La vida de Carlos Mugica estuvo atravesada por una decisión que nunca abandonó: poner la fe al servicio de los humildes. Nacido en el seno de una familia acomodada de Buenos Aires, hijo de un dirigente conservador y criado lejos de las privaciones populares, terminó encontrando en las villas y en las luchas del pueblo trabajador el verdadero sentido de su sacerdocio. Allí, entre pasillos estrechos, casas de chapa y necesidades urgentes, construyó una de las experiencias más profundas del cristianismo popular latinoamericano.
Su acercamiento al peronismo no fue inmediato. Durante años se definió como antiperonista, hasta que el golpe de 1955 y los bombardeos sobre Plaza de Mayo modificaron su mirada para siempre. “Me di cuenta que en la Argentina los pobres son peronistas. Y que eso no es una casualidad. Y tampoco un dato más. Ellos creen en Dios, pero ellos también creen que políticamente hubo un tiempo mejor y que nuevamente vendrá un tiempo mejor, y ese recuerdo y esa esperanza se llama Peronismo”.
Para Mugica evangelizar no podía significar únicamente predicar desde el altar. Su trabajo en la Villa 31, en la pequeña capilla Cristo Obrero, convirtió a Mugica en uno de los símbolos más fuertes del compromiso social de la Iglesia latinoamericana. Bautizaba, casaba, confesaba y celebraba misa, pero también organizaba a los vecinos y acompañaba las necesidades concretas de quienes sobrevivían en la marginalidad. Tenía claro que la pobreza no podía separarse de su misión cristiana. Por eso repetía: “antes de hablarle de Dios a una persona que no tiene techo es mejor conseguirle un techo, es decir que conseguirle techo a una persona ya es hablarle de Dios”.
Su opción por los pobres también lo acercó a los procesos revolucionarios que atravesaban América Latina durante los años sesenta y setenta. Formó parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y acompañó las experiencias militantes de una juventud que buscaba transformar radicalmente la sociedad argentina. Como asesor espiritual de campamentos solidarios conoció a jóvenes como Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y Mario Firmenich, futuros fundadores de Montoneros.
Tras el asesinato de Abal Medina y Ramus en septiembre de 1970, perseguidos por la dictadura de Levingston luego del secuestro y ejecución de Pedro Eugenio Aramburu, Mugica celebró una misa para su despedida. El sacerdote reivindicó el compromiso militante de aquellos jóvenes revolucionarios y afirmó: “No puedo sino pronunciar unas palabras de despedida para quienes fueron mis hermanos Carlos Gustavo (Ramus) y Fernando Luis (Abal Medina), que eligieron el camino más duro y difícil por la causa de la dignidad del hombre. No podemos seguir con indefinición y con miedo, sin comprometernos”.
Mugica nunca abandonó su identidad sacerdotal. Su idea de transformación estaba atravesada por el humanismo cristiano y por una profunda sensibilidad popular. En una entrevista televisiva sostuvo: “los únicos que han cambiado el mundo han sido los idealistas. El más grande de todos los idealistas ha sido Jesucristo que soñó que un día los hombres todos íbamos a dejar de ser pecadores y dio la vida por ello. Yo creo que el que no es idealista es un cadáver viviente”.
Su compromiso político y social lo convirtió rápidamente en un enemigo de la derecha peronista. El 11 de mayo de 1974 fue asesinado a balazos al salir de la parroquia San Francisco Solano, en Mataderos. Tenía 43 años. El testimonio de Ricardo Capelli, su colaborador y amigo, que también resultó herido en el atentado, permitió reconstruir los últimos minutos del ataque. Capelli declaró haber visto dentro de la iglesia a Rodolfo Almirón, integrante de la Triple A y hombre cercano a José López Rega, a quien señaló como autor de los disparos que terminaron con la vida de Mugica.
A cincuenta dos años de su asesinato, la figura de Carlos Mugica continúa siendo símbolo de fe y compromiso con los pobres y de una militancia atravesada por la solidaridad, la justicia social y la entrega al pueblo. Su vida dejó una marca profunda en las villas, en el movimiento popular y en las generaciones futuras que encuentran en la fe una herramienta para transformar el mundo.
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