas nuestras fuerzas llegar a pisar la plaza, el influjo de vitalidad con que es perturbada allí y en ese momento la módica monotonía con que llevamos nuestra existencia. Postulo también que es a esa entidad misteriosa sobre la que debemos volcar nuestra sensibilidad, dirigir nuestras antenas, seguir sus pistas, así como lo hemos hecho durante los últimos años con los vectores que decantaron en la situación política y social actual.  

La voluntad democrática es una existencia menor o existencia virtual. Su ser es el comienzo, el esbozo, la apertura de nuevas posibilidades, y la progresión hacia una intensificación de su realidad es inmanente a las condiciones establecidas por lo que tiene de esbozo. Se actualiza en algo que tiene mayor consistencia, en una trama que hace su ingreso a la historia, de acuerdo con una manera propia de aceptar lo que la expresa de manera adecuada y rechazar lo que la expresa de manera inadecuada. Cristalizaciones de una virtual voluntad democrática: la toma de la Bastilla, el 17 de octubre, el mayo francés, el 2001, el despertar chileno. 

Pero así y todo, la voluntad democrática es un remolino inestable, que nunca sigue trayectorias completamente lineales, que puede estar inadvertidamente conectada en su interior con un hilo que la reconduce a la dominación. Tal como existe real-históricamente, es siempre un entidad espuria, nunca un núcleo limpio de tendencia emancipatoria, nunca una garantía teleológica. Es por eso que es posible verificar, entre otras cosas, que nuestra voluntad democrática no se traduce automáticamente en lucha política organizada, flujo directo hacia un plan de lucha y condensación de un frente de unidad. Pero la voluntad democrática está allí, es parte de nuestra realidad y existe precisamente en la marcha del 24 de marzo. 

¿Cómo hacernos de una imagen de la voluntad democrática con motivo de una remembranza de ésta última marcha del 24 de marzo? Podemos comenzar reafirmando que la marcha en tanto evento podría ser un ritual cívico, caminata solemne y compungida, deber para con una buena conciencia republicana, congregación progresista y moralizante. Pero no es eso, no podría serlo. Porque la marcha que conmemora un nuevo aniversario del golpe genocida hace ver al que asiste y se sumerge en ella la estridencia, vehemencia e irreverencia con que se hace frente a la violencia circundante de ese día: violencia ominosa, al acecho, materializada en las vallas policiales que se colocan para dificultar el paso, en la asquerosa propaganda procesista del gobierno, en el macartismo de pose de los twitteros y streamers “peronistas de Perón”, en los agentes aún activos de la democracia como pacto impuesto por los vencedores, etc. Ese combo afectivo que circula en el espacio que van abriendo los que marchan es de pleno derecho un “hacer frente”, un gesto firme de insistencia en no perdonar y no olvidar, que es precisamente por ello a la vez materia y forma de cualquier mecha por encenderse. ¿Que sería la marcha sin la simbología de las orgas, sin la quema de banderas yanquis y muñecos de Milei, sin los pañuelos palestinos, sin el eco de las voces encendidas, sin las verdades que se escupen al rostro de este gobierno de ocupación, servil agente del capital y de la bestialidad imperialista, honor que comparte con la Junta Militar?

Podemos decir también que la marcha, en tanto expresión de la voluntad democrática, excede el marco democrático. Podrán existir lecturas que interpreten que si existe una marcha que todos los años copa el espacio público con motivo de un aniversario de la instalación de la última dictadura argentina es porque un venerable entramado jurídico-parlamentario lo hace posible, convirtiendo por ello a la marcha en una celebración de la democracia formal como panacea. Suena paradójico, pero lo que deberíamos entender por voluntad democrática es el desborde de lo democrático constituido. Y si la marcha del 24 de marzo remite a la voluntad democrática en tanto desborde del marco democrático, es porque la marcha no es rendición de pleitesía a ningún ideal cívico ni está alineada con el mero lenguaje de los derechos humanos. No es ningún logro de la democracia el que año a año estemos allí, por el contrario, es un cierto grado de conciencia de que a grosso modo el proyecto de los genocidas terminó triunfando, evidencia de lo cual encontramos en la formalidad democrática como pacto impuesto por quienes nos hicieron la guerra y en el Nunca Más como “nunca más al deseo de revolución”. Y es a propósito de esa conciencia que la voluntad democrática arroja la lanza ardiente que es el millón de personas en las calles, quienes hacen de la memoria histórica un poderoso artefacto de subjetivación, que aunque borroso tiene como horizonte la denuncia activa del terrorismo de Estado como un mecanismo de este mismo orden burgués que aún hoy pretende acorralarnos, que aún hoy persigue y criminaliza a quienes intentan exceder sus límites, que aún hoy busca enriquecer a unos pocos y hundir en la miseria a los muchos, que aún hoy presta servicio al despojo descarado de la riqueza colectiva. Sin la insistencia movilizante en poner en evidencia semejante contradicción viva, que es la herencia pestilente de la represión clandestina, aquel horror consentido, tolerado y querido por una amplia mayoría, la marcha del 24 de marzo perdería toda sustancia, toda razón de ser. 

Podemos decir, finalmente, que la marcha del 24 de marzo es proveedora privilegiada de sentido, de orientación. Nunca en nuestra existencia singular estamos más orientados que en esas horas al año en que nos fundimos en la multitud: nos chocamos, nos sumergimos en el tenor de las imágenes circulantes, escuchamos las proclamas, llegamos finalmente a la plaza y volvemos a nuestro hogar con la íntima sensación vibrante de que todo aquello no fue el hábito espasmódico de una mayoría persistente pero impotente, el repetirse sin consecuencias de un pueblo todavía articulado pero aún así vencido o, si se quiere, el mero despliegue de un trivializado ímpetu característico de lo argentino. La marcha del 24 de marzo, esta marcha del 24 de marzo, es el destello de algo vivo pero aún incompleto que tendremos que aprender a percibir si lo que queremos es darle continuidad. Algo que nos habla diciendo que el descenso al infierno no está en condiciones de perpetuarse, que el delirio anarcocapitalista no está en los hechos totalizando la realidad y que, ante todo, se nos presenta como una invitación a delirar nosotros, a construir activamente la semilla de lo que se sobrepondrá con realidad propia al escenario brutalista y desértico que es nuestro actual mundo circundante. 

Asumida la derrota, asumido el cierre de un ciclo histórico, el desafío del que hacen parte tanto las certezas como las preguntas con las que volvemos de la marcha es cómo esa energía escurridiza que es la voluntad democrática puede ser el principio de composición de un vocabulario político dispuesto a sintonizar con la escena por venir. Se trata, por lo tanto, de darle lugar en nuestros dispositivos de lectura como condición para que la voluntad democrática gane realidad. Comprender, por ello, que si bien existe virtualmente por sí misma por ser una dimensión del impulso vital, la voluntad democrática no aparece de modo espontáneo como una próxima marea que solo tenemos que esperar, bajo el paradigma demodé de que la historia siempre avanza y el pueblo es invencible. Sintonizar con la voluntad democrática es entonces al mismo tiempo el modo que tenemos de darle continuidad. Si vimos algo de eso en la marcha de 24 marzo, entonces podemos empezar a pensar. 

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Foto portada: Mariana Nedelcu

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