Amauta, a cien años: Conjurar la modernidad a través de la mezcla

Por Miguel Mazzeo

.

Amauta, a cien años. La elección de un destino

En el mes de Amauta, todos los jueves y sábados estaremos publicando las distintas partes de este texto homenaje escrito por Miguel Mazzeo,

.

PARTE 2. Decir Amauta. Conjurar la modernidad a través de la mezcla

No hay titubeos ni zonas grises en la revista Amauta. No hay ingenuidad en sus enmarques analíticos: la recuperación del “alma indígena” solo es viable si se recupera la tierra, si se erradican las violencias estructurales, si se consolidan las formas de la autonomía y del autogobierno de los pueblos originarios; si estas formas, resignificadas por la parte mestiza y criolla de la sociedad peruana, logran expandirse al conjunto de la nación. El nombre Amauta invitaba a repensar la polis en los términos del ayllu. Y viceversa. El nombre Amauta ponía a dialogar códigos diferentes, aunque de ningún modo portadores de núcleos antagónicos. 

Decir Amauta era (es) como decir: esta tierra es apta y está lista para el socialismo, tiene todo para garantizar su arraigo, su aclimatación. Por lo tanto, ese socialismo no desdeñará enseñanzas, predicas y doctrinas europeas, al contrario, alentará el desenvolvimiento de sus consecuencias liberadoras hasta llegar al paroxismo, obligará al cumplimiento de sus promesas emancipadoras. Pero no responderá a ningún molde preconfeccionado en Europa, a ningún patrón “occidental”. No será un socialismo que se escucha a sí mismo, sino que sabrá escuchar otras hablas. No será un retumbo aislado, sino un grito que se esparce por toda la tierra. No será un producto exótico. 

Decir Amauta, en este, nuestro tiempo, es como decir: nuestro socialismo ya no reeditará la estrategia del protagonista de la película Fitzcarraldo de 1982, dirigida por Werner Herzog y con Klaus Kinski en el papel protagónico. Ya no buscará construir una Opera en medio de la jungla. No será ese hombre blanco con un traje impecablemente blanco que, convencido de ser la manifestación consumada del ser-uno-sustancia-infinito-esencia (la representación misma del conquistador), asume todo el protagonismo y se erige en momento acabado y, por lo tanto, en factor del devenir. Un devenir concebido en términos unilaterales y abstractos. No será la expresión de un interés arbitrario y de un deseo egoísta encubiertos bajo la abstracción  del “bien común”. No será la expresión de una voluntad particular disimulada como voluntad general.  

Entonces, decir Amauta es como decir: nuestro socialismo no pondrá lo absoluto al inicio. No concebirá lo diferente, lo subalterno-oprimido, como “lo indeterminado”, la nada, las tinieblas o la barbarie; o como el momento inacabado, como la horrorosa leyenda, como un entorno a dominar. No apelará, como Fitzcarraldo, a un viejo fonógrafo de manivela, ubicado en la proa de un barco que navega el río Pachitea (cuenca del Amazonas) para reproducir al máximo de su volumen una opera en la voz de Enrico Caruso con la intención de contrarrestar el inquietante sonido de tambores proveniente del interior de la selva. Aunque los asimile, nuestro socialismo no utilizará ni al fonógrafo ni a la opera (a sus sucedáneos actuales, se entiende) como armas civilizatorias. No hará nada de esto. 

Intentará hacer como Amauta. Por lo tanto, buscará construir la síntesis (no la unidad que no reconoce nada por fuera de ella) de dos momentos: el momento del fonógrafo y el momento de los tambores; la síntesis de lo más verdadero, bello, inmortal, generoso, independiente y humanamente crítico de cada momento. (Una síntesis cuyo punto de partida podría ser, perfectamente, la capacidad de conmiseración de cada momento; el respeto de/por las escalas humanas; además de su energía, pasión y voluptuosidad). Aquí corresponde traer a colación aquello que Mariátegui planteaba en su artículo “Lo Nacional y lo exótico”, publicado en Mundial, Lima, el 9 de diciembre de 1924, “Ninguna idea que fructifica, ninguna idea que se aclimata es una idea exótica”. Y esto vale tanto para el fonógrafo y la Opera de Fitzcarraldo, como para la Biblia, el Contrato social de Jean-Jaques Rousseau o El Capital de Karl Marx.   

