El Gramsci invertido: Usos (y abusos) por parte de las ultraderechas

Por Hernán Ouviña

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Las ultraderechas contemporáneas han descubierto en Antonio Gramsci una guía estratégica insospechada. Desde la Nueva Derecha europea de los años sesenta hasta la intelectualidad mileista del presente, estos sectores han reinterpretado al marxista italiano para legitimar su propia batalla cultural. Un Gramsci patas arriba, fagocitado por quienes desde las antípodas de su pensamiento reclaman su legado para imponer un orden reaccionario que el propio autor de los Cuadernos de la Cárcel habría considerado algo monstruoso.
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“Para elaborar sus concepciones, el fascismo fue
-pragmáticamente- a buscar ideas en el campo del enemigo”
Leandro Konder

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Si algo no se le puede negar a las ultraderechas es su contorsionismo intelectual y enorme capacidad de ensamblar y hasta fagocitar, sin miramiento alguno, pensadores e ideas-fuerza contrarias a su predica reaccionaria. Con extrema irreverencia y desparpajo, apelan a figuras y referencias políticas que se encuentran en las antípodas de Friedrich von Hayek, Milton Friedman, Augusto Pinochet o Margaret Thatcher. En el caso específico de Javier Milei y sus secuaces, han llegado a utilizar desde frases de Marx hasta de Lenin, a tal punto que el apotegma del líder bolchevique, “sin teoría revolucionaria, tampoco puede haber movimiento revolucionario”, encabezó de forma provocativa el Decálogo de Acción Mileista, difundido en redes sociales por La Libertad Avanza en pleno 2025.

No obstante, a quien recitan una y otra vez cual mantra es al marxista italiano Antonio Gramsci, militante comunista y preso político que padeció durante una década el encierro en la Italia fascista, justamente por sostener ideas y propuestas de izquierda que, a sus ojos, resultaría un horror poner nuevamente en práctica. En efecto, Milei suele afirmar en sus discursos que el suyo es un “Gramsci invertido”, y algo de verdad hay en esta insólita confesión, aunque si viviera en estos tiempos Nino sería considerado un “zurdo de mierda”.

Como veremos, no es un hecho novedoso que las ultraderechas -en particular en Europa, pero también en América Latina- hayan asumido la centralidad de la disputa cultural y de las luchas en torno a la hegemonía, apelando en caso de ser necesario a pensadores como el marxista sardo para validar -o bien combatir- una estrategia de largo aliento que busca irradiar y consolidar su visión de mundo como sentido común dominante.

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Un Gramsci para la (no tan) nueva derecha: el poder cultural como pivote de disputa ideológica

Esta sorprendente y osada lectura fue propuesta ya a finales de los años sesenta en Francia por la llamada Nueva Derecha (ND), siendo su principal exponente en ese entonces Alain de Benoist. Periodista avezado perteneciente a la “generación de mayo del 68”, constituyó uno de los primeros intelectuales que intentó, en sus propias palabras, traducir la “sensibilidad de derecha” en doctrina, para insertarse en el debate ideológico de la época. Su objetivo consistió en situar el terreno de disputa en el amplio plano cultural y renovar sus bases y referencias, asumiendo como principal adversario al “igualitarismo”. Impulsor del influyente Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (conocido por sus siglas como GRECE), de Benoist llegó a expresar sin tapujos la necesidad de edificar un gramscismo de derecha.   

El distanciamiento y hasta quiebre con el fascismo clásico -también denominado “histórico”- requirió romper marras con lo que para éste eran sus crispaciones tradicionales: el totalitarismo, el colonialismo, el nacionalismo, el racismo y el orden moral. De acuerdo a este iconoclasta intelectual, la vieja derecha había muerto “por haber vivido de su herencia, de sus privilegios y de sus recuerdos, por no haber tenido ni voluntad ni proyectos”. Sin embargo, la ND tendrá en común con la vieja el “considerar la diversidad del mundo y, por consiguiente, las desigualdades relativas que necesariamente produce, como un bien” (de Benoist, 1982, p. 46).

Resultan interesantes las palabras que destaca en cursiva el propio Benoist en su libro La nueva derecha, porque dejan traslucir dos cuestiones de enorme significación para este giro político-cultural. En primer lugar, el parapetarse en la defensa de lo “diverso”, esto es, la reivindicación enconada de lo diferente, como estrategia que habilita lo que podríamos denominar un “racismo anti-racista”. Lejos de ponderar el elemento biológico (como otrora supo hacerlo el nazismo o las teorías supremacistas blancas), la ND privilegia lo cultural (o étnico-cultural) y batalla contra aquellos que define como raciófobos, es decir, quienes “desean la desaparición de las razas y, por tanto, la uniformización de los modos de vida” (de Benoist, 1982, p. 120). Esto le permite despotricar contra la mixtura o convivencia de grupos y personas que forman parte de pueblos o naciones diferentes, enmascarando su retórica xenófoba como una apología del pluralismo. En rigor, el verdadero trasfondo y núcleo duro de este discurso es concebir a la migración hacia Europa como un grave problema al que hay que combatir sin miramientos.

