Por Rafael Blanco*
.
Reseña de Orgullo. Una biografía política de Carlos Jáuregui, de Mabel Bellucci. Editorial Marea, 2026
En 2010 se publicó por primera vez Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política. En aquel momento el texto resultaba conmovedor al calor del debate que se producía en el contexto de la sanción de la Ley de matrimonio igualitario. Dieciséis años después, vuelve a publicarse, a 30 años de la muerte de Jáuregui, y resulta nuevamente conmocionante, aunque tal vez por otras razones. En esta tercera edición, que mantiene lo central de aquella primera, Bellucci explora y profundiza otras zonas: las posiciones ante la pandemia del sida, las estrategias de visibilización y la afirmación del orgullo. También recupera una sensibilidad de “primera mano”, al incluir fragmentos de un diario personal de Carlos, que a veces los archivos públicos o los relatos de terceros no permiten acceder, sobre todo para quienes no lo conocimos personalmente.
Antes y ahora, el subtítulo es elocuente: la referencia a una biografía política, en el que el adjetivo política funciona como un subrayado. El libro traza el devenir activista de Jáuregui, y si recurre a elementos biográficos anteriores –como son sus viajes por Estados Unidos o Europa, su vida universitaria o rasgos de su familia, en particular de su hermano Roberto– es para indiciar cómo esas experiencias y relaciones colaboraron en la conformación de su repertorio militante. Con ese gesto, Bellucci elude entrar en otros aspectos de su vida meramente anecdóticos, evita caer en psicologismos, o en banalidades: cuando lo personal de Carlos irrumpe es siempre en un sentido político. Hay otro gesto que ya en mi primera lectura me pareció fascinante, sobre todo a la luz de otras biografías sobre activistas: la autora aparece solo al principio, cuando en las primeras páginas –que se inician con el título “Charles et moi”– narra su encuentro con Jáuregui en 1993. Luego, la primera persona desaparece para dar lugar a una narración que gira en torno Carlos y, a través él, recorre la lucha por la conquista de los derechos de las minorías sexuales durante los años ‘80 y ‘90. Recorrer la biografía política de Jáuregui es mirar la trama y el desencuentro, la conjura y las tensiones entre “cosas” que hasta entonces no necesariamente iban juntas: las izquierdas y el activismo travesti trans, las Madres de Plaza de Mayo y las cenas, tertulias y fiestas, los feminismos y el departamento de Paraná, las coaliciones con partidos políticos y la experiencia vívida de la pérdida por causas del VIH/sida.
El VIH es el primero de los puntos que en esta tercera edición encuentra más desarrollo. ¿Cómo enfrentar la pandemia que señalaba enfermos en vez de ciudadanos? ¿Cómo hacerlo cuando estigmatizaba y aislaba, ahí cuando lo que se buscaba era producir una comunidad visible? El sida re-introdujo la condena a las personas homosexuales, lo que obligó a modificar estrategias para la configuración de un movimiento. Mabel se centra en este dilema y delinea la postura de Carlos, que distintas lecturas podrían indicar como ambivalente, escéptica o hasta negacionista. Lejos de un juicio moral, el libro reconstruye la dificultad de conjugar demandas por “el libre ejercicio de la sexualidad” o por la “Ley de Discriminación por Orientación Sexual” con el sida como punto central de la militancia de la CHA durante el período en que Carlos la presidió. No pude evitar ciertas resonancias del presente, en el que el VIH ha sido casi olvidado por los activismos, excepto por aquellos que –en plena marea verde– recordaron que “a tu feminismo le falta sida”.

El segundo aspecto que el libro desarrolla de una manera más extensa en esta edición es la cuestión de la visibilidad. Lograr visibilidad era crucial para enunciarse como sujetos políticos porque implica una afirmación pública y colectiva de la existencia. En este punto Bellucci aporta la difícil, pero no imposible, construcción de eso que hoy se llama “Colectivo” o “comunidad” LGBT, reconstruyendo la laboriosa conjugación de experiencias diferenciales de la “G”, la “L” o la “T”, atravesadas por formas específicas de opresión, represión, existencia y visibilidad que no se armonizan en la conformación de una sigla. Eso que hoy naturalizamos como acrónimo, el libro lo reconstruye en su complejidad, en las luchas con temporalidades diferentes de exigencia de ciudadanía. Y acá, con los archivos que trae Bellucci, dice Jáuregui: “Entendemos la democracia como un proceso de ciudadanización permanente. Es alcanzar ciudadanías plenas para todos los postergados por la configuración de sus cuerpos y por los íntimos afectos y deseos”. En otra intervención afirma: “El movimiento es una mesa de cuatro patas: lesbianas, gays, travestis y transexuales. Si una pata falta, la mesa cae”.
