Salir al sol

Por Mercedes Ferrero y Sergio Job.

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“¿por qué hay tantos hombres y tantas mujeres tristes en el país?

¿por qué a cierta hora del día parece que un oleaje de tristeza fuera a arrasar la ciudad?

¿por qué tanta gente sale por sus ojos así o saca por sus ojos tristeza?

¿por qué esa tristeza golpea de noche las ventanas?”

Juan Gelman

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 “Nada grande se puede hacer con la tristeza. Desde la ciencia al deporte, desde la creación de la riqueza a la moral patriótica, el tono está dado por el optimismo o por el pesimismo. Nos quieren tristes para que nos sintamos vencidos y los pueblos deprimidos no vencen ni en la cancha de fútbol, ni en el laboratorio, ni en el ejemplo moral, ni en las disputas económicas… Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”.

Arturo Jauretche

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Hace ya un tiempo que venimos registrando con preocupación la avanzada de un sentimiento paralizante de derrota entre sectores de la militancia popular, política y de los movimientos sociales: compañeros y compañeras que han sido protagonistas de procesos organizativos y ciclos de lucha de los más dinámicos y potentes de las últimas décadas, que van siendo progresivamente “tomados” por la desesperanza, el posibilismo o la cerrazón del no-hay-salida. Nos propusimos la tarea algo sistemática de salir a visitar, escuchar, preguntar, acompañar; y en muchos casos nos encontramos con militantes perplejos, capturados por un estado emocional y mental de confusión, irresolución y pérdida, que amenaza con volverse una militancia del derrotismo. Esa es una malísima noticia para nuestro pueblo, en este contexto de crecimiento exponencial del ajuste y la crueldad. 

Nadie niega que sea difícil mantenerse en pie a la intemperie en medio de la tempestad, con la precariedad más absoluta y generalizada golpeando nuestra existencia personal y colectiva, consumiendo nuestra energía vital y esclavizándonos al trabajo enajenado y/o las deudas. Es cierto también que es un momento complejo; cinco décadas de neoliberalismo se encargaron de sedimentar el sálvese quien pueda y de engendrar resentimientos horizontales y microfascismos. Y a simple vista parece haber poca disponibilidad social para procesos de transformación, de defensa de la dignidad y la comunidad, de lucha por la justicia social y ambiental, de organización de la solidaridad.

Pero justamente por eso, este tiempo nos necesita aguerridas y -como diría John Berger- con la esperanza entre los dientes. ¿Qué nos pasa que muchos no logran salir del agobio y el derrotismo? 

Hace ya algunos años que Raquel Gutierrez Aguilar (2020), junto a otras intelectuales orgánicas de los pueblos, vienen advirtiendo sobre la producción planificada de opacidad como una estrategia de contrainsurgencia del poder en nuestros territorios. Lo que supone una operación de desestructuración sistemática de la posibilidad de hilar con sentido y codificar lo que nos sucede (mientras las violencias se extienden de manera explícita y difusa al mismo tiempo); y, con ello, el desarme abrupto de las capacidades políticas, que dificulta nuestra formulación y activación de respuestas sostenidas, efectivas. Este nos parece un aspecto clave, que suma a la precarización generalizada a la que nos exponen, la incertidumbre y el desconcierto social permanente, la ruptura del sentido común y de los horizontes predictivos de futuro. Alvaro García Linera (2023), por su parte, habla de un tiempo interregno o liminal que –entre otras cosas- se caracteriza por escenarios de perplejidad cognitiva. Ya Hannah Arendt, en su clásico “Los orígenes del totalitarismo”, señalaba que lo que diferencia una dictadura o régimen autoritario extremo del totalitarismo, era que este presenta una forma radicalmente nueva que rompe las herramientas analíticas tradicionales, el juicio, la moral y el sentido común, lo que nos lleva a la renuncia de la búsqueda de comprensión y entendimiento, y a una consecuente no acción política o “apolitización”.