En segundo lugar, esta ND se apropia del término diferencia, que tradicionalmente ha sido un significante al que han apelado ciertas corrientes de izquierda y progresismos, aunque en su caso para caracterizarla como una “idea antitotalitaria” y celebrar ciertas desigualdades de carácter relativo. Ellas implican para de Benoist “jerarquías múltiples” que, lejos de verse como algo negativo, son lo que da a las sociedades un carácter vivo (de Benoist, 1982, p. 129). Como argumentará Guillaume Faye, otro destacado referente de la ND, dicha defensa de la diferencia remite a un credo identitarista (también denominado “nativismo”) que aboga por preservar valores y rasgos étnicos de lo que consideran es la verdadera cultura francesa y europea.

Respecto de su recuperación de Gramsci, cabe decir que la ND se vale de sus ideas para reafirmar que la “política” no se hace ya sólo en los lugares tradicionales, sino que todas las esferas del pensamiento y de la acción se evidencian dotadas de una dimensión ideológica, lo que equivale a dotar de relevancia a territorios y ámbitos no convencionales, que trascienden el estrecho círculo de lo que el marxista sardo definió como pequeña política. De ahí que, en un artículo dedicado a su figura, de Benoist sentencie que “los aspectos de la actividad o la reflexión no directamente políticos han perdido la ‘neutralidad’ que creíamos poder atribuirles”. ¿Qué conclusión extrae de ello? Pues la existencia de un poder cultural que en cierto sentido precede al propio poder político, del que Gramsci fue su “gran teórico” (de Benoist, p. 192).

Como parte de los “neomarxistas” -dirá- el autor de los Cuadernos supo tomar distancia de las definiciones más ortodoxas de la cultura y dar cuenta de su capacidad de “influir en la estructura del poder político y económico operando sobre la ‘superestructura’ cultural e ideológica”, oponiendo un contrapoder metapolítico ante el poder institucional. Para de Benoist no hay medias tintas: “en realidad, el Estado ‘organiza el consentimiento’; o sea, dirige no solo con la ayuda de su aparato político, sino también por medio de una ideología implícita que descansa en valores admitidos y que la mayoría de los miembros de esa sociedad dan por supuestos”.

Su conclusión, a su vez, es contundente: en las sociedades donde reina una atmósfera cultural específica, vale decir, una visión “espontánea” del mundo que coincide con el espíritu de los tiempos, que consolida a la vez que justifica el estado de las cosas, “no es posible la toma del poder político sin ocupar antes el poder cultural”. A lo que agrega una frase que bien le calza a la coyuntura actual: “la subversión política no crea una situación, solo la consagra” (de Benoist, 1982, p. 195). Por cierto, no es casual que ya en 1977 de Benoist haya proclamado que “algunas de las opiniones de Gramsci han resultado proféticas”.

Y es que, como han sugerido Luc Boltanski y Eve Chiapello en su libro El nuevo espíritu del capitalismo, y cuyo argumento es retomado por Nancy Fraser más recientemente, el sistema capitalista “se rehace periódicamente a sí mismo en momentos de ruptura histórica, en parte recuperando corrientes de críticas dirigidas contra él”. En este tipo de coyunturas -como la vivida al calor del mayo del 68- “elementos de la crítica anticapitalista se resignifican para legitimar una forma nueva y emergente de capitalismo” (Fraser, 2020, p. 148). Los cuestionamientos a la rigidez, jerarquía y homogeneidad del modelo de acumulación fordista y las ansias genuinas de libertad cedieron paso a lógicas más horizontales y flexibles, aunque, bajo el ropaje de la creatividad y la innovación, redundaron en una narrativa acorde con la reestructuración capitalista sumamente regresiva y de corte neoliberal.

Podría decirse que en sus inevitables crisis periódicas, el capitalismo se vale de una estrategia que se asemeja a la del Tai Chi Chuan, arte marcial de origen chino basado en la filosofía taoísta y del Yin-Yang: utiliza la fuerza del oponente para mediante ejercicios de redireccionamiento y desviación, lograr neutralizar los ataques, desestabilizando al contrincante y ganando control, de manera tal que le permite retomar la iniciativa sin necesidad de utilizar la fuerza bruta (o coerción en términos gramscianos). Las demandas de autonomía trocaron así en desresponsabilización del Estado y desmantelamiento de sus políticas “bienestaristas”, el reconocimiento de la diversidad equivalió –mutatis mutandis– a apología del nativismo separatista y xenófobo, y la defensa de la vida, libertad de movimiento y soberanía sobre los cuerpos fue resignificada desde la autopreservación individual o el rechazo a acciones de protesta que bloquearan la circulación en las calles. Un Gramsci patas arriba había ganado esta primera partida.