Decir Amauta, sobre todas las cosas, es como decir: nuestro socialismo asumirá un sueño usualmente considerado imposible para concretarlo en un escenario donde la ficción (la fantasía) y la realidad (el mundo sensible) ya no podrán diferenciarse. Para ello, nuestro socialismo, como el de Amauta, tendrá que descolonizar la mirada. Como Amauta, deberá inspirarse en estrategias como la del Inca Garcilaso de la Vega o la de Huaman Poma de Ayala. 

Sin el lastre del universalismo europeo, compulsivamente homogenizador, a través de Amauta, se pudo apreciar con nitidez la variedad de los colores de una tierra apta para los claroscuros, la potencialidad transformadora de los pueblos originarios de Nuestra América, la fecundidad del “ser indígena”, de sus mundos  y ontologías relacionales. La coexistencia de temporalidades dejaba de pensarse como factor de atraso y pasaba a concebirse como acicate. El pasado se trastocaba en semilla del futuro, lo precapitalista pasaba a fungir como fundamento de lo poscapitalista. 

Otros signos universales, dotados del sello de lo original, potenciados por una mezcla de estirpes, salieron a la luz. Una sencillez original quedó restaurada. La historicidad eurocéntrica hegemónica fue bajada de su pedestal y una historicidad no eurocéntrica, secularmente negada, reclamó sus fueros. Lo cosmopolita, adquirió otro status. Comenzó a ser pensado, principalmente, como un lugar de cruce, como un ámbito de concurrencia. Entró en crisis lo cosmopolita como expresión (o versión) de lo universal impuesto por una correlación de fuerzas favorable a una particularidad, de lo universal decretado por convención, etc. Lo cosmopolita perdía, así, su carga occidental y eurocéntrica, dejaba de encontrar su representación más acabada en la figura de la Torre de Babel, especialmente para los pueblos no-occidentales. Se abría, entonces, la posibilidad de pensar lo cosmopolita como Pentecostés. Por cierto, en el Primer Congreso de los Pueblos del Este en Bakú, en agosto de 1920, el fermento de un Pentecostés estuvo bien marcado, algo que Mariátegui no pasó por alto.  

Lo cosmopolita, sino no se caía en el craso cosmopolitismo (es decir: en el culto del universal abstracto), podía ser una vía para hallar la propia expresión. Para Mariátegui, el camino para hallar la propia expresión debía ser ecuménico. Conviene tener presente que Mariátegui concluye Los Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana con esta frase: “Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos”. Amauta fue una manifestación evidente de la opción por ese camino. 

Lo universal y lo moderno, al no contraponerse a lo autóctono e identitario, hallaban una reformulación fundamental. Amauta, como expresión fundamental del proyecto mariateguiano, proponía una vía alternativa a la modernidad, de alguna manera, aspiraba a conjurar la modernidad (a despotenciar su lado oscuro, a recuperar su lado radioso) a través de la mezcla.  

El nombre Amauta, en su particularidad, porta la dignidad de un concepto profundo y universal. Es la expresión del universal concreto. El nombre Amauta es la negación de la negación, es una “identidad consigo”; es la negación determinada que, por ende, posee un contenido y porta un concepto nuevo y superior al precedente; es la conciencia realizada que se niega para resurgir más rica. El nombre Amauta representa un devenir, una síntesis inmanente del ser y la nada, un traspaso. 

Se trató de una vía que, sin dejar de retomar los contenidos típicos del marxismo y de los nacionalismos populares de la década de 1920, desconfiaba. Instituía una sospecha sobre el carácter ilusorio de algunas de las promesas de la modernidad. Una vía que, por lo tanto, presentaba aspectos originales vinculados, por ejemplo, al protagonismo de un sujeto impensado (los pueblos indígenas) y a la estimulación de la construcción comunitaria (más que estatal). Una vía que pronunciaba palabras de discordia: comunidad, mito, entre otras. Palabras que se tornaban mucho más discordantes aún cuando se las maridaba con la palabra revolución. 

Al elegir el nombre Amauta, Mariátegui, trascendía la dicotomía civilización-barbarie (o civilización-tradición). Se salía de esa lógica binaria chata y alienante e ingresaba en una lógica de la contradicción, la tensión, la tangencia, la articulación y la doble valoración. Una lógica dialéctica. Promovía, al mismo tiempo, un proceso de secularización del marxismo que, aunque fue rechazado durante décadas, a la larga, terminó imponiéndose. Amauta contribuyó sustancialmente a ampliación de la base argumentativa del marxismo de su tiempo.  Lo sigue haciendo, cien años después. 

.

.

PARTE 1. El arte de proveer identidad a través de las palabras

.