La paradoja de la comunidad digital

|Por Matías Audisio

Cuando la pertenencia política se vuelve autosatisfacción ideológica del consumo en línea. Democracia de nichos. El desafío de pasar de masa digital a comunidad. 

Durante esta última contienda electoral, los timelines se llenaron de vivos, memes, hilos y streamings que se autodenominan “comunidades” o creen ser parte de ellas. Comunidades de fans, de oyentes, de militantes digitales. Espacios de resistencia, de debate, de construcción. Pero detrás de ese despliegue aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de comunidad hay en esas comunidades? ¿Y cuánto de simple consumo político que da la sensación de estar haciendo algo sin moverse de la pantalla? 

Una antropóloga me dijo una vez: “Si una comunidad se llama a sí misma comunidad, ¿no basta con eso?”. Quizás la pregunta no es qué es una comunidad (porque al fin y al cabo las comunidades digitales tienen efectos en la política institucional), sino cuándo una comunidad tiene capacidad real de acción política y cuándo es un compendio de consumidores digitales con la misma intención de voto. 

La comunidad del consumo 

En la fase de la autocomunicación de masas, la pertenencia parece fácil. Un seguir, un grupo de tal actividad, un comentario, un retuit, likes en k’s, estar pegado, etc. La participación se mide en métricas, no en acciones con resultado. La comunidad se vuelve una identidad de consumo: compartimos una emoción, un referente, un contenido. Y eso alcanza para sentirnos parte. 

El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies, a fines del siglo XIX, diferenciaba comunidad de sociedad: la primera surge de vínculos orgánicos, de semejanza; la segunda, de la utilidad compartida para un fin. Si miramos las comunidades políticas digitales con esa lente, la respuesta es incómoda: lo que las une no es un proyecto colectivo, sino el mismo consumo digital. No son una comunidad, sino una sociedad para el entretenimiento. 

Consumir política da placer. La indignación, la ironía, el sarcasmo, los debates en vivo: todo eso genera una sensación de participación, una autosatisfacción ideológica que se parece a la acción, pero no lo es. Es autopropaganda al alcance del dedo. Simplemente es, para ese segmento, lo que mantiene la atención de la audiencia en esa plataforma que transforma la información y el análisis en entretenimiento. La diferencia con la tele, en este sentido, es que la caja boba no hace sonar notificaciones en cada bolsillo. 

De representantes a referentes 

Hace décadas, el politólogo francés Bernard Manin habló de la “democracia de audiencias”: dirigentes que se comunican con su base a través de los medios, no de los partidos (u organizaciones). Hoy, esa lógica se radicalizó. Los espacios digitales ya no sólo educan a los votantes para consumir a sus dirigentes y de qué manera; también educan a los dirigentes para confundir hacer con decir

La mediatización de los años ‘80 y ‘90 dio como resultado la personificación de la política. Corriendo al partido del centro y poniendo a un líder, una cara. Aquí, encontramos otro desplazamiento. Funcionarios tiktokers, presidentes youtubers, candidatos convertidos en marcas, un tipo que no se sabe si es creador de contenido o militante, etc. El imperio del clip coloca al referente en el lugar del representante. No se trata de liderar, sino de encarnar un personaje que defiende una narrativa en el debate público y genera inflación discursiva (otro tema). Y uno puede ser un gran referente —popular, influyente, viral— y a la vez un pésimo representante político. 

El oasis de la pertenencia 

¿Por qué estas comunidades digitales tienen tanto peso? Porque el sistema de partidos ofrece cada vez menos espacios reales de participación, al mismo tiempo que el entretenimiento y la economía de la atención necesita adictos que, al mejor estilo del hombre unidimensional, vayan a trabajar y después (o durante) estén generando valor atencional frente a una pantalla seis horas más. 

En este marco de deterioro representativo, lo digital aparece como un oasis de pertenencia para quienes no se sienten convocados por la política tradicional o simplemente no están dispuestos a más que decir verdades efímeras en plataformas de consumos cortos. Pero ese oasis puede ser un espejismo: un lugar de identidad, desahogo y validación más que de acción. 

