Francia: una nueva generación política entra en escena

Por Cosimo Pica, desde París*.

.

Una nueva generación está creciendo y no quiere quedarse como espectadora: ha decidido entrar al juego de manera radical. La convocatoria del 17 de octubre  en Francia, en ese sentido, ha sido decisiva. Reflexiones sobre un proceso de movilización que sigue abierto.

.

Empecemos con un cálculo sencillo. Quienes comenzaron hace semanas con el bloqueo de las escuelas secundarias francesas tienen entre quince y dieciocho años, por lo que nacieron entre 2008 y 2011. En la época de los Chalecos Amarillos tenían entre siete y diez años y se enteraron de lo que sucedía a través de sus padres.

Cuando la policía mató a Nahel en Nanterre, en 2023, tenían entre doce y quince años, la edad en la que uno entiende que un amigo puede morir así. Para esta generación, la política ha sido hasta ahora una serie de acontecimientos que han sufrido, no un lugar donde se actúa. Nunca ha visto una victoria y, cuando se ha movilizado, no le ha pedido permiso a nadie.

De la puerta de un instituto de las afueras a un pueblo

Todo comienza a pequeña escala, en el instituto Saint-Exupéry de Créteil, en los suburbios de París, donde faltaban maestros y servicios y el edificio se encontraba en condiciones precarias. La iniciativa se difunde rápidamente: el 28 de septiembre ya son 180 los institutos involucrados; luego, las acciones llegan a 900 en todo el país. Las reivindicaciones hablan de una realidad escolar ya insostenible: personal insuficiente, edificios en ruinas, clases y horarios sobrecargados, el estrés de Parcoursup, el sistema clasista y desigual de acceso a la universidad.

Desde las periferias, la ola va en aumento. Llegan los universitarios, solidarios y enojados por la falta crónica de recursos y de futuro, y las ocupaciones abarcan facultades de todo tipo: desde las más politizadas hasta las de la élite, como Sciences Po y la École des Mines, una escuela de ingeniería que no carece precisamente de fondos, donde en la entrada se lee “Contra la violencia policial”. Luego se suman los sindicatos, y las jornadas de movilización se suceden: el martes 6 de octubre, el 8 con la simbólica toma de la Bastilla y una gran manifestación en la Place de la Bastille y, finalmente el 13, con más de 480 mil manifestantes en todo el país y una ira que en la capital estalla en el intento de llegar a la sede del primer ministro, en el corazón de los palacios del poder parisinos.

Este movimiento surge tras casi diez años de presidencia de Macron, que han dejado un país más desigual y más fracturado. Cada ciclo de lucha, desde los Chalecos Amarillos hasta las pensiones, pasando por las revueltas por Nahel y las movilizaciones en solidaridad contra el pueblo palestino y en denuncia por el genociio israelí en Gaza, ha sido tratado como un problema de orden público, y con los menores la situación se ha vuelto aún más dura: un policía que dispara a quemarropa a un estudiante de secundaria con un lanzador de proyectiles; un joven gravemente herido en un ojo durante el bloqueo de su escuela secundaria en Tours; otro joven de catorce años alcanzado en la boca por una granada lacrimógena en Val-d’Oise. Solo el 28 de septiembre se detuvo a 164 personas; el total de detenciones, en muchísimos casos de menores, supera hoy las 6 mil. Es un intento de anestesiar la protesta, de hacer que el bloqueo resulte tan costoso que desaliente cualquier continuación. Pero la represión ha producido el efecto contrario: cada imagen amplía el alcance y desplaza la pregunta de la escuela al Estado.

Además, hay un segundo contexto: la extrema derecha, que sigue subiendo en las encuestas y es omnipresente en los medios de comunicación. No es casualidad: una gran parte del panorama mediático está en manos de multimillonarios de extrema derecha como Bolloré, y desde ahí se difunde una narrativa que hoy en día trata a los jóvenes que salen a las calles como si fueran terroristas, haciendo hincapié en la composición demográfica y el perfil racial de los manifestantes. El racismo, el patriarcado y la obsesión por la seguridad han pasado de ser posiciones partidistas a formar parte del vocabulario cotidiano. La penetración, sin embargo, es desigual: París y las grandes áreas metropolitanas parecen mucho menos permeables, y el movimiento crece, por ahora, precisamente donde estas ideas son más cuestionadas, aunque hay señales muy interesantes en todas partes, incluso en los pueblos pequeños y en la Francia periurbana, descrita siempre —y a veces incluso a la razón— como reserva de votos y consenso de la derecha.

