Fidel, a cien años 

Por Miguel Mazzeo

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…buenas noches Historia agranda tus portones
entramos con fidel con el caballo

Juan Gelman: “Fidel”. En: Gotán (1962).

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Fidel. 

Este nombre es un palimpsesto que condensa más de seis décadas de luchas populares contra el poder despótico del capital y los sueños de emancipación del mundo periférico, pobre, explotado, colonizado. 

F-i-d-e-l.

Esas cinco letras convocan como por arte magia los anhelos de autodeterminación y las reivindicaciones de las justas y los justos del mundo entero. Nadie puede afirmar lo contrario. Salvo que sea persona reaccionaria, torpe sectaria, individualista obsesiva e infecunda; turista éticamente irresponsable, incauta, arrepentida; víctima de alguna “confusión democrática” y de las mistificaciones promovidas por el imperialismo y las clases dominantes; o, simplemente, ser penumbroso, ignorante y/o alienado, presa fácil para los discursos hegemónicos y otras narrativas impiadosas.

Más allá de algunos rigores monolíticos, más allá de los claroscuros, Fidel fue la cifra de la utopía del cambio sistémico y de la oposición a las políticas neo-coloniales. Fue un ejemplo de resistencia al hostigamiento y a las agresiones de la principal potencia capitalista, racista y belicista del mundo, al más impiadoso bloqueo imperialista, a lo que Maurice Duverger alguna vez llamó una política de “fascismo exterior”. 

Fidel fue siempre un ejemplo de dignidad y de solidaridad. Y con él y por él Cuba fue el epicentro de la dignidad de los pueblos del mundo. Lo sigue siendo. Mientras que, en el Norte, los sucesivos gobiernos y los sucesivos criminales de guerra, desde Dwight Eisenhower a Donald Trump, hicieron de los Estados Unidos el epicentro de la barbarie y la arrogancia (ejercidas tanto en el orden externo como en el interno), de una política que plagó, a Nuestra América y a otras regiones de la periferia, de “miserias a nombre de la libertad”, tal como profetizara Simón Bolívar. 

Fidel y los personeros del imperio remiten a atmósferas morales antagónicas. El Subcomandante Insurgente Marcos afirmaba en 2003: “Se dice Cuba como se dice dignidad”. Agregamos: también se decía (y se dice) Fidel como se decía (y se dice) dignidad. Nótese como Marcos, desde una experiencia que transitó y sigue transitando carriles diferentes a los de revolución cubana, le rendía tributo a Fidel.   

Por supuesto, Fidel también es el nombre de una revolución con arraigo popular y con la convicción de construir un mundo nuevo, una sociedad diferente a la sociedad humanamente disminuida del capitalismo. A pesar de los condicionamientos estructurales no superados, a pesar de las muchas frustraciones en el largo proceso tendiente a la construcción de una vía anticapitalista, a pesar de lo que Silvio Rodríguez denominó “la exhaustiva seguridad de nuestro socialismo”, el pueblo cubano, se conservó como uno de los pueblos más puros, abnegados y generosos de la tierra, un pueblo de patriotas, de revolucionarias y revolucionarios. 

Un pueblo que nunca se singularizó imitando, que resistió y resiste al dogmatismo, que soportó el retroceso del período especial y sigue soportando algunos de sus efectos persistentes, ahora agravados por una nueva y recargada ofensiva imperialista. Un pueblo que jamás renunció a sus raíces, aún bajo contextos de fuertes presiones tendientes a la adopción de un cuerpo cerrado de doctrina. Sin dudas, ese pueblo aprendió a ser menos indulgente con los discursos y prácticas oficiales y menos tolerante con el mimetismo, de cualquier signo. En ese pueblo tenemos que buscar a Fidel y no en los elogios rituales. 