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El (anti)Gramsci de las derechas golpistas

Pocos años más tarde y desde una perspectiva también derechista, en el cono sur de nuestro continente militares y sectores eclesiásticos conservadores propusieron una lectura y apropiación crítica de Gramsci, que si bien se acercaba a la formulada por la ND europea en tanto reconocía la centralidad de la lucha cultural, distaba de reivindicar al marxista italiano. A partir de un discurso paranoico y abiertamente anticomunista, buscaban actualizar la doctrina contrainsurgente a lo que definían como “nuevas amenazas”: desde el narcotráfico y las formas no convencionales de terrorismo trasnacional, hasta las catástrofes naturales y la conflictividad socio-política emergente en la región. Dentro de este panorama, caracterizaban como un peligro al gramscismo, en tanto desplegaba una estrategia de infiltración y difusión ideológica en las instituciones de la sociedad civil.

José Aricó supo dar cuenta de estas interpretaciones castristas en La cola del diablo, contrastando su espíritu excluyente y rabiosamente autoritario con el de la ND europea que, aunque no exenta de un “uso” instrumental de los aportes del autor de los Cuadernos de la Cárcel, creía “poder encontrar en Gramsci motivaciones para pensar los nuevos caminos de acceso a esa Konservative Revolution irrealizada” (Aricó, 1988, p. 171). Eran tiempos en los que Gramsci cobraba notoriedad de la mano de una intelectualidad llegada del exilio, que por cierto había dejado atrás su credo anticapitalista para transitar “de la revolución a la democracia”, tal como sintetizó trágicamente Norbert Lechner por esos años.  

Aun así, para un sector importante de las Fuerzas Armadas, esta variante progresista y de una izquierda moderada que cifraba sus expectativas en el alfonsinismo y en cierta disputa intelectual librada en ámbitos de la sociedad civil, constituía un verdadero peligro, en la medida en que, como llegó a expresar el teniente coronel Luis Bettolli en un artículo publicado a comienzos de 1987 en la Revista de la Escuela Superior de Guerra del Ejército Argentino, si bien Gramsci formaba parte de una pléyade de pensadores que tenían en común la “desacralización del hombre” y aspiraban a producir una “revolución mundial anticristiana”, en el caso específico del marxista italiano, éste se diferenciaba del resto en tanto proponía “una estrategia más sutil” para lograr la dominación, “desarrollada a través de la cultura, la educación y los medios de comunicación masivos”. De acuerdo a esta lectura, si en Marx y Lenin “el camino al socialismo” pasaba por “los proletarios” y en Mao por los campesinos”, en Gramsci eran “los intelectuales” quienes debían cumplir el papel de sujetos transformadores, “buscando a través de métodos persuasivos, sugestivos y/o compulsivos, cambiar su mentalidad, desvinculándolos de la escala de valores tradicionales, para insertar sus propios valores ateos y materialistas” (Bettolli, 1987, p. 56).

Curiosamente, ese mismo año, del otro lado de la cordillera y aún en tiempos de dictadura, diversos núcleos de la derecha chilena organizaron un seminario centrado en los Desafíos actuales de la cultura occidental, dentro del cual debatieron en profundidad las ideas del marxista italiano. Las ponencias y comunicaciones destinadas a discutir a Gramsci fueron publicadas en formato de libro bajo el sugestivo título de Gramsci. La nueva forma de penetración marxista, editado como número especial de la conservadora revista teológica Comnunio, uno de cuyos fundadores era nada menos que Joseph Ratzinger, quien muchos años más tarde resultará electo Papa de la Iglesia católica.  

Incluso existe una icónica fotografía en blanco y negro, de un risueño Augusto Pinochet leyendo -o acaso posando ante un atento lente y haciendo que lee- precisamente este polémico material. En la presentación del volumen, el por entonces editor del suplemento cultural del diario El Mercurio, explicita su preocupación por “la resonancia de sus tesis” en diferentes partidos y núcleos intelectuales del mundo, para concluir que “si los países de cultura occidental, al margen de enfrentar los desafíos policiales que la subversión comunista supone, desean verdaderamente poner freno al marxismo, no tienen otro camino que afrontarlo en su versión gramsciana, combatiéndolo sobre todo en la perspectiva cultural, filosófica e ideológica” (VV.AA., 1987, p. 10). A tal punto cobró relevancia este material por ese entonces, que llegó a ser reimpreso y distribuido como “edición especial para fines de instrucción” (sic) por parte de la Academia de Guerra Naval de Chile aquel mismo año (Berríos, 2023, p. 179).