La fractura colonial y el 17 de octubre

Es aquí donde surgen los verdaderos desafíos. En los últimos años rara vez hemos visto una convergencia entre las numerosas luchas francesas. El gran movimiento contra la reforma de las pensiones, con sus sindicatos y sus trabajadores, a menudo del sector público, y las revueltas por Nahel, impulsadas por jóvenes racializados de los suburbios, han atravesado la misma etapa sin entenderse: los segundos no se sentían parte del primero, ni los primeros lograban representar la ira de los segundos. Bajo esa distancia sigue pesando, y cómo, la fractura colonial, que nunca se ha sanado. Quienes son considerados franceses “de verdad” y quienes sufren al Estado como policía y control viven las instituciones republicanas de manera diferente, y estos últimos tienen dificultades para ver en ellas algo más que desprecio, abandono y represión.

Por eso, la convocatoria del 17 de octubre fue decisiva. El llamado surgió en las redes sociales contra el alto costo de vida y evoca el 17 de noviembre de 2018: no carece de vínculos con los Chalecos Amarillos, aunque esta vez parece menos disperso en el territorio. Pero el 17 de octubre es también la fecha de 1961, cuando la policía de Papon reprimió sangrientamente una manifestación pacífica de argelinos en París, con decenas de muertos, tal vez cientos. La coincidencia indica que la relación entre el Estado y la población de origen colonial sigue sin resolverse. La pregunta, por lo tanto, es si los habitantes de las periferias racializadas y los trabajadores “clásicos” encontrarán un lenguaje común. Los estudiantes de preparatoria de hoy podrían ser el puente, o la enésima oportunidad perdida.

Por ahora, lo que mantiene unido al movimiento no son las estructuras. Las organizaciones están ahí: la Unión Sindical de Estudiantes de Secundaria, la Unión Estudiantil, la UNEF, las nuevas formas de representación estudiantil vinculadas a organizaciones más conflictivas como Le Poing levé o la FSE, la intersindical de trabajadores con los sectores más avanzados de la CGT y, sobre todo, Solidaires al frente. Pero su peso, en mi opinión, incluso en las plazas, es hoy menor que el de una multitud que siente en su propia piel la violencia cotidiana, desde las escuelas hasta los barrios, y sale a la calle impulsada por esto más que por los llamados de las organizaciones existentes. La fuerza del movimiento reside en la asamblea convocada en una hora, en el grupo de clase, en la decisión de bloquear la escuela esa misma mañana, con una disposición a luchar incluso de formas radicales que las estructuras —en crisis desde hace una década— no generan y tienen dificultades para contener.

¿Es necesario organizar esta rabia? Obviamente sí, pero con una condición: que no se trate de un partido y/o un sindicato que la organice en lugar de los jóvenes. Se necesitan infraestructuras: un fondo para los gastos legales de los detenidos y heridos, asistencia jurídica, coordinaciones entre institutos, vínculos con maestros, padres y trabajadores, lugares donde la memoria de las luchas pasadas se transmita sin ser impuesta. Estructuras de servicio, no de dirección. Sin ellas, la energía se dispersa con el paso del tiempo, o bien alguien más, mejor equipado, la canaliza.