En muchos casos, la militancia digital no busca resultados, sino reconocimiento. No se organiza para lograr objetivos de poder, sino para reafirmarse. En tiempos de crisis representativa, el bajo costo del clic reemplaza al esfuerzo político, porque nadie quiere representar sino validarse en una época de ruptura discursiva. 

Cuando el entretenimiento se sienta a la mesa de la política 

Las plataformas alimentan su rendimiento en lo que Ives Citton llama la tercera barrera atencional: las emociones fuertes. Lo que rinde no es el entendimiento común o el debate crispado pero con reglas, sino la superioridad moral a toda costa. En un segundo de placer moral cabe todo el valor del régimen atencional y de infoentretenimiento. 

Así, la política digital compite en el mismo mercado de matar el aburrimiento y no pensar en el presente. Pero el problema no es que un programa de chimentos hable de política, sino que toda la política se vea sólo como si fuera un programa de chimentos; solo escándalos y polémicas que me permitan ser incluido en una posición. Así, como la política se vuelve sólo entretenimiento, también se vuelve desechable. 

Las comunidades digitales funcionan bajo estas reglas de la economía de la atención: deben generar pertenencia, polémica o placer para existir. Como un programa de la tarde. La consecuencia es que la efectividad de lo que digo no se mide en resultados políticos sino en k’s de visualizaciones. El objetivo ya no es construir poder o formarse para ser un cuadro, sino mantener la audiencia. Así se educan los referentes. 

La comunidad digital organizada (o la falta de ella) 

El 9 de abril de 1949 se llevó a cabo en Mendoza el Primer Congreso Nacional de Filosofía en el país. Allí, un señor – que, de paso, era el presidente – presentó una de sus obras más centrales para la comprensión de su visión política: La Comunidad Organizada. 

Allí se planteaba que la acción individual debía tener una función colectiva. No como consigna estética, sino como ética política. La idea era simple y enorme: no hay comunidad sin proyecto común. 

En el universo digital, en cambio, la pertenencia está mediada por plataformas que organizan la interacción según su lógica de rendimiento. La colectividad se fragmenta en públicos, audiencias y nichos. No hay una comunidad, sino miles de micro-audiencias que se cruzan, se indignan y se disuelven en el siguiente scroll. 

Asimismo, Perón caracterizaba al aluvión del 17 de octubre como masa (en contraste con la idea de comunidad organizada): sin orden interno ni orientación organizada. Así se encuentra la participación política en redes hoy: gobernada por pasiones individuales, bailando al ritmo del rendimiento de las interfaces sin conocimiento del campo que caminan. 

La idea de audiencia no es nueva, pero nunca tuvo tanto poder para parecer comunidad. El público se volvió participante, pero participar (ser parte) no es lo mismo que hacer algo. 

Cuando la supuesta acción política es decir algo estético y viralizable, el efecto es paradójico: creemos que militamos, pero sólo desarrollamos incontinencia verbal a costa de un segundo de tener razón. 

El riesgo del espejo 

La paradoja de la comunidad digital es que nos devuelve la imagen de lo que queremos creer que somos: comprometidos, críticos, activos, sesudos. Pero detrás del reflejo hay otra escena: una política reducida a performance y una ciudadanía reducida a público

La pertenencia digital puede ser un comienzo, no un fin. Las redes no son todas malas ni buenas, sino que simplemente no están hechas para otra cosa que no sea entretener. Si esta participación en línea no viene contenida en una estrategia soberana, no se traduce en acción, organización y responsabilidad, seguirá siendo un entretenimiento político a bajo costo. 

La paradoja de la comunidad digital nos advierte: es un oasis de autosatisfacción ideológica a bajísimo costo. Si el sistema de partidos quiere recuperar su capacidad de convocar y resolver, debe entender que la identificación no se genera mal usando el entretenimiento, sino con la capacidad real de mostrar resultados resolviendo problemas prácticos.