Esta preocupación por parte de las Fuerzas Armadas no se restringía al Cono Sur, sino que era común a buena parte de los ejércitos del continente e incluso involucraba al gobierno de los Estados Unidos. Tal como reconstruye Raúl Burgos (2019), en simultáneo a aquellas publicaciones y eventos realizados en Argentina y Chile, en 1987 se concreta en la ciudad de Mar del Plata la XVII Conferencia de Ejércitos Americanos, donde se insiste en la peligrosidad “de la acción subversiva inspirada en Antonio Gramsci”, que iría desde la educación y los medios de comunicación hasta las artes, la moral social, los centros de reflexión y el terreno religioso. Poco tiempo después, este temor volvería a ser expresado en el famoso Documento de Santa Fe II, generado nada menos que por un grupo de asesores del entonces presidente George Bush, en el que se advierte acerca de la intelectualidad que aspira a “formar o controlar el régimen” mediante la creación de “valores comunes hegemónicos”, y cuyo “principal teórico marxista innovador” no es sino Antonio Gramsci, quien “reconoció la relación entre los valores que el pueblo tiene y la creación del régimen estatizante” (Comité de Santa Fe, en Burgos, 2019, p. 152).

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La impostura gramsciana de la intelectualidad mileista

Pero más allá de estas y otras reapropiaciones y lecturas críticas de la obra de Antonio Gramsci realizadas por las derechas vernáculas, acaso una de las más originales y subversivas sea la que vienen produciendo en Argentina desde La Libertad Avanza, con Javier Milei a la cabeza. El autodefinido como “primer mandatario liberal-libertario del mundo” ha apelado en varias ocasiones al marxista italiano, ya sea para “denunciar” el adoctrinamiento por parte de profesores de la Universidad pública, investigadores de Conicet o artistas como Lali Esposito, quienes serían parte de una especie de ejército marxista -o enemigo interno- que aspira a implantar el socialismo “desde la educación, la cultura y los medios de comunicación”, o bien para postular la necesidad de emular la estrategia concebida por Gramsci entre rejas y lograr derrotar, mediante una batalla cultural sin cuartel, a las fuerzas de izquierda que han inoculado su ideología colectivista en vastos sectores de la población.    

Aunque puedan rastrearse otros antecedentes, el libro que fungió de material iniciático y resultó por demás exitoso en números de venta en Argentina fue sin duda El libro negro de la nueva izquierda, publicado en 2016 y escrito a cuatro manos por Nicolás Márquez y Agustín Laje. En su primera parte, redactada por Laje, se incluye un capítulo titulado “Del marxismo al postmarxismo”, donde se analiza lo que define como “revolución teórica de Antonio Gramsci”. De acuerdo a su lectura, el marxista italiano da un “paso cualitativo en lo que refiere al concepto de ‘hegemonía’”. Ella pone el énfasis en un accionar y lucha que hasta ese entonces había sido descuidado por la tradición de la izquierda, en tanto la disputa se produce “en un terreno de gran trascendencia: el de los valores, creencias, identidades y, en definitiva, el de la cultura” (Márquez y Laje, 2016, p. 34).

Agustín Laje reconoce que en Gramsci “la importancia de la batalla cultural” depende de “la confección de una ideología de signo contrario respecto de la dominante, que cuestione su ‘sentido común’, su forma de ver el mundo, su forma de organizar la sociedad, la economía, la política, la cultura” (Márquez y Laje, 2016, p. 35). A decir verdad, en su interpretación de la teoría de la hegemonía, a tono con las relecturas hechas por el posmarxismo de la mano de Ernesto Laclau, disocia la materialidad de las condiciones de existencia (algo clave que conecta el pensamiento de Gramsci con el de Marx) de la propia hegemonía, en la medida en que ésta “ya no se da en la transacción de intereses materiales”, a tal punto que dirá que “es el vínculo ideológico y no tanto el económico el que da sentido a la formación política hegemónica en Gramsci”.

Creemos que este es uno de los puntos más endebles de su apropiación del concepto, que por cierto parece estar permeada en grado sumo por la relectura hecha por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, a quienes analiza en detalle en ese mismo capítulo. De hecho, el propio Laje reconoce que es “bajo este paraguas teórico” que “la izquierda ha terminado por traer (…) a primer plano la relevancia de una lucha ideológica que ha determinado (…) el nacimiento de la batalla cultural” (Márquez y Laje, 2016, p. 42; cursivas en el original).