Fernando Martínez Heredia, con la agudeza que lo caracterizaba, sostuvo que en Cuba hubo un momento en que el poder revolucionario terminó absorbiendo lo libertario. Vale aclarar: lo libertario en el sentido liberador-emancipador (la palabra todavía no había sido bastardeada por la ultraderecha). Agregamos: fue el momento en que el aliado inevitable se convirtió en modelo. Un modelo que desnaturalizó lo más propio y lo más original de la revolución y que –¡en nombre de la mismísima dialéctica!– impuso el determinismo, el mecanicismo, el positivismo. Un modelo que desestimó el protagonismo popular democratizador, dejando al pueblo afuera de las instancias encargadas de determinar no sólo los objetivos sino, sobre todo, los itinerarios. Un modelo que impuso una institucionalización calcada, ajena, que tendió a suprimir la diversidad plebeya. Ese modelo “sustitucionista” comenzó a desandar el camino de la creatividad del período 1959-1970. Las mejores hijas y los mejores hijos de la revolución que, como no podía ser de otra forma, resistieron desde adentro y desde abajo ese modelo, tuvieron que soportar las descalificaciones injustas y estandarizadas: “revisionistas”, “marxistas burgueses” o, más tarde, “posmodernas/posmodernos”. 

Por suerte el pacto entre el pueblo cubano y Fidel logró rebasar las mediaciones burocráticas, los lenguajes administrativos y los enmohecidos manuales soviéticos (los “ladrillos” de los que hablaba Ernesto Che Guevara). No podría ser de otro modo, porque Fidel fue una figura clave para entender por qué el socialismo, como sostenía Armando Hart, se convirtió en “sueño, carne y espíritu de los cubanos”. 

Ese vínculo entre el pueblo cubano y Fidel supo custodiar algunas claves liberadoras-emancipadoras que mantienen inalterada su vigencia y que siempre están disponibles para ser rehabilitadas, resignificadas y proyectadas. Hablamos de las claves estrictamente martianas, es decir: humanistas, antiimperialistas, nacional-populares, hablamos del programa “ultra-democrático” como lo llamó Julio Antonio Mella en su lúcido ejercicio precursor de la articulación entre nación y socialismo. 

La tenacidad y la enorme humanidad del pueblo revolucionario cubano, puesta a prueba una y mil veces, y que Fidel expresó como nadie, fue (y puede ser) el insumo principal para actualizar, para renovar el imaginario revolucionario cubano, para revitalizar las estructuras de poder popular, para dinamizar la larga transición cubana al socialismo y evitar que se convierta en una transición acelerada a la mercantilización y a la recolonización de la isla.     

El proceso de estatización de la revolución cubana (y del socialismo cubano, y del marxismo cubano) con su proliferación de estructuras altamente codificadas, con sus pantanos culturales, ideológicos y políticos, puede ser criticado con razones muy valederas. Es más, creemos que, desde un horizonte emancipador honesto y coherente debe ser criticado dialécticamente; es decir, sin negar los aportes más significativos. El marxismo debe utilizarse también a la hora de analizar/valorar críticamente la práctica socialista. Prescindir del marxismo en esta faena impostergable contribuye al enterramiento de la utopía socialista. 

No todo el sentido común de la izquierda es “buen sentido”. Quienes pensaron (y piensan) la sociedad socialista como una entidad exenta de contradicciones no le hicieron (ni le hacen) ningún favor a la causa del socialismo, todo lo contrario. Las mistificaciones para eludir los dilemas que desgarran a los militantes populares siempre tienen un fondo conservador y hasta reaccionario. Además, siempre que el conformismo y la revolución se llevan bien, es porque algo (importante) anda mal. 

Ahora bien, creemos que ninguna crítica en clave liberadora-emancipadora puede relativizar la significación histórica de la revolución cubana sin precipitarse en una actitud muy parecida a la deserción. Luego… ¿en cuántos Estados del mundo priman los criterios de solidaridad y cooperación por sobre los criterios de mercado? Cuba fue (y todavía es, a pesar de todo) uno de los escasos sitios en el mundo donde los valores humanos no se admiten sólo como ficción. Y no hubo agresión, bloqueo o naufragio que alterara esta condición. Quienes pretenden arrasar con Cuba, con esta Cuba tan castigada, básicamente quieren arrasar con esos valores. 

