Por Miguel Mazzeo
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Amauta, a cien años. La elección de un destino
En el mes de Amauta, todos los jueves y sábados de septiembre estaremos publicando las distintas partes de este texto homenaje escrito por Miguel Mazzeo.
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PARTE 4. Antecedentes, intuiciones e indicios de un nombre
Tal vez Mariátegui intuyó el nombre de su revista mucho antes de septiembre de 1926. De algún modo, lo había elegido casi diez años antes cuando identificó un “renacimiento peruano” en el sentido de un movimiento cultural extenso y transicional, que proponía un retorno a las fuentes clásicas, al igual que el renacimiento europeo de los siglos XIV y XV. Eran los tiempos postreros de su “Edad de piedra” (denominación que nos parece cada vez más injusta, cada vez más injustificada e insostenible, más allá de las apreciaciones del propio Mariátegui). Faltaban pocos meses para el estallido de la revolución rusa y Mariátegui en el diario El Tiempo, Lima, un 25 de abril de 1917, publicaba su breve y rotundo artículo “Minuto Solemne”, donde adelantaba estos tópicos. Sin dudas, Mariátegui develó el código Amauta antes de 1926, fue soltando los indicios de a poco.
Tal vez, sin saberlo, ese nombre se le había impuesto cuando se sintió interpelado por la rebelión del Sargento Teodomiro Gutiérrez Cuevas, alias Rumi Maqui, y su proyecto de restauración del Tahuantinsuyo, en 1915, en Puno. El tema de la “revolución incaica” (la carga simbólica de la figura, más no su literal viabilidad) y, sobre todo, la temprana sugerencia de resignificación de lo incaico en clave “moderna” propuesta por Mariátegui, contenían, in pectore, el nombre Amauta.
En “Nacionalismo y Vanguardismo”, texto esencial del mariateguismo publicado en Mundial, el 27 de noviembre de 1925, decía: “La reivindicación capital de nuestro vanguardismo es la reivindicación del indio. Este hecho no tolera mistificaciones ni consciente equívocos”, y agregaba: “el problema indígena se presenta como el problema de cuatro millones de peruanos. Expuesto en términos nacionalistas […] se presenta como el problema de la asimilación a la nacionalidad peruana de las cuatro quintas de la población del Perú”. Este artículo presenta algunos de los principales fundamentos del nombre Amauta. Por ejemplo; cuando dice que: “este indigenismo no sueña con utópicas restauraciones. Siente el pasado como raíz, pero no como un programa. Su concepción de la historia y de sus fenómenos es realista y moderna”, o cuando afirma: “en nuestros pueblos, el socialismo adquiere, por la fuerza de las circunstancias, sin renegar de ninguno de sus principios, una actitud nacionalista”.
La reivindicación de Mariátegui trascendía el “multiculturalismo”, la reivindicación hipócrita de la diversidad cultural y toda estrategia de asimilación a los referentes de la sociedad dominante y a la cultura hegemónica, entre otras cosas porque identificaba un “núcleo duro” de la “peruanidad”; es decir, reconocía un fundamento indígena de la peruanidad que iba de la mano de la recuperación de un pasado negado y de una historia escamoteada. Asimismo, trascendía el multiculturalismo porque no planteaba ninguna integración subordinada, no apelaba a un artificio retórico-telúrico; a ninguna “especulación literaria” o “pasatiempo romántico”, para decirlo con sus propias palabras. En el artículo antes citado, Mariátegui afirmaba: “Los indigenistas revolucionarios, en lugar de un amor platónico al pasado incaico, manifiestan una activa y concreta solidaridad con el indio de hoy”. He aquí una reflexión insoslayable a la hora de explicar la elección del nombre Amauta. Solo seis letras bastaron para expresar una síntesis de nacionalismo peruano, indigenismo y socialismo. Tengamos en cuenta que Mariátegui propuso estas definiciones tan categóricas unos pocos meses antes del lanzamiento de la revista.
La crisis mundial como fórmula que hacía referencia a todas las crisis entrelazadas, seguramente, reforzó la opción por el nombre Amauta. Para Mariátegui, la crisis mundial era una crisis del sistema capitalista, por lo tanto, presentaba múltiples dimensiones: era una crisis económica, política e ideológica (hoy diríamos: “civilizatoria”). Amauta era el nombre adecuado para una revista cuyo mentor estaba convencido del colapso del racionalismo, el historicismo y el positivismo; de la debacle del orden burgués en todos los frentes. El nombre Amauta venía a representar, precisamente, todo aquello que estaba en alza.
La perspectiva de Mariátegui, romántica de izquierda (al decir de Michel Löwy en su obra Por un socialismo indoamericano. Ensayos escogidos de José Carlos Mariátegui), se diferenciaba del romanticismo reaccionario, detractor “por derecha” de Occidente, promotor de retornos a la edad media. Mariátegui estaba convencido de que el mundo ingresaba en una época signada por el protagonismo de las masas populares en la historia: masas obreras y campesinas, tanto de los países centrales como de los periféricos; masas indígenas en el Perú y en el resto de Nuestra América. Una idea que, con altibajos, con picos muy altos en las décadas de 1920 y 1930 y en las de 1960 y 1970, conservó su vigencia durante casi todo el siglo XX. Se trataba de la “hora de los pueblos”, de la “era de las multitudes”.