Hay que decir que si bien en este libro despunta una caracterización de la disputa hegemónica librada por lo que define como “nueva izquierda o neomarxismo”, que habría permitido el paso de la tradicional lucha de clases hacia una batalla cultural en la que “nuevos movimientos” tributarios de la “ideología de género” cobran cada vez más fuerza, sin embargo no despunta aún en él una propuesta ni utilización de la categoría gramsciana para proponer una estrategia propia desde la óptica derechista.

Será precisamente en La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, publicado a comienzos de 2022 y con una dedicatoria inicial “A los que están resistiendo”, donde Agustín Laje reivindique y desarrolle en profundidad una teoría sobre la batalla cultural desde el prisma neogramsciano que contempla una propuesta para -y desde- lo que define como “nueva derecha”. Allí afirma que para hablar de batalla cultural es necesaria la presencia de tres elementos: 1) en ella se lucha por dominar la cultura de una sociedad, siendo importante tanto el medio como el fin de esta disputa; 2) supone un conflicto de cierta magnitud, esto es, un combate por y en la cultura donde lo que está en juego es una transformación (o resistencia) significativa; 3) involucra un grupo consciente del cual surgen esfuerzos racionales para conseguir la victoria, es decir, la batalla se planifica y direcciona a partir de una estrategia y tácticas específicas (Laje, 2022, p. 38-39).

Dentro del último punto, se sitúan precisamente los intelectuales en tanto “líderes culturales” y “factores conscientes” de dicha batalla. Laje propone una tipología que, bajo la metáfora de una pirámide, permita desagregar -en distintos roles y posiciones- intelectuales de primer, segundo y tercer grado en la batalla cultural. Si en la cúspide se ubican por lo general filósofos o científicos, y en el centro intelectuales que “simplifican” u optimizan en términos académicos o investigativos la producción generada por los primeros, en la base se encuentran quienes tienen una función principalmente de difusión de lo gestado por la intelectualidad de primer y segundo grado, hacia un público o auditorio más “profano” (y que refiere a los “simples” en términos gramscianos).

Laje aclara que sería un error pensar que la pirámide de la batalla cultural finaliza su “descenso” con este intelectual de tercer grado, ya que sobre todo en las sociedades de masas, tienden a proliferar “ídolos populares, la farándula y sus estrellas, los entretenedores mediáticos y otros similares”, por lo que este nivel de la batalla cultural adquiere “una importancia gigantesca” (Laje, 2022, p. 151)[1]. De hecho, sugiere que “la política que viene” es aquella en la que la militancia y la acción, tanto espontáneas como organizadas, se desplazan con velocidad a lo que define como “nuevo espacio público digital” propio de la era de Internet y de las redes sociales.

De acuerdo a su lectura, Mayo de 1968 impuso a la cultura como centro gravitacional, apostando estas “nuevas izquierdas” a un proceso de largo plazo y más o menos difuso en términos de disputa política. Bajo una atmósfera progresista que pondera la subjetividad y los factores psicológicos, tanto la Escuela de Fráncfort como Foucault y particularmente Antonio Gramsci, serán las principales referencias teóricas de esta renovación, que implicará una “transición” hacia la “conflictividad cultural”, y traerá aparejado un predominio -o hegemonía según Laje- de aquellas izquierdas en el plano cultural y en los términos en los que se debaten las principales cuestiones de la agenda pública.

Por contraste, Laje considera que las derechas han subestimado a este terreno predilecto del progresismo y la izquierda woke, ya sea porque lo han ignorado “como locus de lo político” al desconsiderar la potencia agonista que en el propio campo cultural se viene desarrollando, o debido a que han reconocido “el conflicto cultural, pero reduciéndolo a su registro moral o religioso” (Laje, 2022, p. 456). En consecuencia, se torna clave lograr que las derechas asuman este reto y puedan articularse en términos políticos en torno a la batalla cultural.

Para ello, el primer paso es no renegar del significante “derecha”, sino más bien reapropiarse de él con tanto o más ímpetu que el motorizado por la izquierda, que según él lejos de negarse a sí misma asume su identidad e intenta imponer en la opinión pública sus ideas y contenidos, precisamente a partir de una constante batalla cultural. Aunque pueda resultar paradójico, es aquí donde Laje va a apelar a Gramsci y, sobre todo, a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, quienes desde una reinterpretación del marxista italiano van a plantear una propuesta de “construcción hegemónica” que es preciso retomar para forjar un “nosotros” que trascienda las identidades particulares de las diversas expresiones política de la derecha, que de acuerdo a Laje pueden sintetizarse en cuatro “tipos ideales”, a partir de la noción laclausiana de “demanda”, a saber: 1) liberalismo de derechas o libertarismo, que exigen una reducción sustantiva de las funciones estatales; 2) conservadorismo, que demandan una defensa de valores tradicionales e instituciones comunitarias; 3) tradicionalismo, que aspiran a reconstruir en el presente un orden premoderno, en clave confesional y monárquico; y 4) patriotismo, que reclaman la protección de la soberanía de la nación, aunque basándose en las particularidades culturales que dan unidad a su población (Laje, 2022, p. 457).