¿Acaso existe en el mundo un pueblo que, como el cubano, presente rasgos tan marcados de una cultura distributiva e igualitaria? ¿Cuántos Estados, cuántos pueblos, están prestos a apoyar, sin retaceos de ninguna índole, a cualquier fuerza de signo anticolonialistas, antiimperialista y anticapitalista que levante la cabeza en cualquier rincón del planeta? Apoyar aquí es: entregar la propia riqueza, no lo que sobra, como dijo Fidel alguna vez. Literalmente, es sacarse el pan de la boca para que otra y otro, donde sea, recobre su dignidad. ¿Cuántos pueblos desarrollaron esa conciencia que sólo aflora cuando se asume la responsabilidad de luchar por la liberación-emancipación de otros pueblos? Cuba, promotora de diversas culturas liberadoras-emancipadoras, ha sido la antítesis exacta del “fascismo exterior” de los Estados Unidos 

Los anacronismos políticos (la matriz centralizada del socialismo, por ejemplo) y las opacidades culturales que arrastra el sistema cubano, el hecho de que fuera concebido para otra época histórica, el adormecimiento de la dinámica de las incitaciones, no le impidió y no le impide cumplir con roles históricos que, en ciertos planos, siguen siendo de vanguardia. Claro está, el contexto mundial contribuye a desdibujar las deficiencias actuales de Cuba como referente emancipatorio. 

Sin embargo, Cuba no ha cesado un instante de poner en tensión al poder hegemónico mundial y a la política global del Imperio. Esa persistencia fue mérito invalorable de Fidel, de quienes lo sucedieron en la dirección del proceso revolucionario y, fundamentalmente, del pueblo cubano. Asimismo, sigue existiendo una simbiosis descarada entre los enemigos de la revolución cubana y los enemigos de la vida buena y digna para las mayorías populares de Nuestra América. (Que es lo mismo que decir: entre los enemigos de la independencia de Cuba y los enemigos de la independencia de Nuestra América). 

Decir que Fidel fue un gran estadista es quedarse muy corto. Fidel supo ser el nombre de la utopía realista en el mundo periférico. Fue el arquitecto principal del espacio utópico más importante de Nuestra América (y, tal vez, del mundo) de la segunda mitad del siglo XX. Un espacio que habilitó las fantasías heroicas más maravillosas. Un espacio que supo ser, según los contextos, tan real como simbólico o más simbólico que real. Pero siempre necesario e imprescindible como referencia vivificadora para las mujeres y los hombres dispuestas y dispuestos a resistir, luchar y soñar. 

Ciertamente, a partir de la década de 1990, Fidel (Cuba) no tuvo otra alternativa que conservar ese espacio utópico en la más absoluta soledad, en medio de la dispersión de las fuerzas populares derrotadas en el resto del mundo, en una ínsula subdesarrollada, excluida, bloqueada y en medio de un inmenso océano de capitalismo envalentonado por lo que parecía su triunfo definitivo e irreversible. 

No hay que olvidar que Fidel y el pueblo cubano tuvieron que ingeniárselas para conservarse al frente del proceso de emancipación del capitalismo y, al mismo tiempo, garantizar la reproducción social en las peores condiciones materiales y geopolíticas. 

Durante las décadas del letargo neoliberal Fidel tuvo que ser el único “diablo”. O se vio obligado a compartir la condición “diabólica” con figuras desprovistas de toda proyección civilizatoria, incluso tuvo que convivir con diablos en pequeña escala o efímeros. Nunca dejó de ser el gran diablo del siglo XX, aún en el punto de máxima reducción del campo de maniobras y de máximo deterioro de la solidaridad externa. Esa soledad explica, en parte (y sólo en parte) que ese espacio saliera un tanto abollado, con sus dotes arquetípicas y heréticas menguadas y sin la capacidad seductora de otrora. Como no podía ser de otro modo, Fidel fue instigador del otro gran diablo, el principal diablo en lo que va del siglo XXI (y que se fue demasiado pronto): Hugo Chávez. 