Sumado a ello, sostenemos que en el presente, la ofensiva del capitalismo autoritario contra los pueblos se sirve de las emociones y los afectos como dispositivos de gobierno y herramientas políticas de primer orden. En nuestro tiempo, lo emocional ha dejado de constituir sentimientos privados o vivencias personales, para organizar economías afectivas que sostienen al poder y que alinean los cuerpos y sujetos, legitimando dominaciones, privatizando conflictos, acallando disidencias (Sara Ahmed, 2015). De allí que la gestión del miedo, de la frustración, del desencanto se hayan vuelto instrumentos centrales en la organización de nuestras sociedades. Y es que las emociones se materializan en prácticas sociales que organizan el mundo y las relaciones sociales, en infraestructuras de encierro y privatización y un largo etcétera. También conllevan efectos sin los cuales ya no es posible dar cuenta de los procesos políticos contemporáneos. 

En suma, nos parece clave entender que el ataque en el plano de la racionalidad y el entendimiento, característico de la opacidad estratégica, se completa con una dinámica planificada de sometimiento que actúa sobre el plano afectivo. Y aquí el llamado de atención que queremos hacer es el siguiente: según nuestro diagnóstico, hoy el gobierno, mediante las emociones, tiene una expresión específica en el desarme de la militancia y la extensión del derrotismo como pasión reinante entre los sectores (otrora) dinámicos -y dinamizadores- de la resistencia, la organización, la participación social y política. Asistimos a una guerra abierta contra la moral militante que no representa un aspecto menor sino un engranaje crucial de la maquinaria de desestructuración de las capacidades políticas de quienes buscamos un Buen Vivir, un bien común, con justicia social y ambiental (para decirlo de un modo resumido).

Ser conscientes de esta particular forma de ataque y dar una batalla inteligente y sentida contra ello es fundamental para poder retomar un camino de construcción y lucha articuladas, efectivas, sostenidas. Se trata de un desafío complejo, porque requiere procesos personales y colectivos acompasados; en donde cada una/o pueda enfrentarse a sus propias frustraciones personales-políticas y reconducir los malestares en un sentido constructivo, y donde a la par sepamos construir entramados comunes o máquinas de militancia que nos permitan recuperar iniciativa, hacer planificado e inteligencia colectiva, mientras le damos un marco de razonabilidad sanadora al desborde y la implosión emocional. 

El poder corporativo y tecno-financiero que gobierna nuestro país construyó una aplanadora discursiva y cultural que busca hacer aparecer como disvalores y aspectos detestables algunos de los valores humanos más profundos que compartimos como pueblo: la solidaridad, el amor social, la empatía, la justicia social, la entrega desinteresada para construir lo que nos une y nos hace felices en común. Este asedio se apoya fuertemente en la digitalización de la política y en un sinfín de operaciones capilares y cotidianas de producción de indolencia y deshumanización. Su estrategia va desde los ejércitos de trolls y los linchamientos digitales, hasta la destrucción acelerada de las políticas públicas e infraestructuras de cuidado y sostenimiento de la vida y de los trabajadores, que habíamos logrado en años de esfuerzo y lucha colectiva. 

Como parte de la operación, la disrupción digital nos impide conectar con las personas, los territorios, los procesos. La mediación digital de la política impone una inmediatez inconducente y una inflación informativa sin brújula para distinguir lo nodal del show. Pero además, en no pocos casos, reduce y degrada la “militancia”  a un activismo en redes sociales. En paralelo, la individualización y nuclearización de la vida nos encierra, nos autocentra y nos hace perder la real dimensión de los malestares (los propios y los sociales). En ese marco, la desubjetivación militante, la pérdida del sentido de propósito y de proyecto común, el desconcierto y el derrotismo están a la orden del día y se vuelven asfixiantes (o hartantes, dependiendo para quién). 