Este “nosotros” debería además definirse en forma proactiva y a partir de un núcleo de “coincidencias valóricas”, que trascienda el mero rechazo o la reacción ante el “ellos” que encarnan el progresismo, los feminismos y la izquierda woke. Más que estar en contra de, por ejemplo, la “ideología de género” o del aborto (algo de lo que por supuesto no reniegan), se trata de privilegiar aquello que anuda la cadena equivalencial, por caso estar a favor de la libertad religiosa y de la familia, o mediante una operación hegemónica autodefinirse como “pro-vida” o posicionarse como los partidarios de una memoria “completa” respecto del pasado reciente. Curiosamente, mientras las corrientes posmodernas e identitaristas han hecho gala de los “pequeños relatos”, la “micropolítica” y hasta una apología de la fragmentación, estas derechas radicalizadas se animan a “patear el tablero” e ir de los márgenes al centro y de lo particular a lo universal, aspirando a “retotalizar” lo atomizado, esto es, a ligar y componer una narrativa y un proyecto político de carácter hegemónico, que trascienda e inscriba las diferencias y parcialidades dentro de una voluntad colectiva de nuevo tipo.   

En las páginas finales de su libro, Agustín Laje sintetiza esta vocación hegemónica de manera tan sugerente como preocupante. Aunque un tanto extenso, vale la pena reproducir completo el párrafo en el que describe con lujo de detalles a qué aspira esta Nueva Derecha, que según él “podría conformarse en la articulación de libertarios no progresistas, conservadores no inmovilistas, patriotas no estatistas y tradicionalistas no integristas” (Laje, 2022, p. 484). La Nueva Derecha, afirma:

“tendrá que dar forma a su ‘nosotros’ en los varones cansados de la constante demonización de su sexo, pero también en las mujeres hastiadas de la recurrente y compulsiva victimización ideológica a cambio de privilegios legales; en los heterosexuales empujados por doquier a asumir culpas que no tienen, pero también en los homosexuales que se despiertan en la instrumentalización política que reduce su ‘orgullo’ a lo que hacen en sus camas; en los blancos a los que en tantos lugares se les está diciendo que su raza está maldita, pero también en los negros que se han dado cuenta de que nada bueno ha surgido de los odios y automarginaciones que el stablishment pretende instalarles; en los nacionales que ven cómo la inmigración descontrolada -e incluso fomentada en ciertas zonas- perjudica sus oportunidades laborales, destruye su cultura y vuelve más inseguros sus barrios, pero también en los inmigrantes que no tienen por qué aceptar que otros lleguen sin ni siquiera revisar los requisitos que ellos sí cumplieron; en los empresarios de todos los tamaños que no aceptan que las políticas socialistas destruyan las riquezas que generan para el recurrente beneficio de la casta política, pero también en obreros y trabajadores que no ven cómo las nuevas causas de las izquierdas, tales como el ‘lenguaje inclusivo’, el ‘cambio de sexo’ o la ‘dieta vegana’, pueden tener relación alguna con los problemas reales de sus vidas; en los religiosos y hombres de fe agotados de ser atacados, ridiculizados, silenciados y reducidos a la escoria de la sociedad moderna, y en los no creyentes que consideran que la libertad de culto es cosa importante, y que valoran las raíces judeocristianas de nuestra cultura; en los que jamás tuvieron participación política de ninguna naturaleza porque pensaron que la política era cosa de otros, pero también en quienes han terminado de hastiarse de los centristas bienpensantes que siempre gobiernan para la progresía, y en tantos otros que se animan a dejar atrás sus pasados izquierdistas; en los adultos horrorizados por los niveles de adoctrinamiento escolar, que claman desesperadamente por el derecho a elegir la educación de sus propios hijos, pero también en los jóvenes que van cayendo en la cuenta de que nada impuesto por la ONU, acatado a pies juntillas por los Estados, financiados por fundaciones como la de Soros, difundido por canales como CNN y apoyado por corporaciones que van desde Hollywood a Facebook, desde Google a Apple, puede ser algo verdaderamente ‘rebelde’ o ‘antisistema’” (Laje, 2022, p. 484-485).

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¿Un Gramsci con peluca?

A riesgo de sonar exagerada, podemos plantear como hipótesis de cierre que en tanto derecha radical y renovada, la intelectualidad orgánica mileista supo ampliar su lucha y, con espíritu gramsciano, se abocó en un primer momento a lo que definió como “batalla cultural”, para luego de construir un consenso relativo en amplios sectores de la sociedad (sobre la base de algunas ideas-fuerzas y consignas convocantes, que conectaron con malestares y temores reales en una excepcional coyuntura de hartazgo político, frustración y descalabro socioeconómico), dar paso a una guerra de maniobras que le permitió asaltar el poder gubernamental de forma estrepitosa en el 2023.