Obviamente, no hubiese sido posible el nombre Amauta sin la utopía andina de Rumi Maqui, sin la idea de la revolución incaica y sin la identificación, por parte de Mariátegui, de ese núcleo duro de la peruanidad que mencionábamos. No hubiese sido posible el nombre Amauta sin el “renacimiento peruano”, sin el congreso indígena de 1921 y sin la posterior constitución del “Comité Pro Derecho Indígena Tahuantinsuyo”.

No hubiese sido posible el nombre Amauta sin la peculiar historia de la lucha de clases y de las luchas anticolonialistas del Perú, esto es: sin la tradición de lucha campesina-indígena contra los gamonales y por la tierra; sin las sublevaciones de La Mar y Huancané de 1923, entre otras. Por eso, el abordaje clasista (además de cultural-identitario) del tema indígena tiene una presencia relevante en Amauta; tanto que, a partir del número 5, de enero de 1927, se insertó en las páginas de la revista el “Boletín de Defensa del Indígena” con el rótulo: “El proceso al gamonalismo”. No hubiese sido posible el nombre Amauta sin la rebelión de Tupac Amaru II de 1780.
Al mismo tiempo, resulta válida la pregunta: ¿hubiese sido posible ese nombre sin la retórica pro-indigenista que caracterizó al régimen de Augusto Leguía (1919-1930)? El mismo Leguía que le había impuesto a Mariátegui el exilio-beca y que luego se dedicó a acosarlo, a él, personalmente, y a sus proyectos político-culturales-editoriales, especialmente a Amauta. Cabe tener presente que Amauta fue clausurada por el gobierno de Leguía al llegar al número 9, en mayo de 1927 y que debió esperar hasta diciembre para retomar con el número 10. La excusa había sido la existencia de una “complot comunista” en contra del dictador, del que, supuestamente, Mariátegui y Amauta formaban parte. Obviamente, la acusación era infundada. En esos meses, que incluyeron la detención y encarcelamiento de Mariátegui, se pensó que la experiencia de Amauta había llegado a su fin, pero aún quedaba un trecho importante por recorrer.
Tampoco hubiese sido posible el nombre Amauta sin la creación, en 1924, de la Alianza Popular Revolucionara Americana (APRA), de la que Mariátegui formó parte junto a Víctor Raúl Haya de la Torre. Pero, tampoco hubiese sido posible ese nombre sin los congresos de la Internacional Comunista, en especial los primeros cuatro de 1919, 1920, 1921 y 1922. No hubiese posible el nombre Amauta sin la tensión entre el APRA y la Internacional Comunista; sin la polémica entre Mariátegui y Haya de la Torre que, si bien se desarrolló entre 1928 y 1930, presentaba antecedentes. Cabe recordar la fuerte presencia de figuras claves del aprismo en los primeros números de Amauta: Antenor Orrego o Manuel Cox, por ejemplo y, por supuesto, el propio Haya de la Torre que, en el número 8 de abril de 1927, publicó su artículo “El sentido de la lucha antiimperialista”.
El nombre Amauta sería impensable sin la existencia en el Perú profundo de “arraigados hábitos de cooperación” y sin las “instituciones de tendencias colectivistas” que se mencionan en “El problema de las razas en América Latina”, una de las tesis presentadas en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, en Buenos Aires, en junio de 1929.
El nombre Amauta hubiese sido inviable sin las revoluciones rusa y mexicana; sin la sucesión de fundaciones de partidos comunistas en todo el mundo, especialmente en Nuestra América; sin el desarrollo de las corrientes que buscaron articular la modernidad al nacionalismo y, en buena medida, dieron origen a la tradición del nacionalismo popular. En el mismo sentido, el nombre Amauta hubiese sido inviable de no mediar, tanto en el Perú como en muchos países de Nuestra América, el proceso signado por el ascenso de las clases medias y por el crecimiento de la matricula universitaria (que impulsó el movimiento reformista de 1918) que mencionábamos antes.
¿Hubiese sido posible el nombre Amauta sin los osados acontecimientos del año 1922? Sin la Semana del Arte Moderno de São Paulo, Brasil; sin César Vallejo y su Trilce; sin Oliverio Girondo y sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; sin Gabriela Mistral y su Desolación; sin James Joyce y su Ulises. En el año 1922, Diego Rivera pintó su primer mural, La creación, fundó el Sindicato de Pintores y viajó a Tehuantepec en búsqueda de la materia que terminaría definiendo lo esencial de su arte. ¿Acaso no existen vasos comunicantes entre estos acontecimientos de la vida de Rivera y el nombre Amauta?
¿Hubiese sido posible el nombre el nombre Amauta sin la captura de Vladivostok por parte del Ejército Rojo, el 25 de octubre de 1922?
¿Hubiese sido posible el nombre Amauta sin la XII Exposición Internacional de Arte de Venecia de 1920 que Mariátegui visitó? ¿Hubiese sido posible el nombre Amauta sin El gabinete del Doctor Caligari, película dirigida por Robert Wiene y sin Nosferatu, película dirigida por Friedrich Wilhelm Murnau? ¿Hubiese sido posible el nombre Amauta sin Marc Chagall y Vasili Kandisky, sin Oleksandr Archipenko y Jean Arp, sin Erwin Piscator y Max Reinhardt?
Lo afirmamos sin ambages: sin estos antecedentes, directos e indirectos, Amauta no hubiese no existido y Mariátegui no hubiese sido quien terminó siendo. De eso estamos seguros.
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PARTE 1. El arte de proveer identidad a través de las palabras
PARTE 2. Decir Amauta. Conjurar la modernidad a través de la mezcla
PARTE 3. Amauta en el tiempo de la desmesura: el clima de posguerra
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