A pesar de las diferencias respecto de los trayectos y las estrategias emancipatorias actuales –y, posiblemente, futuras– la revolución cubana y Fidel fueron y serán una estación fundamental de la revolución en Nuestra América, una referencia insoslayable. Es una lástima que una parte de la izquierda no reconozca esto y dedique buena parte de sus esfuerzos teóricos y retóricos a demostrar por qué la revolución cubana no fue una “auténtica” revolución socialista. O que tilden a Fidel de dictador, de nacionalista, de “estalinista”. La predilección por el leninismo desarraigado (un emplazamiento esencialmente antileninista) y por el dogmatismo, no hace más que producir una merma en la energía militante, una inhibición del potencial crítico-práctico. Su exhibicionismo moral no aporta absolutamente nada a las luchas de las clases subalternas y oprimidas. Su marxismo, sin la base de Bolívar y Martí, deviene puro formalismo, abstracción, farmacopea.   

Vale decir también que si el mundo no fue estrictamente unipolar hace algunas décadas, si los extirpadores de utopías no lograron un triunfo absoluto, si el poder hegemónico del capital no logró transformar toda la mentira en verdad, si la moral de las personas luchadoras y revolucionarias conservó algunos pedestales, si el futuro no cayó en la desgracia más absoluta, fue por Fidel y por el pueblo cubano. Fidel y el pueblo cubano fueron la última trinchera que evitó que la regresión política y cultural impuesta por neoliberalismo haya sido más devastadora de lo que fue. ¿Y ahora? Se siente como nunca la ausencia de Fidel. Pero también nos conmueve la inmensa capacidad de resistencia del pueblo cubano. Nos preguntamos: ¿hasta dónde podrá aguantar?  

Sin Fidel y sin el pueblo cubano, sin el deseo, el entusiasmo y la audacia de ambos, posiblemente, hace unos años, no se hubiese hablado de “tendencias” o “transiciones geoeconómicas” a la multipolaridad”, del posible inicio de un “ciclo alter-mundialista”, de “programas mínimos anticapitalistas”, de la reconfiguración de las relaciones Sur-Sur, o de la emergencia de un nuevo paradigma emancipatorio (que, en muchos aspectos, es sustancialmente diferente al cubano histórico). Por cierto, esa agenda quedó suspendida por la actual ofensiva de Estados Unidos y sus aliados y por el auge de la ultraderecha en Nuestra América. Hoy se requieren dosis más elevadas en entusiasmo y audacia.

Sucede también que esa capacidad para sobrellevar la soledad y para conservar una parte de la axiología revolucionaria más valiosa, para salvarla del naufragio y permitirle que llegue a otra orilla; en fin, esa obstinación formidable a la hora de conservar el optimismo de la voluntad, explican la permanencia del castrismo como movimiento internacional antiimperialista y emancipador. 

Fidel fue el héroe de mil batallas a favor de la humanización. Eterno luchador contra las lógicas mercantiles y la oquedad filantrópica, contra la política enajenada, contra la alienación cultural. Su figura resumió a lo largo de seis décadas todas las resistencias contra las diversas expresiones de la barbarie del etnocentrismo occidental y contra el despotismo capitalista. Por eso, como decía el revolucionario argentino John William Cooke, las clases dominantes, los poderosos del mundo siempre coincidieron en acusarlo: “demagogo, comunista, totalitario, chusma, perjuro, punguista, motonetista, barba azul, asesino, incendiario, anticristo y otras lindezas semejantes”. 