Además, en buena medida, el sometimiento afectivo de los y las militantes sobre el que queremos advertir está fagocitando las herramientas y dimensiones analíticas que utilizamos para valorar, sopesar y diseñar las tácticas y estrategias de los sectores populares en la lucha contra el poder concentrado, que hoy se expresa en esta derecha deshumanizante, en permanente iniciativa política y frágil equilibrio inestable. En muchas conversaciones con compañeros/as militantes notamos que las emociones se comen todo –lo decimos sin juicio, con intención de abrir una reflexión colectiva-: no hay comprensión profunda ni sistémica ni geopolítica; escasean los análisis multidimensionales; el materialismo histórico permanece ausente. Así, terminamos explicando nuestros retrocesos, no por la efectividad de la estrategia de nuestros enemigos, no por una lectura de la relación de fuerzas, sino dándonos latigazos por nuestros errores o limitaciones militantes (vaya lógica de responsabilización neoliberal: los militantes y las organizaciones de abajo como los culpables de la malaria) y entristeciéndonos. Porque además, las emociones “que se comen todo” son justamente las pasiones tristes que el poder activa para gobernarnos y que generan una creciente desmoralización militante: frustración, desazón, sinsentido, pérdida de amor propio, angustia paralizante, ansiedad, depresión. Es sintomático que, a más de 2 años de gobierno libertario, sigan primando las afirmaciones tremendistas, las profecías derrotistas autocumplidas, los giros intempestivos como parte de una montaña rusa de sensaciones. A eso es que llamamos: militancia del derrotismo.

Claro que cómo nos sentimos es importante para organizarnos, claro que la autocrítica -individual y colectiva- es fundamental. Ambas cosas son políticamente vitales. Pero el giro afectivo y la introyección del odio enemigo nos tiene bastante desequilibrados y es importante que podamos volver “al eje”. Están siendo terroríficamente efectivos en algunos planos, sí. Pero justamente por eso es imperioso no rendirse, salir de la habitación llena de humo, volver a respirar aire puro, reconectar, despejar las ideas y recuperar las convicciones y los sentimientos más profundos que nos llevaron a hacer una opción de vida militante. Estamos colectivamente presas de una operación de la que somos capaces de salir si cultivamos la memoria y la esperanza. Para revertir el sometimiento afectivo, necesitamos recuperar las armas de la crítica, activar el sentir genuino, el deseo resistente, la voluntad y disciplina militante, la alegría que genera la resistencia popular, el impulso que es ganarles alguna a los forros que concentran el poder.

Quienes hemos sido parte de la resistencia al neoliberalismo menemista, protagonistas del 2001 y luego constructores de los movimientos sociales, tenemos la responsabilidad de salir al encuentro, al diálogo y a la discusión con la compañerada que anda de capa caída analizando el momento como si estuviera estaqueado en un paisaje de presente infinito desolado e infértil. La generación protagonista de la recuperación democrática y las primeras luchas por tierra y pan; quienes vivieron la Resistencia Peronista con sus persecuciones, cárceles y fusilamientos; quienes sobrevivieron a la oscura noche de la última dictadura cívico-militar: tienen un papel que jugar, es necesario que salgan a hablar, a contar, a explicar. En ninguno de los casos desde la añoranza estéril ni la nostalgia retro, sino desde el hilvanar quipus con la perspectiva histórica de la lucha por la justicia social y la soberanía nacional del gran pueblo argentino y los pueblos nuestroamericanos. Y esto no significa no tomar nota de las profundas modificaciones (casi fracturas en algunas dimensiones) socio-culturales que hemos vivido desde el ´76 a esta parte, y de modo más acelerado desde la crisis financiera del 2008. Implica sí, situar esa radiografía en el largo devenir de un pueblo, con sus idas y vueltas, con sus luces y sombras, y sobre todo claroscuros. 

Este es un llamado a la militancia histórica de los movimientos, a despertar, a abrazar la desesperación de nuestro pueblo y unir esfuerzos con aquellas que, con los pies en el barro, siguen sosteniendo a diario iniciativas sociales, políticas y económicas de cuidado de la vida, de solidaridad, de formación, de lucha. No es cierto que el saldo organizativo de estas décadas sea cero, no es cierto que los movimientos sociales hayamos desaparecido ni que toda la compañerada se haya vuelto a su casa y a la individual. Ese es el relato del derrotismo. 

Es una invitación también a esos cientos de jóvenes lúcidas y valientes que abundan por las aulas, calles, plazas, redes, a que se junten con dos o tres más, que impulsen núcleos/brigadas de acción, de solidaridad, de organización. Sepan que quienes venimos andando les vamos a acompañar desde el respeto, si es que así lo quieren. Aprovechen el piso construido (no todas las generaciones pasadas tuvimos esa suerte, algunas sólo tuvimos el vacío de las desapariciones y la tierra arrasada detrás nuestro). Sepan que en cada territorio hay personas de buena voluntad que, en la medida de sus posibilidades, siguen construyendo el bien común. En muchísimas comunidades siguen activas un sinfín de iniciativas socio-comunitarias y culturales, espacios de cuidado, unidades productivas, herramientas de formación; hay que acompañarlas, abrazarlas, auparlas, dinamizarlas, politizarlas, pero están, por todos lados, sólo hay que saber mirar. 