La izquierda: de ruptura a prueba

La France Insoumise  (LFI), el movimiento político de izquierda radical fundado en 2016 por Jean-Luc Mélenchon defiende un programa socialista y ecologista y se propone pasar de la Quinta a la Sexta República. En los últimos años se ha destacado por su apoyo a los movimientos sociales y a las distintas luchas que se desarrollan en el país, cuyas movilizaciones suele difundir y respaldar. A lo largo de los años, se ha consolidado como la principal fuerza política de la izquierda francesa, aumentando considerablemente su representación tanto a nivel nacional como local. Funciona más como un movimiento que como un partido tradicional: no tiene afiliados en sentido jurídico, ofrece una inscripción gratuita en línea, cuenta con grupos locales autónomos y tiene una dirección muy centrada en su referente. De cara a las elecciones presidenciales previstas para la primavera de 2027, Mélenchon registra entre un 15 y un 20 % de intención de voto en la primera vuelta, según las encuestas de octubre de 2026. Esto lo sitúa como el segundo candidato más votado y le da posibilidades de acceder a la segunda vuelta.

Hoy por hoy este espacio ofrece un apoyo al movimiento: sus diputados se colocan en primera línea, defienden la legitimidad del conflicto frente a la narrativa de los “alborotadores”, se interponen entre los jóvenes y la policía, y su postura declarada es brindar apoyo y respetar las decisiones de los jóvenes. Sin embargo, ese es el papel más fácil, porque el movimiento sigue siendo, en el fondo, un conflicto escolar. ¿Qué pasará si crece, se consolida y se convierte en una revuelta social prolongada?

Señalo las tensiones sin pretender saber cómo terminará. La primera es el tiempo: una campaña electoral ya en marcha exige una salida, mientras que un movimiento de ruptura no tiene plazos. El riesgo de que el movimiento sea cooptado es real y pasa también por interpretar cada marcha como una fuente de votos, lo que alimenta las acusaciones de instrumentalización y da a los jóvenes motivos para desconfiar. La segunda es la violencia: si el conflicto se radicaliza, LFI tendrá que elegir entre proteger la legitimidad del movimiento y mantener su imagen institucional. La tercera se refiere a la identidad: si la convergencia tiene éxito, podrían ponerse en tela de juicio las mismas formas de representación, incluida la de la izquierda radical, con dos resultados posibles: un cambio de estrategia hacia la calle o un endurecimiento.

A esto se suma un hecho: hoy en día no existe ninguna organización, ya sea política o sindical, capaz de asumir realmente este desafío. Los sindicatos están presentes, pero son lentos; la izquierda de ruptura tiene fuerza electoral, pero poco arraigo en los movimientos. Este vacío puede dar lugar tanto a una nueva recomposición como a otra derrota.

A siete meses de las elecciones presidenciales, con un déficit del 5,4 % del PIB y un plan de recortes de 54 mil millones, el gobierno tiene poco margen, y cada movimiento del movimiento se interpretará como una maniobra electoral. No sé cómo continuará o terminará este momento, pero es hermoso seguir surcando esta ola, sin miedo a ser arrastrados hacia algo desconocido y potencialmente más hermoso de lo que hemos vivido hasta ahora. 

Por supuesto, la represión está en curso, se hace sentir: solo el sábado más de mil personas fueron detenidas en Francia. El domingo a la noche Macron dio un discurso a la nación en el que no respondió a los reclamos de las calles, sino que dijo que iba a aplicar mano dura contra quienes no respeten las reglas. El lunes el gobierno se reunió de urgencia y habilitó la posibilidad de decretar toques de queda en algunas zonas y ciudades, a pedido de los prefectos y de acuerdo con los intendentes (por la noche hubo toque de queda en las zonas de Place de la République y Châtelet, en París, que fueron dos de los lugares centrales de las protestas del sábado). Ya comenzaron incluso “juicios exprés” la mayoría de las veces contra pibas y pibes muy jóvenes. Y a pesar de todo esto, la movilización sigue adelante. Para el sábado 24 está convocada una nueva jornada de lucha a nivel nacional.

Una nueva generación está creciendo y no quiere quedarse como espectadora: ha decidido entrar al juego de manera radical. La verdadera apuesta es si las distintas fuerzas en juego lograrán dialogar sin dejarse absorber, y si quienes vienen de más lejos sabrán estar presentes cuando sea necesario y dar espacio cuando no lo sea.

.

*Investigador italiano residente en la periferia parisina. Militante de Potere al Popolo.

.

.