Fidel siempre miró lejos. Siempre fue inmune de las coyunturas, a las modas, a las tendencias efímeras, a la “confusión del lenguaje y la perversión de las palabras” según la expresión del poeta Louis Aragón. 

Fidel comprendió como pocas y pocos el efecto del endeudamiento externo sobre los países periféricos, en las décadas de 1970 y 1980. No se dejó llevar por los vientos de la Perestroika y similares cantos de sirena. Fue uno de los principales contendientes de quienes asumieron el fin de la historia. Antes que nadie comprendió la catástrofe ecológica a la que el capitalismo nos condena 

Existen aspectos del liderazgo de Fidel que nunca fueron mellados, por la rutina, la vejez y la muerte. 

Fidel fue y es el emblema del anticolonialismo, una bandera de esperanza de los desposeídos y las desposeídas contra la voracidad de un sistema depredador. 

Fidel fue y es el nombre del internacionalismo en su expresión más alta. El internacionalismo que abreva en las mejores versiones del internacionalismo proletario, del antiimperialismo y del anticolonialismo. Las versiones que no designaban ninguna sumisión, a la Unión Soviética o a quien sea. Un internacionalismo generoso y concreto, jamás ingenuo y mucho menos declamatorio.  

El dominicano Pedro Henríquez Ureña decía –¡en 1936!– que el pueblo cubano, en su rebeldía de casi un siglo, era el que más horas y más vidas había ofrendado por la libertad. Fidel y buena parte de la “Generación del Centenario” supieron recoger esa herencia, la conservaron, la perfeccionaron, la proyectaron. 

Fidel fue y es el nombre de lo que posee la capacidad de ver el triunfo en la derrota, desde el Moncada hasta el último aliento. 

Fidel fue y es la voluntad que no sabe de vacilaciones. 

Fidel fue y es el nombre de lo que no quiso ser modelo, pero siempre fue ejemplo.  “Nadie sabe realmente como construir el socialismo”, dijo alguna vez. 

Fidel fue y es el nombre del espíritu desmitificador.

Fidel fue y es una referencia imprescindible para quienes dedican sus días a sembrar la conciencia colectiva solidaria, a amar y a fundar, al decir de Martí. 

La voz grande y briosa de Fidel sobrevivirá a los lacayos y a los reformistas, a los títeres tele-comandados, a cualquier moda “post”. Sobrevivirá a todas las agendas imperialistas. Sobrevivirá a las y los hipócritas que se preocupan por los derechos humanos en Cuba al tiempo que maquillan (¡o celebran abiertamente!) el poder de las cosas sobre las personas, las tropelías del capitalismo “democrático” y del Estado burgués en el resto del planeta. Sobrevivirá también al pragmatismo (dentro y fuera de Cuba), predispuesto a las concesiones a cualquier precio, a las admiradoras y admiradores de modelos anacrónicos o seudo-socialistas. Sobrevivirá a los esquemas burocráticos. Sobrevivirá a la hojarasca, al rebullicio, a las requisas, a los fiascos y a los resabios. La voz prodigiosa e intransigente de Fidel sobrevivirá definitiva, combativa y resistente, por los siglos de los siglos. 

La historia, que supo “absolverlo”, ha comenzado a “absorberlo”. La historia más bella. La que forma parte de la memoria selectiva de los pueblos.   

Fidel persistirá –proceloso– como significante funesto para todo molde imperialista y neocolonialista, como significante saboteador del poder de la mercancía y la voracidad de la acumulación primitiva. Permanecerá como el nombre de la realización de lo inefable, al decir de Goethe. 

Fidel flotará siempre sobre esta tierra, lo respiraremos en cada selva, páramo montaña, en cada suburbio, barriada y fábrica de Nuestra América. Lo respiraremos en cada periferia pobre y oprimida del mundo.   

La humanidad conmemora los 100 años del nacimiento de uno de sus quijotes más emblemáticos. La utopía de Nuestra América conmemora los 100 años del nacimiento de uno de sus principales comandantes. 

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