Tenemos que recuperar y ensanchar el tiempo colectivo, y para eso es clave que quienes están pasivos retomen la acción a costa de errar, que se animen a intentar aunque no encontremos efectividad inmediata, que recordemos juntos/as que las transformaciones visibles aparecen luego de hondos procesos y que dependen de voluntades personales que se enlacen en objetivos comunes. Necesitamos volver a confiar en la memoria histórica y en las reservas de dignidad de nuestro pueblo. Hoy nos toca construir afectividades revolucionarias, con valentía y fortaleza comunitaria; para hacer frente también a ese plano de la batalla. Ojalá entrenemos la escucha y la mirada, porque el resguardo y reconstrucción de lo común, el espíritu de lucha, la organización popular siempre (re)nacen desde el nivel subterráneo. Está pasando, y donde no, hay que activarlo; es vital que la militancia vuelva a conectar con esos procesos. No basta con sentir y “reaccionar”, es preciso recuperar presencia, poner el cuerpo y construir enlazamientos colectivos, estrategias y acciones comunes. Parafraseando al Comandante Hugo Chávez: dejemos el pesimismo para momentos mejores.

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Bonus track: Recomendaciones para salir del derrotismo y el agobio de la desesperanza

A continuación enumeramos una serie de tips que pueden servir para cargarse de alegre y vital rebeldía, de fortaleza espiritual y emocional, de herramientas para comprender un poquito mejor lo que viene pasando:

  1. Aléjese lo más que pueda de las redes sociales. Son una perdición de tiempo y una aspiradora energética.  
  2. Júntese con otros y otras. Dese tiempo para el encuentro cara-a-cara, comparta unos mates.
  3. Vaya con algunas otras a hacer algo por otros, lo que sea: apoyo escolar en un club o salón comunitario, un espacio de infancias, una huerta comunitaria, un roperito, un taller de macramé o de trap, da igual, oblíguese a hacer algo por otros junto a otras.
  4. Si lo anterior puede inscribirse o tejerse en un sentido estratégico transformador para esta parte del mundo, tanto mejor.
  5. a) elija una play-list rockera de los 90 y dosmil, que incluya sí o sí a Todos Tus Muertos, La Renga, Gardelitos, Callejeros, La Bersuit y alguno que otro; b) ponga muy alto el parlante; c) cante y sale como loco un rato. Si usted es más joven, elija la música que le devuelva a la vida.
  6. Descanse. Los hermanos mapuches hablan del  Küme Ürkütuan (descansar bien/buen descanso), sostienen que nadie puede ver claro con el cuerpo y espíritu cansado. Y todo guerrero necesita una pausa sagrada.
  7. Insistimos: aléjese lo más que pueda de las redes sociales. Son una perdición de tiempo y una aspiradora energética.  
  8. Lea, estudie, busque comprender en profundidad algún aspecto de la realidad que le interese. No se prenda en la discusión de moda en tal o cual red. No repita frases descontextualizadas y superficiales como modo de respuesta automática a cualquier gil que diga cualquier pavada. 
  9. Baje el dedo acusador y deje de buscar culpables entre sus pares ni en el espejo.
  10. Abrace a la gente que quiere.
  11. Encuéntrese parte de la naturaleza, conecte, reconózcase ecodependiente y acepte que lo vital es lento. Vaya al río y la montaña.
  12. Ríase a diario, recupere el humor.
  13. Lea los siguientes poemas: Cambios de Juan Gelman, Mi patria está viva de Roberto Santoro, La pura verdad de Paco Urondo, La mira del señor de Gonzalo Arango, Poema 28 de Punctum de Martín Gambarotta.
  14. Lea literatura: Cortazar, Lamborghini (cualquiera de los dos o ambos), Cabezón Cámara, Andrés Rivera, Osvaldo Soriano.

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