Una última zona que encuentro más desplegada en esta tercera edición es la cuestión del orgullo. ¿Es este el término que define la experiencia de visibilización colectiva? El libro reconstruye el debate, “orgullo” en tensión con “dignidad”, la querella entre expresiones “importadas” y elaboraciones vernáculas, como ocurría también con los términos “homosexual” y “gay”, con sus connotaciones a la diversión y la vida festiva. Tras la idea de orgullo, comenzaron en 1992 las primeras marchas en el mes de junio, acorde al acontecimiento señero de Stonewall. Allí Jáuregui, en las escalinatas de la plaza de los dos Congresos, dijo: “Esta vez fuimos treinta, el año próximo vamos a ser cien, después mil y después cien mil y vamos a venir todos los años”. El libro detalla el crecimiento de las marchas en esos primeros cuatro años, y también su cambio de fecha, al actual noviembre, por razones que responden a distintos mitos fundacionales: porque era necesario disponer antecedentes históricos propios del movimiento homosexual local; para evitar, como señala el libro “los meses de crudo invierno con una población fuertemente asaltada por el VIH/sida”, o para ampliar la convocatoria y facilitar la participación masiva en un clima más cálido. Como sea, en 1997 comenzaron a ser en noviembre, pero en esa ocasión fue la primera sin Jáuregui quien falleció en 1996.
En estos tres rasgos –pérdida, visibilidad y orgullo– me quedo pensando a partir de esta relectura del libro. Hoy, en efecto, las marchas son más masivas que nunca, la visibilidad está, si se quiere, aumentada: está en las calles, en los medios, en las redes. Y ya no se marcha, como en las primeras ediciones, con algunos rostros cubiertos. Bellucci dice que este libro “operó –y opera– como un auténtico artefacto político. Por su forma, por su contenido y por su vigencia, es una lectura especialmente oportuna para pensar los desafíos y las dificultades que debió enfrentar, en sus inicios, el movimiento Gays, Lesbianas, Travestis y Transexuales (LGTT) en la construcción de un proyecto emancipador cuyo núcleo era, precisamente, hacerse visibles y luchar por la conquista de los derechos civiles; e ir más allá hasta llegar a constituir una comunidad”.
Su lectura me hizo volver sobre la experiencia de marchar hoy en las que hay visibilidad, sí, y el orgullo es la consigna. Pero hoy podemos marchar y estar horas allí sin advertir las conexiones de esa experiencia con todo aquello que este libro recoge con el pretexto de la biografía política de Carlos Jauregui: la existencia de edictos y detenciones arbitrarias, las razias, la marcha de la resistencia de las Madres, los desalojos violentos por parte de familiares de personas que perdían a su pareja, las torturas por transitar el espacio público, los exilios de las familias, las luchas por atención y medicación, y la lista es más larga. Hoy Jáuregui para muchos es una estación de subte en Pueyrredón y Santa Fe y su frase “En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política” un ploteo colorido en una zona de alto tránsito. Si este libro es un artefacto político, y no tengo dudas que lo es, tal vez sirva para retomar discusiones en este presente en el que la marcha del orgullo devino un “parade” a la europea y las marcas y multinacionales colonizan los enunciados, donde se puede estar ahí siendo gay y “facho”, sin que nada de este pasado reciente me conmueva. Me pregunto, leyendo el libro de Bellucci y pensando en este presente, si no es hora de reconectar con los afectos “negativos” o “feos”, como la vergüenza, el hartazgo, el duelo, o la incomodidad para repolitizar nuestra visibilidad que parece galvanizada por una idea de orgullo desinvestida de historia. En todo caso, el libro también funciona para restituirle memoria a este término.
Elijo cerrar esta reseña como cierra el libro: con un fragmento del diario de Jáuregui. Fechado el 11 de diciembre de 1987, y escrito con birome verde, en su diario Carlos dice:
¡He dormido como un animal! No era para menos. Durante 24 horas marché junto a las Madres como lo vengo haciendo desde hace varios años. Aún no he podido descifrar el cúmulo de sentimientos que me despiertan las “viejas”. Por momentos creo que es increíble la negación de la gente.
Hoy, además, me llamaron por teléfono para pedirme mi firma en una solicitada contra Astiz. Por supuesto la di. El destino es un incierto. Faltan pocos días para terminar el año y el futuro es una incógnita muy grande. Creo que siento la necesidad de reforzar mis compromisos.
.
.
*Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Autor de Efímero perdurable. Giro afectivo, sexualidades y archivos personales, publicado en 2025 por Pletórica Sinfonía y Mientras miro las nuevas olas. Qué cambió, qué no y qué se resiste con la irrupción feminista en las universidades argentinas, en 2026 por IIGG-CLACSO.

.