|Ilustración: Brutta
|Escribe: David Pike Lizárraga ‌ ‌

A principios del siglo XX, los primeros de mayo no eran días de celebración, eran días de lucha. Así lo había establecido la Primera Internacional y así se desarrolló en gran parte del mundo. Y en nuestro país especialmente, donde el movimiento obrero era hegemonizado por las tendencias revolucionarias, particularmente por el anarquismo.

Aquel primero de mayo de 1909 no sería uno más, daría inicio al primer hito de la clase trabajadora argentina que pasaría a la historia con el nombre de Semana Roja . Claro que el color elegido no se debió a la identidad revolucionaria del movimiento, sino a la sangre derramada por los trabajadores. La venganza no se hizo esperar, el 14 de noviembre de ese mismo año Simon Radowitzky la haría estallar.

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Este día internacional de lucha comenzó en la Ciudad de Buenos Aires con dos movilizaciones y una conferencia. El Jefe de Policía del presidente Figueroa Alcorta, Ramón Falcón , eligió a sus enemigos y descargó contra una de las movilizaciones la violencia de la oligarquía y su Belle Époque, embellecida en la actualidad por los propagandistas del sistema.

A Plaza Colón se dirigió la movilización convocada por el reformista Partido Socialista, que había anunciado la palabra de su célebre diputado Alfredo Palacios. En un club céntrico realizaría una conferencia la Unión General de Trabajadores (UGT) conducida por el Sindicalismo Revolucionario, una de las tendencias más importantes del movimiento de trabajadores argentinos anterior al peronismo y a la cual no se le ha reconocido el peso que tiene en nuestra historia .

La otra movilización, aquella donde descargaría la violencia Falcón en nombre del Estado, sería la del anarquismo. Este movimiento revolucionario dirigía la central de trabajadores de más peso del momento, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). Aquel primero de mayo, se movilizaba desde Plaza Lorea por Avenida de Mayo cuando fue recibido a descarga de máuser por los asesinos uniformados bajo las órdenes de Falcón.

Más de una decena de obreros quedaron tendidos en el asfalto de la céntrica avenida. La sangre derramada no será negociada”, dirá Rodolfo Ortega Peña décadas después en referencia a los mártires de Trelew, al asumir su banca de diputado. Estudioso de nuestra historia popular, Ortega se habrá acordado de Simón Radowitzky.

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Seis meses después de la Semana Trágica, al salir del cementerio de la Recoleta tras el carruaje de Falcón, corrió Radowitzky bomba en mano para hacer estallar la vida del Jefe de Policía y la de su secretario de 20 años, ambos morirían horas después. El vengador corrió escapando hasta ser alcanzado, “tengo una bomba para cada uno de ustedes”, habría dicho mirando a sus captores uniformados.

La reacción de Figueroa Alcorta no se hizo esperar, decretó dos meses de estado de sitio. La misma noche del atentado serían atacados varios locales sindicales y de prensas obreras. El diario La Protesta, de filiación anarquista, sería destruido junto a la máquina rotativa que allí funcionaba y que tanto esfuerzo le había costado conseguir a este medio popular. Centenares de trabajadores serían detenidos.

Radowitzky se salvó de la pena de muerte por ser menor de edad. El vindicador nacido en la actual ciudad ucraniana de Kiev, por aquel momento parte del Imperio Ruso, tenía 18 años y no podía ser fusilado. Pasó más de 20 años preso, la mayor parte en el penal de Ushuaia, la “Siberia Argentina”. Hasta que el primer presidente democrático lo indultaría en 1930, durante su segundo mandato y meses antes de ser volteado por el primer golpe militar.

Sin embargo, el “peludo” Hipólito Yrigoyen acompañaría el indulto con la orden de destierro, sabía que el ejemplo de un Simón libre por las calles del país representaba un peligro para el sistema y enfurecería a la elite. El anarquista era un símbolo para el movimiento sindical combativo y a pesar de que la tendencia ácrata había perdido muchísima influencia, su libertad nunca dejó de ser reclamada hasta que fue conquistada.

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires”, escribirá Rodolfo Walsh décadas después en el periodico de la CGT de los Argentinos para editorializar sobre los sucesos del Cordobazo. Conocedor de nuestra historia popular, Walsh se habrá acordado de Radowitzky.

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La Semana Roja fue catalogada por el movimiento de trabajadores como un triunfo. Las demandas democráticas de reapertura de locales, abolición de un Código de penalidades declarado por la Municipalidad y la libertad a los más de cuatrocientos presos fueron concedidas, entre otras cuestiones. Pero sobre todo las cosas, fue la primera vez que el Estado se sentaba a negociar con los representantes sindicales , reconociendo en los hechos a sus organizaciones como expresión de la clase trabajadora.  

Fue el inicio de un momento de ascenso para la lucha obrera. Al año siguiente, en medio de los festejos de la élite burguesa por el centenario de la Revolución de Mayo, la conflictividad gremial creció con certeza, realizándose casi 300 huelgas con un alto nivel de victorias para los trabajadores.

En el medio, Simón, tan polémico por aquel entonces como por estos días, pero sobre todo tan distante al presente, como tan necesario recuperarlo del pasado.