Como en los años noventa, volvemos a presenciar las imágenes de la infame represión contra jubilados y jubiladas que, al final de sus vidas, se ven obligados a salir a las calles para reclamar ingresos dignos.
El jubilado como actor político activo comenzó a cobrar protagonismo en la década del ‘90, durante el menemismo. De aquellas luchas surgió una referente que se convirtió en símbolo de resistencia, una pequeña mujer del conurbano bonaerense que se plantaba frente a policías, periodistas y hasta el propio ministro de Economía. Esa era Norma Plá, la voz de los viejos en los años noventa.
Oriunda del barrio San José, en Temperley, Norma Plá fue una de las luchadoras sociales que más incomodó al poder de turno. Su impronta, su capacidad de organización y su compromiso con los sectores más vulnerables la transformaron en una figura central de las jornadas de resistencia contra el neoliberalismo.
Su nombre comenzó a ocupar espacio en los medios cuando, junto a un grupo de jubilados, empezó a cortar la Avenida Rivadavia frente al Congreso de la Nación. Reclamaban una jubilación digna que les permitiera vivir con tranquilidad después de toda una vida de trabajo.
Encabezados por Norma, los adultos mayores re-inauguraron una modalidad de protesta que luego se extendería por todo el país: los piquetes. Todos los miércoles se reunían en Plaza Lavalle, donde llegaron a realizar un acampe de 80 días, y marchaban hacia las inmediaciones del Congreso para hacer oír sus reclamos.

Aquellas jornadas estuvieron marcadas por la represión. Norma y muchos de sus compañeros fueron detenidos en reiteradas oportunidades. “Siempre estoy detenida, pero no por ladrona ni por corrupta, sino por decirle la verdad a estos señores que nos están apaleando constantemente. Pero la vamos a seguir. Somos más pueblo que milicos”, declaró frente a las cámaras de televisión tras increpar a un policía.
La historia personal de Norma reflejaba la realidad de miles de trabajadores argentinos. Como muchos de los jubilados que hoy acceden a una prestación gracias a las moratorias previsionales, trabajó durante décadas sin que sus empleadores realizaran los aportes correspondientes. Desde los 13 años fue operaria en fábricas como Bagley y Bernalesa, además de desempeñarse como trabajadora por cuenta propia. A pesar de haber trabajado hasta los 62 años, nunca pudo jubilarse. Sobrevivía con la pensión de su esposo fallecido, un ingreso insuficiente para cubrir sus necesidades básicas.
Desde su humilde casa en el barrio San José viajaba regularmente al centro porteño para participar de cada protesta. Irreverente y frontal, salió a luchar cuando el hambre golpeó su puerta, incluso mientras enfrentaba una enfermedad terminal. Fue elegida por sus compañeros para representar a un colectivo que, como sucede hoy, recibía respuestas de miseria y represión.
“Yo salí a luchar cuando tuve hambre. Usted, cuando tenga hambre —si algún día tiene hambre—, va a salir a luchar también”, le respondió a Gerardo Sofovich en 1994, durante una recordada participación en el programa Polémica en el Bar.
Norma nunca pidió permiso. Su carácter combativo la destacó incluso por encima de muchos dirigentes políticos de la época. Por eso se convirtió en una figura imprescindible de las luchas populares argentinas. Su historia de resistencia vuelve hoy a las calles porteñas a través de la memoria colectiva de un pueblo que no olvida a quienes enfrentaron el poder en defensa de los más humildes.
Norma Plá murió el 18 de junio de 1996 en su barrio de Temperley. En una de sus últimas entrevistas, ya gravemente enferma, dejó un mensaje que aún resuena en cada marcha de jubilados y jubiladas: “Luche, jubilado, luche por lo que es nuestro”.
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*Nota escrita a partir de la fusión de las notas “Norma Pla, su lucha más vigente que nuca” de Leonardo Marcote y “Represión y protesta de jubilados en argentina: El legado de Norma Pla sigue vidente” de Ailin Colombo, ambas publicadas en este medio. Las ilustraciones son de Brutta.