Esta nueva derecha, desacomplejada y en un comienzo operando por fuera de la academia y los grandes medios de comunicación, presumió leer a Gramsci de manera más certera: como un realista teórico del conflicto e intérprete de la política en tanto campo de fuerzas constituido por antagonismos y enemigos explícitos. Teniendo como punto de partida el reconocimiento de que se pertenece a un bando opuesto a otro, al que hay que combatir sin miramientos y con el ejercicio (o la amenaza) de la violencia si es preciso, esta ultraderecha desplegó acciones de “subversivismo reaccionario” en las calles en plena pandemia e inmediatamente con posterioridad a ella, irradiando y dotando de orientación estratégica a miedos y odio que afloraron en medio de una crisis casi sin precedentes, de forma tal que pudo capitalizar la confusión y polarizar a la sociedad, dando una “dirección” a esos sentimientos ambiguos y espontáneos teñidos de aspiraciones de cambio e indignación.

La ultraderecha “fagocitó” así las categorías gramscianas y las “tradujo” a su lengua franca, para reivindicar como fundamental a la lucha en ese territorio complejo y fluido que es la cultura, y en particular en los llamados “aparatos privados de hegemonía”. Entre ellos sin duda despuntan lo que hoy son las redes y plataformas digitales, aunque como han puesto en evidencia diversos estudios (Stefanoni, 2021; Forti, 2021; Semán, 2023), también supo dar pelea y lograr capilaridad en otros espacios relevantes de sociabilidad -eventos realizados en teatros, plazas y barrios, giras y caravanas, presentaciones masivas de libros, encuentros con influencers, canales de streaming, venta y difusión de merchandising de la batalla cultural derechista-, donde las nuevas generaciones se encontraron cara a cara, fortalecieron su identidad o bien tejieron comunidades virtuales para nutrirse de ideas y valores “políticamente incorrectos” y hasta “anti-sistema”.

Como es sabido, el progresismo se mostró azorado ante la rapidez con que La Libertad Avanza devino fuerza electoral. Pero sería importante que el árbol no nos tape el bosque: el mileismo no se agota en la histriónica figura individual -ni tampoco en el clan familiar- de Javier Milei. Arraiga en condiciones materiales de existencia, que se anudan orgánicamente con la hegemonía neoliberal, el punitivismo, la reacción conservadora ante la erosión de las masculinidades y los machismos flagelados por la irrupción del feminismo, la subjetividad emprendedurista que caló hondo en las clases subalternas sumidas en una precariedad cada vez más aguda, y en una ansiada libertad que distaba en tiempos de pandemia de ser algo antojadizo, todo ello sazonado con un cansancio ante piquetes o un pánico moral frente al caos socioeconómico y a una sensación de vulnerabilidad, desprotección y peligro acechante que se fue cocinando a fuego lento durante años. 

Un significante al que apeló tanto Milei como su mano derecha Patricia Bullrich, fue la idea omnipresente de la restauración o garantía del “orden”. Para la burguesía, más que al respeto de la legalidad, ella está asociada al disciplinamiento de la clase trabajadora y a la represión de cualquier atisbo de cuestionamiento radical del sistema de dominación. En efecto, como sugiere Rodrigo Nunes, el llamado al orden por parte de las ultraderechas “suele tener menos que ver con la aplicación de la ley que con la concesión del tratamiento especial a quien lo ‘merece’ -y la revocación de los derechos de quien no” (Nunes, 2022, p. 53). Por su parte, en el imaginario de sectores de la clase media pauperizada y de laburantes precarizades, este “orden” puede aludir a evitar ser robadas o violentadas, a reencauzar el desborde en las calles, garantizando la “libertad” de circulación, así como referir a la mentada y nunca alcanzada estabilidad monetaria, que permitiría dejar atrás la persistente inflación que les sumió durante años en una incertidumbre constante.

A nivel más general, para un porcentaje no desdeñable de la sociedad, este “orden” se tornó algo ansiado y urgente, para superar o al menos hacer menguar esa inflación tan prolongada como asfixiante, que descalabra la economía de millones de familias y pulveriza los salarios casi sin excepción. En este punto, no resulta azarosa la alusión recurrente, por parte de Milei, a aquella “estabilidad” lograda por el menemismo en los años noventa, y que constituyó la base material y columna vertebral de su mentada hegemonía neoliberal, aunque su contracara haya sido un ajuste estructural, privatizaciones en tiempo récord, “sálvese quien pueda” como sentido común y una desocupación galopante.  

Hasta hace poco, Milei parecía ostentar varios “atributos” que lo situaban como una referencia gubernamental que presumía cierto consenso social y político. Presentado como dique de contención ante el populismo peronista (en especial en su faceta kirchnerista, denostada como corrupta y privilegiada) y frente a una izquierda real o imaginaria en sus diversas encarnaduras y fantasmas (piqueteros, planeros, mapuches terroristas, feministas aborteras, etc.), pero también con un decisionismo y virulencia inexistentes en la otrora derecha “gradualista” encarnada por el PRO y Mauricio Macri. No obstante, un sector importante que lo votó y volvería a hacerlo no lo apoya tanto por su programa “anarcocapitalista”, sino debido su autenticidad y vocación “aceleracionsista”, por la frontalidad con la que dice combatir a la casta, y por ser la suya una propuesta que brinda expectativas y un sentido de futuro conectado con ansias de cambio genuinas, que por momentos se confunde con un brutal revanchismo de clase que “horizontaliza” el odio y convierte al diferente en amenaza potencial. Sumado a esto, el hartazgo y la bronca acumulados lograron ser capitalizados por alguien que fue percibido desde un comienzo como un “outsider”.

Aun así, parafraseando a ese atento lector del fascismo que fue José Carlos Mariátegui, a pesar de que sí pudo capturar esos “sentimientos de decepción”, Milei no ha logrado todavía extraer “de un estado de ánimo un movimiento político” (Mariátegui, 2026, p. 24). Su objetivo principal es provocar un quiebre en la relación de fuerzas actual que garantice la derrota estratégica de las clases subalternas y sus organizaciones populares, algo que por ahora no se produjo, salvo molecularmente. Pero a la vez, en un doble movimiento, pretende confinar a éstas a la “pequeña política”, reduciendo su margen de acción y capacidad imaginativa a la mera “intriga” y a una querella puramente parlamentarista, encapsulando a toda la oposición en el día a día institucional, de manera tal que asuma con resignación el orden dominante, intentando adecuarse a él más que enfrentándolo.

El horizonte último de esta verdadera “revolución pasiva” es generar nuevas condiciones duraderas para la explotación y dominación, de forma tal que se restaure plenamente el poder de clase, en sintonía con un cambio de época regional y global en el que las ultraderechas parecen tener la iniciativa y fungen de “caballo de Troya” de una contraofensiva reaccionaria que no reconoce fronteras. Tal como admitió el propio Milei en el discurso brindado el día que resultó electo presidente: “Los cambios son drásticos, no hay lugar para el gradualismo, no hay lugar para la tibieza, no hay lugar para medias tintas” (Clarín, 19/12/2023).

Sería un error considerar al gobierno de Milei como fuerte y estable. Por el contrario, signado por una crisis aguda tanto en términos socioeconómicos como en el plano de la representación política que aún no ha logrado suturar, la utilización creciente de la coerción (a través, sobre todo, de la implementación del denominado “protocolo anti-piquete”, que más allá de su carácter anticonstitucional ha implicado numerosas represiones a protestas protagonizadas por las y los jubilados los miércoles en Plaza Congreso, pero también por movimientos populares, sindicatos, trabajadores despedidos, estudiantes y demás sectores perjudicados por las políticas de ajuste, que se manifiestan en las calles) evidencia, al decir de Antonio Gramsci (1999), que estamos en presencia de un Estado débil en términos hegemónicos, que más bien se asienta en lo que René Zavaleta (1989) caracterizó como hegemonía negativa, en la medida en que se prioriza la reproducción de estructuras de dominación, un frágil y parcial consenso pasivo y una “construcción autoritaria de las creencias”.

Del desenlace de este escenario inestable, contradictorio y pendular, dependerá si estamos en presencia de un proyecto refundacional de carácter “orgánico”, o más bien ante un fenómeno circunstancial y episódico que será dejado atrás en el corto plazo, más allá de lo monstruoso y traumático de la experiencia. La moneda aún está en el aire. Lo que no cabe como opción en medio de este atolladero es el “indiferentismo político”, actitud tan certeramente odiada por aquel joven e inquieto periodista sardo de La Ciudad Futura.

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[1] Para ello, cita un conocido y sugerente fragmento de los Cuadernos de la Cárcel (en rigor, tomado no de ellos en sentido estricto como fuente, sino de una escueta selección de textos de Gramsci) en el que el marxista sardo advierte que “crear una nueva cultura no significa solo hacer individualmente descubrimientos ‘originales’, significa también y de manera especial difundir críticamente verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’ por así decir y hacer que se conviertan, por tanto, en base de acciones vitales, elemento de coordinación y de orden intelectual y moral” (Laje, 2022, p. 150).

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